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Payasos siniestros

John Galán Casanova

05 de septiembre de 2026 - 12:03 a. m.

Donald Trump: “¿Por qué tenemos a toda esta gente de países que son agujeros de mierda viniendo aquí?”. Nayib Bukele: “(Soy) el dictador más cool del mundo”. Jair Bolsonaro: “No voy a combatir ni discriminar a los homosexuales, pero si veo a dos hombres besándose en la calle los voy a golpear”. Javier Milei: “¡Zurdos hijos de puta, tiemblen!”. Abelardo de la Espriella: “Y sepan ustedes, señores de la izquierda, que en mí tendrán siempre un enemigo acérrimo, que hará todo lo que esté a su alcance para destriparlos como corresponde”.

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El primer presidente de la nueva extrema derecha en ser visto como un payaso siniestro fue Donald Trump, el líder supremo de la facción. Para el Halloween de 2017, la portada del New Yorker lo presentó disfrazado de Pennywise, el payaso de la novela de terror It, de Stephen King. Ese mismo año, Salman Rushdie publicó La casa dorada, una novela donde un estrambótico millonario y showman apodado el Joker llega a ser presidente de los Estados Unidos.

Trump creó su figura de outsider a partir del espectáculo, la excentricidad, el escándalo y la provocación, transformando el autoritarismo en un producto de consumo mediático. La vulgaridad y salidas de tono grotescas de estos personajes no son casuales, hacen parte de un marketing político que convierte el debate público en un circo.

A diferencia del payaso de McDonald’s, Ronald McDonald, que mientras duró era igual en todo el mundo, los payasos siniestros de la ultraderecha aplican un mismo libreto con variaciones locales. Bolsonaro le enseñaba a los niños su ademán de disparar pistolas con las manos. Bukele puso en su foto de perfil en X a Homero Simpson. Tridente en mano, con capa y antifaz, Milei se disfraza del general anarcocapitalista Ancap.

Dicho lo anterior, sorprende que el estratega político Carlos Suárez se haya ofendido porque en la columna anterior tildé al presidente de payaso siniestro. No se trata de un insulto. Es, a la vez, un dato fidedigno, una categoría de análisis académico y una percepción ciudadana. En lugar de indignarse, el creador del De la Espriella style debería hacerse cargo del Frankenstein tropical que engendró.

No es culpa de este cronista que a raíz del terremoto Abelardo haya hecho payasadas como lanzar besos, repartir balones y grabar videos falsos para autopromocionarse. Tampoco es mi culpa que haya hecho su fortuna defendiendo desfalcadores y narcotraficantes, ni que haya disparado su popularidad jactándose del presunto tamaño de su pene, insultando y acosando periodistas y cacareando que estaba financiando su campaña de su propio bolsillo, cuando los reportes oficiales muestran que en realidad no aportó ni un peso.

En vez de sentirse agraviado, el estratega abelardista debería asumir los calificativos de rigor por seguir a la perfección al gurú de la posverdad Steve Bannon, quien pregonaba que había que “inundar la zona de mierda”, es decir, inundar todo de tanta mentira, incoherencia y show, que ya no se pueda saber qué es verdad (en nuestro caso: el jurista sin ética, el felino matagatos, el soldado de plomo que no hizo el servicio militar, el ateo vendedor de milagros, el independiente politiquero, el patriota súbdito gringo, el demócrata perseguidor de periodistas, el antichavista defensor de Alex Saab).

Carlos Suárez seguro que se siente mejor leyendo El Tiempo y nunca se le ocurriría sindicar de desequilibrio informativo el hecho de que, por ejemplo, el domingo 16 de agosto su sección editorial haya alineado las loas “Abelardo, el coherente”, de María Isabel Rueda, “Hay presidente y Gobierno”, de Mauricio Vargas, y “El primer milagro del nuevo gobierno”, de Luis Felipe Henao.

Se le ve muy a gusto entrevistado en la revista Bocas, confesando con desparpajo que las campañas políticas no son otra cosa que show business, jactándose de haber manejado toda la campaña a control remoto, sin salir de su casa en Miami.

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A un experto en manipular la mente de millones de compatriotas desde la piscina de su mansión no le queda bien hablar de ética ni tratar de impartir lecciones de periodismo. Que quien convirtió el odio en comedia no venga a rasgarse las vestiduras porque se tilda de payaso siniestro a su figurín. Esto es puro show business, cómico y siniestro. Y tal como lo fue en campaña, lo seguirá siendo en el gobierno.

Por John Galán Casanova

Poeta y ensayista bogotano. Premio nacional de poesía joven Colcultura, 1993. Premio internacional de poesía "Villa de Cox", 2009.
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