Para regular la tecnología han existido dos grandes modelos: el chino y el estadounidense. El primero está totalmente en manos del Estado, en tanto el segundo le cedió todo el poder a las tecnológicas. Afortunadamente, ha emergido el modelo europeo que, basado en miles de investigaciones, exige reglamentarla y privilegiar el beneficio colectivo.
Cuando surgió internet, muchos pensaron que las redes ampliarían el acceso a libros, documentos, artículos, personas, regiones y música, que les darían voz a quienes no la tenían y que, al hacerlo, fortalecerían la libertad y la democracia. Es la posición que hoy se conoce con el nombre de “tecno-optimismo”. Empresas, familias, instituciones, personas y escuelas se llenaron de computadores, redes y tabletas. Desafortunadamente, en estas décadas, los efectos negativos que hemos visto para la juventud, la lectura, el debate argumentado, el tejido social y la democracia evidencian los enormes peligros a los que nos hemos expuesto. Es cierto que internet nos brindó acceso a la historia humana y nos facilitó la comunicación, el trabajo y los viajes. Aun así, los efectos han sido muy perjudiciales para la salud mental y los vínculos reales, algo que fue difícil de prever décadas atrás. En esta columna analizaré los tres enfoques que se han definido para enfrentar el crecimiento exponencial que han tenido redes, videojuegos y plataformas, tal como los describe Anu Bradford en su interesante libro titulado Imperios digitales (2024), e intentaré explicar por qué sería mucho más conveniente que la humanidad adoptara el modelo europeo.
El primero es el modelo que surgió en Silicon Valley. En este, las tecnológicas han hecho lo que han querido sin ningún tipo de restricción o limitación: permitieron el anonimato, el ingreso de niños, construyeron algoritmos ocultos para espiarnos y registrar nuestros movimientos, se eximieron de cualquier responsabilidad en sus espacios y diseñaron un complejo sistema para manipularnos, tal como lo vimos en documentales como Brexit, Nada es privado o El dilema de las redes sociales. En todos fue evidente que la población fue orientada en la dirección política que eligieron los dueños de las plataformas. Otra serie reciente evidenció el gran riesgo en el que están dejando a los jóvenes: Adolescencia (2025). Sin duda, deberían verla padres y educadores.
Las plataformas realizaron el sueño de los grandes dictadores de la historia humana: manipular silenciosamente a la población. Primero ponen a las personas a ver videos superfluos; después, las incitan a abandonar la lectura y, finalmente, las llevan a dejar de pensar. Como decía Elon Musk: “los videos cortos son el peor invento en la historia de la humanidad: pudren el cerebro”. Así mismo, para fortalecer su proyecto, secuestraron la atención y volvieron adicta a una parte significativa de la humanidad. Supuestamente el mercado sería el regulador, pero todos sabemos que esa fue tan solo una ilusión con la que quisieron envolvernos. El control está por completo en manos de un ínfimo grupo de multimillonarios aliados con el poder político que encarna Donald Trump.
En una interesante columna para la revista Cambio, su corresponsal en Europa, Eduardo Sánchez, argumentó que este modelo busca construir una dictadura corporativa, de manera que dejemos de elegir a los presidentes y nos impongan gerentes que nos gobiernen. Quieren hacerle creer al mundo que dirigir una empresa y gobernar una nación es casi lo mismo. Desconocen por completo lo que es la democracia, el debate de ideas, la diversidad, la libertad y la autonomía. Según defensores de esta ideología ultraconservadora, como Elon Musk, J.D. Vance o Curtis Yarvin, y tal como afirmó este último: “la dictadura corporativa se justificaría para reemplazar a nuestra moribunda democracia”. En una dirección análoga, el vicepresidente J.D. Vance decía en 2021: “Si alguno de nosotros quiere lograr sus objetivos… tenemos que atacar a las universidades con honestidad y contundencia”. Una de las ideas centrales de su discurso es elocuente: “las universidades y los profesores son nuestros enemigos”. Este discurso nos evoca el profundo y célebre ensayo de Umberto Eco en el que analiza las principales características de los gobiernos fascistas. Una esencial es el rechazo al pensamiento crítico. De allí que no sea casual el profundo y generalizado conflicto que mantiene el gobierno de Trump con las más importantes universidades y centros de investigación del país.
El segundo modelo es el chino. Allí el control ya no lo tienen las plataformas, sino el Estado. Los ciudadanos están bajo vigilancia y control permanente. El Estado regula todas las comunicaciones y restringe las libertades, en tanto el Partido Comunista Chino utiliza sistemáticamente internet como arma de control, vigilancia y propaganda. La obra 1984 se queda corta: con sus medios y redes, el partido en el poder controla la verdad y las narrativas sobre el pasado y el presente, al tiempo que reprime y vigila de manera permanente a su población. En este modelo los ciudadanos pierden su derecho a expresarse, pensar e informarse de manera libre. Se sacrifica el individuo, el pensamiento crítico y la libertad. Ya Orwell nos había advertido sobre estos peligros. Su advertencia se hizo realidad en China.
Pero, entre los dos, ha emergido el modelo europeo, que ha salido en defensa de los derechos humanos y ha justificado la necesidad de regular plataformas, redes y videojuegos. Una enorme ventaja es que las decisiones que están tomando se basan en miles de estudios científicos. Han sido enfáticos al establecer que los datos privados siempre deberán protegerse. También ha sido la primera región en exigirles a las plataformas límites muy claros y responsabilidad sobre sus espacios en defensa de niños y jóvenes. Inicialmente, Australia prohibió el acceso a redes a menores de 16 años, luego Dinamarca y Reino Unido tomaron decisiones similares y varios países están discutiendo medidas más estrictas de control y regulación. En Francia, por ejemplo, muy pronto quedarán prohibidas las pantallas en cualquier espacio para menores de seis años. Así mismo, Noruega restringió el acceso a la inteligencia artificial para menores de 13 años en casa y escuela. Por su parte, Pedro Sánchez, presidente español, ha propuesto que la Unión Europea exija que se revelen los sistemas de los algoritmos y que se prohíba el anonimato en redes.
En la misma dirección, el presidente francés, Emmanuel Macron, afirmaba en octubre de 2025: “Hemos sido increíblemente ingenuos al confiar nuestro espacio democrático a las redes sociales [estadounidenses y chinas], cuyos intereses no tienen nada que ver con la supervivencia o el correcto funcionamiento de nuestras democracias… Hemos permitido que se instale un espacio público democrático en el que la gente está, en gran parte, encapuchada y anónima”.
Este tercer modelo exige meter en cintura a plataformas, videojuegos y redes. Lo hace porque concluye que la dignidad, la libertad humana y la salud mental de niños y jóvenes están en riesgo. En su reciente encíclica, el papa León XIV avala la ruta tomada por Europa. Sin duda, el papa desafía el optimismo tecnológico. Ojalá la población civil en la mayoría de los países del mundo asuma una postura similar. La tecnología puede traer infinidad de beneficios a la humanidad, pero debe ser regulada de manera urgente, efectiva y clara. Los intereses de los niños y de la población en general están primero que los intereses económicos y políticos de los multimillonarios dueños de las grandes plataformas.
¿Estará el nuevo gobierno de Colombia de acuerdo con los principios que defienden el papa y Europa o se plegará a los de Trump, su inspirador en términos políticos, culturales, tecnológicos, electorales y educativos? También el vicepresidente de EE. UU. fue “tocado por la gracia de Dios” al lanzarse como candidato a la vicepresidencia y defiende una contrarreforma cultural que logre —como afirma Viviane Morales— “sacar a Marx de las aulas para involucrar a Dios en ellas”. Por eso quiere retornar a los currículos de comienzos del siglo XIX en universidades y colegios. Por eso mismo defiende que más de 4.260 libros permanezcan prohibidos en las escuelas. En tecnología, educación y cultura, ¿el nuevo gobierno se pondrá del lado de EE. UU. o de Europa? Amanecerá y veremos.
P.D.: Hasta el momento el mayor autogol del mundial lo ha protagonizado Donald Trump al presionar al presidente de la FIFA para que le quitaran la suspensión al mejor jugador de EE. UU., quien había recibido la roja en el partido anterior. Por primera vez desde 1962, la FIFA aceptó la solicitud y Balogun jugó ante Bélgica. Un escandaloso acto de corrupción de Trump y la FIFA contra el deporte mundial.