Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Abelardo está desprestigiando el oficio de payaso. Una cosa es hacer reír a la gente; otra, ser el hazmerreír de la gente. A Papucho le dio por lanzar piquitos como Piroberta antes de notificar al país de la catástrofe. Eso no es serio, ni cómico. Es patético.
Después pasó con su caravana por el municipio de El Cairo, y se les ocurrió hacer un video. Pusieron a unos lugareños a vitorearlo cuando se bajara de la camioneta. “¡Levanten las manos, las manos arriba, saluden!”, se oye decir a la voz en off que dirige la farsa. Hacer algo así en plena calamidad no es serio, ni cómico. Es perverso.
En Buenaventura, el nuevo mandatario repartió almuerzos y balones con el logo de su nuevo partido. Publicidad, pan y circo. Lo cual tampoco es serio, ni cómico. Es un descaro, una miserableza.
Mientras dos brigadas de topos mexicanos a las que se les negó el ingreso al país hubieran podido llegar en cuestión de horas, una delegación del ejército israelí, más conocido por sepultar que por rescatar gente, llegó a Cali cinco días después del siniestro. Con el uniforme impoluto y el aliento entrecortado, el influencer militar Roni Kaplan se grabó entre los restos de un edificio fingiendo ayudar. Kaplan es el mismo que ante la barbarie en Gaza ha sostenido: “Matamos niños, sí. Pero de una forma rápida y eficaz, casi sin dolor”.
Si algo queda claro tras estos primeros días de reality presidencial, es que a Papucho nada, ni siquiera un terremoto, le va a aguar la fiesta. Ya bombardeó en el Catatumbo, afectando a la población civil. En absoluta contravía del derecho internacional, reconoció la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán. De otro lado, sus superiores en los Estados Unidos informaron que ya les autorizó hacer operaciones militares conjuntas en nuestro territorio.
En su artículo “Colombia ya recibió la franquicia”, el profesor del Externado Alberto Castrillón muestra que el éxito de Abelardo no es un fenómeno local ni espontáneo, sino producto de una franquicia global de extrema derecha que, exacerbando el miedo y la ira, “vende la misma ilusión con distintos acentos nacionales”. Por eso De la Espriella estuvo en España con el líder de Vox y adhirió al Foro de Madrid, la red que agrupa a figuras ultraconservadoras como Giorgia Meloni, Milei, Kast, Eduardo Bolsonaro, María Corina Machado, María Fernanda Cabal y la hoy ministra de las culturas Paola Holguín.
El auge del clientelismo, la captura corporativa del Estado, el deterioro ético y el incumplimiento de las promesas de equidad y bienestar de la democracia liberal crearon un vacío que el populismo autoritario vino a llenar. Lo más alarmante, advierte Castrillón, es que, si bien la ultraderecha acierta en el diagnóstico ―las élites fallaron, el sistema está roto―, pretende curar la enfermedad matando al paciente: “Bukele no resolvió la desigualdad estructural de El Salvador: concentró el poder y dejó más vulnerable al país. Milei prometió destruir el Estado que fallaba y está destruyendo también el Estado que protegía a los más débiles”.
Ahora que Colombia suscribió la franquicia ultraconservadora, ya se ve cómo pretende instaurarla De la Espriella. La manipulación mediática y religiosa, la sumisión a los designios de Trump y una alianza con el gobierno genocida de Netanyahu serán ejes flagrantes de su estrategia.
CODA # 1
El grupo de los Topos Azteca llegó a Cali desde Venezuela por su cuenta. A la brigada de rescate del Ejército mexicano y a los Topos Tlatelolco no les fue autorizado el ingreso al país.
CODA # 2
Admirable el heroísmo de tanta gente voluntaria ayudando a rescatar y socorrer víctimas. Bienvenidas la solidaridad nacional e internacional, pero es el Estado, no la primera dama, ni Shakira, quien debe gerenciar la emergencia y la reconstrucción con funcionarios no playeros.
CODA # 3
La Silla Vacía reporta que el nombramiento de Carlos Sepúlveda como director de Planeación Nacional se cayó por el hecho de ser gay y tener con su esposo un hijo adoptado. El fanatismo cristiano y la homofobia cobran una primera víctima.
