Durante más de 30 años, Jesús Abad ha sido testigo de los horrores de la guerra en Colombia. En mula, canoa y a pie, ha llegado a casi todos los rincones para fotografiar a las viudas de la barbarie, a los desplazados, a las madres que lloran a sus hijos desaparecidos y a los millones de niños que la guerra ha dejado huérfanos. Ahora su exposición adquirió alas y vuela libremente por el mundo.
Las guerras deshumanizan las relaciones humanas fundamentales. Eso pasa porque propagan la desconfianza, el odio, el miedo y la sed de venganza; debilitan el compadrazgo y falsean la verdad. Al hacerlo, destruyen el tejido social, la savia que necesita la sociedad para convivir y construir en equipo.
Durante más de 30 años, Jesús Abad Colorado ha sido testigo de los horrores de la guerra en nuestro país. En mula, canoa y a pie, ha llegado a casi todos los rincones para fotografiar a las viudas de la barbarie, a los desplazados a quienes les arrebataron sus tierras y sueños, a los padres y madres que siguen llorando a sus hijos desaparecidos y a los millones de niñas y niños que la guerra ha dejado huérfanos. Muchos son indígenas y población afrodescendiente. Quienes huyen ya habían padecido violencias y al llegar a las zonas marginadas de las ciudades las violencias se reciclan. En total, 7,7 millones de personas tuvieron que salir una noche dejando atrás lo poco que tenían e intentando desesperadamente salvar sus vidas. La mitad de ellos eran niñas, niños y adolescentes. Por eso, y por mucho más, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV) dijo con sabiduría: No es un mal menor.
Jesús Abad ha estado presente en cientos de entierros colectivos. Al fin y al cabo, según el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), en nuestro país se presentaron 4.237 masacres entre 1958 y 2019. Su agudo y estético lente capta el momento exacto en el que Angi mira de reojo por el hueco que había dejado una bala después de que el Ejército retomara a fuego y bala la Comuna 13 en Medellín, en octubre de 2002, en lo que se conoce como la Operación Orión, cuando sus fotos nos demostraron que los paramilitares iban delante diciendo qué casa registrar y a quién detener.
Gracias a sus fotografías, todos advertimos el llanto desconsolado de Aniceto frente al ataúd que llevaba el cadáver de su esposa Ubertina en algún lugar perdido de la selva del Chocó. También vimos a Eugenio Palacio cargando a su hija de un mes el día que retorna por el río Atrato a Bojayá, después de que cruelmente las FARC hicieran explotar una pipeta de gas en la Iglesia Bellavista, llena de campesinos que habían sido utilizados como escudos humanos por los paramilitares en lo que Abad llama, con toda razón, el Guernica colombiano. Las víctimas fueron 81 personas, 47 de ellas eran niñas, niños y adolescentes
Cada foto tiene una historia, un contexto, y narra con nombre propio la tragedia vivida por las víctimas de la cruenta guerra padecida durante más de seis décadas en el país. Como son 9,5 millones de víctimas, podríamos tener miles de fotos de cada una de ellas y cientos de exposiciones viajando al mismo tiempo por el mundo entero. El trabajo fotográfico de Abad es esencial para nunca olvidar y para decir a voz en cuello lo mismo que clama el icónico cartel que sostienen dos jóvenes en las gigantescas marchas juveniles de octubre de 2016 en defensa de la paz: Ni civil, ni militar, ni guerrillero. ¡Ni un muerto más!
En diciembre de 2018, recién posesionado Iván Duque, visité la exposición “El Testigo” en el claustro de San Agustín, ubicado a pocos metros del Palacio de Nariño. Recuerdo las palabras de una niña de unos siete años, de ojos carmelitos y pelo largo y desordenado, que iba delante de mí cuando culminamos la primera sala. Le preguntó a su mamá: “Mami, ¿y esto en qué lugar pasó?”. Las lágrimas de su madre demoraron su respuesta una eternidad. Es muy triste, pero es verdad: mucha gente en Colombia todavía no sabe quiénes, dónde y por qué murieron. Afortunadamente, la CEV ha ayudado a responder una parte de la pregunta de la niña. Tal vez el dato más escalofriante es el que señala que el 85 % de los cerca de medio millón de asesinatos que tuvimos entre 1985 y 2016 habían sido perpetrados contra campesinos desarmados y que, en el caso de los paramilitares, esta cifra asciende al 98,5 % del total de sus homicidios.
La misma conclusión de la CEV la intuye uno al ver la exposición “El Testigo”. Quienes lloran a sus muertos son campesinos desarmados. También lo son quienes marchan para enterrarlos. Tienen las manos ampolladas de echar azadón quienes huyen de las balas para salvar sus vidas, como también las viudas vestidas de negro que lloran en coro a sus maridos recién desaparecidos. Esos son los hombres, las mujeres, los ancianos y los niños captados por el lente de Abad: los campesinos desarmados que tuvieron que enterrar a sus propios hijos porque reclamaban las tierras que les habían expropiado, quienes lideraban la defensa del agua ante una minería depredadora o quienes simplemente estaban en medio de las balas y fueron acusados por la guerrilla de auxiliar al Ejército, por los paramilitares de apoyar la subversión o por el Ejército de ser activos guerrilleros. Lo único claro es que los muertos vivían en el campo, estaban en el lugar equivocado e hicieron lo necesario para sobrevivir. Pero en la guerra todos son sospechosos y quien no está conmigo es mi enemigo.
Lo que logra el lente de Abad es mágico. Siempre le he dicho que si hubiera abierto su exposición en 2016, muy seguramente la paz habría triunfado, porque hay mil cosas que logra generar una foto, un video o una canción y que no es posible decir con palabras. César López lo ha dicho de manera dura y bella: “Cantemos hasta que aprendamos a amar la vida”. Ese es el poder creador y transformador de las artes. Es por eso que las imágenes sacuden la conciencia de todos. El lente de Abad emite un grito que retumba por años. Sus fotografías son, al mismo tiempo, los rostros de una nación doblegada por el dolor y el clamor infinito en defensa de la paz.
La exposición “El Testigo” ha logrado conmover a sus visitantes. La buena noticia es que continuará abierta al público en el claustro de San Agustín. En medio del dolor del registro de las atrocidades que deja la guerra, su mensaje es de esperanza, reconciliación y paz. Ahí está la magia. Por eso mi invitación a todos los que siguen negando la existencia del conflicto armado es a que la visiten. No les pediría absolutamente nada más.
También se puede ver en Netflix. Pero lo último, y lo más novedoso de todo, es que la exposición consiguió alas y llegará a miles de lugares más de Colombia y el mundo. Vale la pena adquirirla para recordar que nunca más debemos permitir la repetición de la barbarie. Más de 700 fotografías se encuentran ahora en cuatro tomos bellamente impresos y traducidos al inglés, después de una cuidadosa selección realizada por la editora y curadora María Belén Sáez de Ibarra de la Universidad Nacional.
A María Belén, a Chucho, a la Fundación Carlos Arcesio Paz, a la Embajada de Noruega y a Sura: mil gracias por lo que siguen haciendo por la paz de Colombia. Todos renovamos la esperanza después de conocer personas como ellos. No hay duda, Eduardo Galeano tenía la razón cuando decía que “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Chucho y María Belén lo están haciendo.
* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria)