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La modernidad líquida y la educación

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Julián de Zubiría Samper
03 de marzo de 2026 - 05:06 a. m.
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Zygmunt Bauman, destacado sociólogo de origen polaco, recurre a una original metáfora para explicar lo que ha venido sucediendo en el mundo durante las últimas décadas: lo denomina modernidad líquida. ¿Qué efectos tendrá esa nueva realidad en la educación?

La fluidez es una característica de los líquidos. A diferencia de los sólidos, los líquidos no conservan una única forma. No se fijan al espacio ni se atan al tiempo. Esto implica que se desplazan con facilidad. “Fluyen”, “se derraman”, “se desbordan”, “se filtran” y, dado lo anterior, resulta muy difícil detenerlos y prever su desplazamiento. Partiendo de esta metáfora, Zygmunt Bauman (1925-2017) caracteriza el periodo actual como uno regido por una modernidad líquida.

Esta metáfora es muy pertinente para entender nuestra sociedad de hoy. Vivimos en una época en la que todo cambia a un ritmo frenético, sin pausa. Las estructuras sólidas y durables se debilitan. Unas décadas atrás, se reparaban los electrodomésticos que se dañaban y se mandaban a arreglar los utensilios que se estropeaban. Por las nuevas leyes del mercado todo eso se transformó. Vivimos en un mundo en el que las cosas se usan y, rápidamente, se desechan.

Los mercaderes de ilusiones –que siempre han existido– hoy venden una idea falsa que ha sido comprada por una gran parte de la sociedad: que la felicidad depende del volumen de nuestro consumo. Al decirlo, olvidan la principal conclusión del prolongado estudio de Harvard al respecto: la felicidad depende esencialmente de los proyectos que tenemos y de los vínculos sociales que establecemos a lo largo de la vida.

Con las relaciones personales sucede algo similar a lo que está pasando con las instituciones sociales. Los lazos y los vínculos son cada vez más frágiles e inconsistentes; las relaciones se vuelven flexibles y muy poco duraderas. Los matrimonios se diversifican y se diluyen los compromisos. Aparece lo que Bauman llama el amor líquido.

Unas décadas atrás, las parejas se casaban para toda la vida. El divorcio solo sucedía en ocasiones excepcionales. La gran mayoría de las parejas hacían todo lo posible por permanecer unidas. Hoy la situación es por completo diferente. En Estados Unidos, por ejemplo, el 80 % de los matrimonios culminan en divorcios. En consecuencia, el 60 % de los niños estadounidenses viven sin uno de sus padres en algún momento de la vida. Ante los primeros conflictos, las parejas optan por disolver un vínculo que cada vez es más incierto, frágil y efímero. En Colombia, los divorcios están subregistrados porque se llevan a cabo en la práctica, pero no ante las notarías. Aun así, todo indicaría que cerca de uno de cada dos matrimonios culmina en separación.

A nivel laboral sucede algo muy similar. Antes la ilusión era ingresar a una compañía, permanecer en ella y ascender todo lo humanamente posible para pensionarse en ese mismo lugar. Se era fiel a la empresa y eso se retribuía con estabilidad y bonificaciones. La situación hoy es completamente distinta: el empleo es frágil, volátil y crecientemente informal. El salario suele ser a destajo, flexible e incierto. Las condiciones las suele fijar el empleador, muchas veces en contra del trabajador, como lo puede notar cualquiera que estudie en detalle la reforma propuesta por Javier Milei recientemente aprobada por el Congreso en Argentina.

Como destaca Bauman, los tres rasgos distintivos de la época son: la incertidumbre, la inseguridad y la vulnerabilidad. La incertidumbre porque desconocemos lo que sucederá en el mundo político, social, económico y laboral en 10 o 20 años. La inseguridad porque ese es el efecto psicológico de vivir en un medio tan incierto y la vulnerabilidad, porque estamos a merced de otros, con habilidades muy deterioradas para socializar, con exceso de tiempo frente a pantallas y manipulados inconscientemente por medio de algoritmos secretos.

En la modernidad líquida todas las instituciones sociales se transforman, pero muy especialmente las familias y las escuelas. En el caso de estas últimas es de resaltar, por un lado, la flexibilización de los estudios a lo largo del tiempo y en múltiples espacios. Por otro lado, el predominio creciente del mercado como regulador de la actividad formativa. Así como en el mundo de los alimentos apareció la comida chatarra –que simula ser comida y quita el hambre, pero no alimenta–, en el ámbito educativo también ha aparecido una educación chatarra que se expande, toma fuerza y sustituye a la verdadera formación integral.

