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Fructíferos negocios

Juan Felipe Carrillo Gáfaro

16 de marzo de 2021 - 09:00 p. m.

Pese a los esfuerzos de muchos por evitar hablar de la pandemia en cada conversación, no falta la persona que siempre termina sacando el tema exprimiéndolo hasta las últimas consecuencias. Y es que estamos lejos de tener escapatoria: seguiremos sometidos a esas discusiones durante un buen tiempo. Hace unos meses la discusión estaba centrada en la incertidumbre, luego se focalizó en los confinamientos y desconfinamientos, después en las famosas olas y ahora el tema lo ocupan las vacunas y las pruebas caseras para detectar el virus.

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En relación con este último punto, me preocupa sobremanera el terrible y oscuro negocio que puede haber detrás de estas iniciativas. Lo sucedido con la enfermera en Bucaramanga, y pese a que no hay indicios contundentes de algo diferente a un mal procedimiento, es un campanazo para que estemos muy alerta con lo que podría suceder entre bambalinas con el manejo de las vacunas.

En algún momento la falta de ética de unos y otros saldrá a flor de piel, y la salud de muchos se podrá ver afectada por las triquiñuelas de aquellos que adquirirán un puñado de vacunas de manera ilegal o terminarán administrando de manera irresponsable. Al respecto, no sobraría tener un mecanismo de control claro para asegurarnos no sólo de que las vacunas son para aquellos que tienen la prioridad, sino también de que se están colocando tal y como se debe. Y esto no es típico de un país como el nuestro: un médico que trabaja en un hospital para adultos mayores en Heidelberg (Alemania) me contaba cómo en la fila del personal médico que iba a ser vacunado se camuflaban furtivamente un par de personas que nada tenían que ver con el servicio, pero sí eran amigos del responsable de turno.

Lo mismo sucede con el novedoso negocio de las pruebas caseras. No estamos muy lejos de ver cómo estas famosas pruebas se pueden convertir en una condición indispensable para realizar ciertas actividades y alimentar el ya terrible mercado de las pruebas falsas y la paranoica necesidad de estar examinando a cualquiera para cualquier cosa. El problema no es tanto la fiabilidad técnica de estas pruebas, sino su verdadera utilidad en algunos contextos. Si entramos en la terrible obsesión de que para seguir viviendo hay que hacerlo con un resultado negativo todo el tiempo, vamos a darle vía libre a un jugoso negocio, cuya preocupación principal no es la salud. El mercado de estos productos, como ha sucedido de forma evidente con los desinfectantes, sólo está esperando que los ansiosos consumidores se lancen como presas indefensas a las estanterías de los supermercados y farmacias para darles un zarpazo.

Nada de raro tendría que las futuras medidas de los gobiernos estuvieran alineadas con ese mercado, y que esto beneficiara por debajo de cuerda a todos esos “responsables” de la salud pública. E insisto: esto no sería exclusivo de países como el nuestro. En un pequeño pueblo de Austria, sé de una profesora que lleva un par de semanas realizándole a sus alumnos de 8 años dos pruebas por semana. Desde que inició este proceso no ha habido un solo caso positivo, y a pesar de todo, la directiva ahora es realizar una tercera prueba a la semana.

Es inevitable que con esto de la pandemia algunas empresas (por cierto muchas de ellas chinas) se hayan enriquecido a costa nuestra. Hagamos lo posible para evitar que la paranoia colectiva y las decisiones absurdas de algunos gobernantes permitan que estos fructíferos negocios manejen nuestro presente como les dé la gana, dejándonos sin la mínima opción de decidir por nosotros mismos.

@jfcarrillog

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