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Si yo fuera el presidente no iría a Estados Unidos. La posibilidad de que Trump lo detenga y lo encierre es altísima. Si fue capaz de bombardear Caracas para «extraer» a Maduro; si tiene la malparidez de sostener que sacará de Gaza al último palestino para desarrollar allí un megaproyecto inmobiliario con vista al Mediterráneo, ¿qué le impediría capturar al líder comunista que preside el oscuro y pequeño país suramericano que produce el 67 % de la cocaína del mundo?
Trump puede agregar una acusación concreta y gravísima: Petro incitó al ejército estadounidense, y desde las calles de Nueva York, a que desobedeciera las órdenes de Trump (¡por Dios, Gustavo!).
Es verdad que, poco después de la temeraria incitación del presidente colombiano, los demócratas lanzaron una «bomba» idéntica, pero bien redactada: «El ejército tiene que obedecer la constitución estadounidense». Entre líneas, los demócratas dijeron exactamente lo mismo que Petro: si Trump viola la Constitución, el ejército tiene el deber de desobedecerlo.
Como el presidente no es un columnista sino un guerrero curado de espantos, irá. