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La física en Colombia no cayó de un árbol - Parte II

Juan Diego Soler

16 de agosto de 2024 - 12:05 a. m.
“Quienes nacimos en Colombia ejercemos nuestro derecho a explorar el cosmos”: Juan Diego Soler
Foto: Serge Brunier - NASA

Escribo estas líneas desde la recepción del Centro Internacional de Convenciones de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. Aquí se celebra la Asamblea General de la Unión Astronómica Internacional, la reunión más importante de la astronomía a nivel mundial. Cada tres años, astrónomos y astrónomas de todo el mundo se reúnen para compartir durante dos semanas los más recientes avances tecnológicos para la observación del firmamento, los nuevos métodos de educación, divulgación y preservación del patrimonio cultural en astronomía y las más recientes investigaciones de fenómenos que van desde la formación de planetas y estrellas hasta la evolución del universo. Los costos y la visa (que en Colombia debe tramitarse a través del consulado de Sudáfrica en Venezuela) hicieron prohibitivo el viaje para una delegación nacional. Pero somos cinco los colombianos que nos encontramos aquí. No trabajamos en nuestro país, ninguna agencia colombiana cubrió nuestro viaje, pero nuestra presencia demuestra que quienes nacimos en Colombia ejercemos nuestro derecho a explorar el cosmos.

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Julio Garavito Armero, conocido por aparecer en los billetes de 20 mil pesos antes de ser desplazado por un expresidente, abrió la senda para la física y la astronomía en nuestro país a comienzos del siglo XX. Garavito introdujo nuevos métodos de educación en ciencias naturales y dirigió la comisión que aplicó las más avanzadas técnicas de astronomía de su época para definir las fronteras del país. Sin embargo, vivió durante un tiempo de revolución en la física, en donde todo lo que aparentemente entendíamos desde los tiempos de Newton se tornó limitado y provincial ante los flamantes hallazgos de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad. Garavito y sus discípulos se negaron a aceptar esas nuevas ideas. Tomó casi medio siglo para que Colombia entrara en la era de la física moderna.

Hacia mediados de la década de 1950, el ingeniero de comunicaciones David W. Mehl, graduado de la Escuela de Zúrich y miembro de la Sociedad de Matemáticas de México, promovió el contacto entre los profesores de física de las Universidades Nacional, de los Andes y Javeriana. Estas instituciones (una pública, una privada de formación laica y una privada de formación católica) habían seguido iniciativas independientes para enseñar y desarrollar las ideas de la física en Colombia. Sus esfuerzos coordinados llevaron a la fundación de la Sociedad Colombiana de Física, en agosto de 1955, una institución que se encargó de divulgar las novedades científicas de la época; desde los viajes espaciales hasta las aplicaciones de los transistores y la energía nuclear.

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Los departamentos de física se habían desarrollado para prestar los cursos de física a las carreras de ingeniería y de arquitectura. A comienzo de la década de 1960, siguiendo las recomendaciones de la Sociedad Colombiana de Física, se crearon los primeros pregrados en física, no solamente para preparar profesores sino para realizar investigaciones. En 1971, un convenio con la República Federal de Alemania trajo a Colombia cinco profesores, un técnico mecánico y una donación de equipos que sostuvieron la maestría en física de la Universidad Nacional, el primer programa de postgrado en esa rama en nuestro país. Decenas de investigadores colombianos accedieron al doctorado en las Universidades de Mainz y Kaiserslautern, a través de la puerta que les abría esa maestría. Las semillas de ese y otros convenios internacionales germinaron a lo largo del país, con las carreras de física en las Universidades de Antioquia, Valle, Santander y de los Andes. Pero el acceso a los equipos para experimentación y a las revistas internacionales en donde se discuten los hallazgos más recientes de la física mundial estaban más allá del presupuesto de las universidades. Hacía falta un empujón del Estado. Hacía falta una entidad que financiara directamente la ciencia. La respuesta fue Colciencias, la institución a través de la cual llegaron los recursos que movieron la investigación en física en Colombia. Esa institución que hoy, convertida en el Ministerio de Ciencia, se erosiona como una almojábana demasiado remojada en agua de panela. Aunque esa es una historia para la siguiente entrega.

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Por Juan Diego Soler

Doctor en Astronomía y Astrofísica en la Universidad de Toronto, Canadá. Investigador científico del Instituto de Astrofísica Espacial y Planetología en Roma, Italia. Autor de los libros “Relatos del confín del mundo (y el universo)” y “Lejos de casa”. Escribe sobre ciencia para El Espectador desde 2011.
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