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¿Por qué han cerrado más de 400 colegios privados en Bogotá?

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Julián de Zubiría Samper
20 de enero de 2026 - 05:00 a. m.
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Entre 2020 y 2026 se han cerrado 418 colegios en Bogotá. Al cerrarlos, se pierden historias, vínculos, esfuerzos colectivos y experiencias que nos ayudarían a impulsar el desarrollo sostenible que necesitamos como nación. ¿Cómo se explica esta extraña tendencia?

La educación privada en Bogotá atraviesa una crisis muy profunda desde 2016. Entre ese año y 2025 recibió 105.000 estudiantes menos. Al mismo tiempo, más de seis mil sedes educativas cerraron en el país. De ellas, el 66 % eran oficiales. De allí que se equivocan quienes creen que esos estudiantes se están trasladando a la educación pública. Eso lo puede verificar fácilmente quien quiera revisar las estadísticas con rigor. También estamos viendo una disminución de estudiantes en los colegios públicos de la capital. Lo que sucede es que la tendencia se ha atenuado un poco por la masiva llegada de niños y jóvenes desde Venezuela. Sin duda, es un fenómeno muy complejo que exige argumentos y criterio estadístico para analizar e interpretar. Desafortunadamente, vivimos en un periodo en el que se opina mucho y se argumenta poco.

¿Qué está pasando entonces con los colegios privados en Bogotá? Vamos a señalar los cuatro principales factores que podrían explicar esta compleja tendencia en la capital.

Primero. La tasa de natalidad ha caído de manera sensible en Colombia, pero muy especialmente en Bogotá. En 2015, nacieron en la capital 102.000 niños, mientras en 2025 tan solo fueron 56.000. La natalidad disminuyó un 45 % durante la década, lo cual ubica a Bogotá como una de las ciudades del mundo con más rápida reducción de las tasas de natalidad.

Esta variable –que explica parte del fenómeno– no es la principal, ya que la población en edad escolar de la ciudad siguió creciendo hasta 2020. Solo se contrajo a partir de 2021 y de manera muy leve.

Segundo. La variable más importante tiene que ver con el traslado de un grupo muy amplio de estudiantes de los colegios privados a la educación en casa. Lo podemos saber porque la población en edad escolar de la capital se ha reducido en un 2 %, en tanto la caída de la población estudiantil en colegios privados ha sido de cerca del 20 %. La pandemia fortaleció este proceso. Muchos padres pasaron a trabajar en casa y encontraron en el homeschooling una vía para reducir significativamente sus gastos por estudio, alimentación y transporte.

Es válido pensar que existe una motivación económica en esta decisión. Aun así, las familias podrían trasladar a sus hijos a la educación pública, que es gratuita, pero desafortunadamente desisten de esta opción. De allí que, aunque el criterio económico interviene, tampoco es el esencial. El punto central es que estos niños y jóvenes tienen padres que tienden a vivir con angustia y, debido a eso, quisieran que su hijo no saliera de casa para poder controlarlo en todo momento. Como explica el psicólogo Jonathan Haidt, son padres muy sobreprotectores en el mundo real, pero muy permisivos en el digital. Por eso creen que es preferible que no interactúen con pares que suponen que les pueden hacer bullying. No confían en nadie, ni en sus propios hijos. Por eso creen que ellos, ayudados por la virtualidad, serán los mejores y únicos docentes de calidad.

No podemos olvidar que vivimos en el cuarto país del mundo con menor confianza en los demás (tan solo el 5 % cree que se puede confiar en la mayoría de personas). Este es un contexto ideal para la formación de familias sobreprotectoras. Lo que ellas no saben es que los niños que crecen con poco juego libre y sin diversas y amplias interacciones sociales tendrán, en su vida adulta, mayores problemas de socialización, solidaridad y empatía. Son niños que desarrollan su autonomía a un ritmo más lento porque tienen una mediación muy limitada. Como decía Kant, “somos lo que somos, gracias a la educación”. Desafortunadamente estos niños tenderán a formarse con pocos pares y mediadores de calidad. Por ello, muy seguramente la escuela en casa y la educación virtual terminarán siendo un remedio peor que la enfermedad que intentan combatir.