En este contexto, uno de los riesgos es que las universidades terminen por dedicarse a preparar a los estudiantes exclusivamente para el trabajo y no para la vida, que lo que se enseñe surja de las necesidades del mercado y que se termine por abandonar los fines esenciales de la educación superior. El riesgo es que colegios y universidades se preocupen en exceso por que se gradúen todos los que ingresaron a la institución educativa, pero que desaparezcan criterios como el esfuerzo, la resiliencia, el trabajo reflexivo y la lectura pausada.

Hoy lo vemos claramente en la gran mayoría de jóvenes y en muchas de las especializaciones que cursan. Caen los resultados de comprensión lectora de los jóvenes en el mundo; pensar y leer de manera profunda se está convirtiendo en un lujo. El efecto de eso es que se debilitan la autonomía, la calidad educativa y la naturaleza misma de la educación. Que la formación integral es reemplazada por la virtualidad y la velocidad. Que las universidades se convierten en expendedoras de diplomas y desaparece la formación orientada hacia la investigación, la formación de ciudadanos, la autonomía y el pensamiento crítico. Que las universidades hipotecan sus fines a las empresas, mientras aquellas asignaturas y facultades que no tienen finalidades prácticas tienden a desaparecer.

El segundo riesgo es que se fortalezca la educación rápida, de cursos breves y aprendizajes superficiales. Es la comida chatarra en su versión educativa. Estanislao Zuleta ya nos había advertido sobre este riesgo. En los años 80 le preocupó el impacto del tráfico de drogas sobre la cultura. Al recibir el doctorado honoris causa de la Universidad del Valle, escribió su memorable discurso “Elogio de la dificultad” para criticar a esa sociedad mafiosa que les decía a las niñas que tenían que verse flacas y esbeltas si querían llegar al paraíso y para reivindicar el esfuerzo y la complejidad como dos condiciones esenciales de la vida humana. La subcultura mafiosa invitaba a los adolescentes a lo contrario: a vivir –como él la denominó– “una vida sin riesgos, sin lucha y sin búsqueda de superación”.

Por el contrario, Bauman sustentará que “el invariable propósito de la educación era, es y siempre seguirá siendo la preparación de los jóvenes para la vida”. En consecuencia, la escuela por la que lucha es aquella que trabaja por ampliar la mente y por contribuir a una profunda revolución cultural. Pero, en lugar de eso, lo que hoy se está fortaleciendo son los cursos que promueven el aprendizaje y la lectura rápida, corta, momentánea y superficial.

Como puede concluirse, hoy se presentan múltiples formas de habitar el mundo, estudiar, trabajar, convivir y vivir, por lo que se requiere que los jóvenes tengan mayor criterio para decidir, elegir y proyectar. En una palabra: se requieren jóvenes con mayor autonomía.

En este contexto, ¿qué tendríamos que hacer los educadores? Creo que, además de Bauman, Yuval Noah Harari es un segundo pensador que nos podría ayudar a enfrentar estas circunstancias adversas. Cuando en la serie Aprendiendo Juntos de BBVA le preguntaron sobre cuáles deberían ser las habilidades y conocimientos esenciales a trabajar en la escuela, su respuesta fue elocuente:

“Ahora, cuando pensamos dentro de 20 años, no tenemos ni idea de cómo será la economía, el mercado laboral ni qué puestos de trabajo habrá. Enseñarles a los jóvenes un conjunto de aptitudes específicas es una pésima idea. Hay que inculcarles a los jóvenes la importancia de seguir formándose y adaptándose a los cambios a lo largo de la vida”.

Una vez más, volvemos a que la autonomía es el fin más importante por trabajar en la escuela. Lo verdaderamente grave es que hoy la cultura, las redes y la mayoría de las familias y escuelas no la favorecen.

Posdata: El expresidente Andrés Pastrana le debe explicaciones al país por haber aparecido en múltiples imágenes en los archivos de Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell. Suscribo la petición de las periodistas que le exigen que aclare por qué aparece en al menos 57 registros respecto al proceso que lleva el Departamento de Justicia de EE. UU en contra de Epstein. #NoAlPactoDeSilencio

* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria)

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Rafael Flórez(47570)Hace 24 minutos
Suena manido, pero el corazón de la educación, de la cuna a la tumba, es aprender a aprender. En ese principio la sociedad colombiana puede estar de acuerdo, el problema es cómo hacerlo?
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