Tercero. Cuando se cierran 418 colegios en la capital uno debe concluir que algo muy grave tiene que estar pasando en la educación. Sin duda, los colegios también tienen mucha responsabilidad. No es casual que la gran mayoría de los colegios que cierran sean algunos de los más tradicionales y con docentes con muy bajos niveles de formación, innovación y trabajo en equipo. Contrario a lo que dicen las instituciones, la educación sigue siendo muy rutinaria y aburridora para la gran mayoría de niños. Muchos colegios resaltan que han innovado pedagógicamente, pero con frecuencia esto se queda en el papel y la propaganda. Han cambiado muy poco sus currículos, textos y modelos pedagógicos. La mayoría sigue sin enseñar las competencias que se requieren en el siglo XXI, pues desafortunadamente permanecen dedicados a la repetitiva tarea de transmitir informaciones impertinentes, fragmentadas y descontextualizadas.

La cuarta variable está asociada a la política pública en educación. Es la más compleja de sintetizar y, por espacio, apenas la alcanzamos a esbozar. Los anteriores gobiernos nacionales hicieron lo posible por debilitar la educación pública. Sometieron la educación oficial a una doble y sistemática guerra: la privaron de recursos e hicieron lo posible por deteriorar su imagen.

Resulta que este gobierno ha hecho todo lo contrario: se ha esforzado por debilitar la educación privada y también hace esfuerzos por deteriorar su imagen ante la población. Desconoce cualquier aporte al desarrollo nacional y la presenta como si su única finalidad fuera la ganancia y la rentabilidad. Sin duda, el gobierno ha ampliado significativamente los recursos para la educación pública, pero carece de ideas y planes pedagógicos. Por eso no ha intervenido ninguna variable importante de la calidad, como la innovación en los modelos de formación de maestros, el liderazgo pedagógico, el currículo, la educación inicial o la estructura de las instituciones. Desfinanció al ICETEX dejando a miles de jóvenes sin posibilidad de cursar estudios en las universidades privadas y dejó sin recursos a los estudiantes de maestría y doctorado en el exterior.

Se equivocan quienes han querido acabar con la educación pública, pero también quienes hoy hacen lo posible por debilitar la educación privada de calidad. En Colombia, la educación es mixta y hay excelentes experiencias tanto en la pública como en la privada. Los colegios en concesión son un muy buen ejemplo. Estos son oficiales, pero están administrados por el sector privado y tienen los mismos niños, contextos y familias, pero la calidad que alcanzan es significativamente superior. Es cierto que un gobierno democrático debe hacer todo lo posible por garantizar educación pública gratuita, robusta y de calidad, pues esa es la mejor manera de ampliar la democracia, pero es absurdo que pretenda destruir la privada. A esto se suma la enorme deuda con la calidad de la educación pública que dejará este gobierno. Mejoraron significativamente los recursos y, en un hecho histórico, lideró los acuerdos para modificar los artículos 86 y 87 de la Ley General de Educación y garantizar recursos para las universidades públicas a futuro. Como analizaremos en una próxima columna, la votación fue unánime en la Cámara, lo que evidencia el positivo papel de los consensos. Sin embargo, es un gobierno que improvisa mucho en educación y que, aunque en algunos casos dispersos, mejoró la infraestructura, en calidad educativa volvimos a reprobar el año.

Los mejores jardines infantiles del país son privados. Algunas de las mejores universidades son públicas y otras son privadas. Las más importantes innovaciones educativas del país se han realizado en colegios privados y en algunas pocas instituciones públicas. Solo una mente cegada por el fanatismo puede aplaudir que se cierren 418 colegios privados. Como decía Octavio Paz: “La ceguera biológica impide ver. La ceguera ideológica impide pensar”.

*Julián de Zubiría Samper es director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).

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Chirri(rv2v4)Hace 5 minutos
La educación privada, como negocio, sea de rebusque interno, debe desaparecer. Más no en los pueblos donde hay verdaderas pedagogas de calidad humana, viudas que se preocupan por los hijos ajenos, mujeres que se casan con la enseñanza para toda la vida. !Ay! seño María, la recuerdo siempre que pienso cuando aprendí a leer ese día.
Berta Lucía Estrada(2263)Hace 1 hora
Excelente columna.
Olegario (51538)Hace 2 horas
Los “maestros” del sector público dicen “defender la educación oficial” viviendo en paro y robándoles horas y días de clases a los niños de los estratos más pobres y vulnerables. Por eso odian a Galán y a la señora Segovia, porque a punta de descuentos los tienen calmaditos con sus paritos porque sí y porque no.
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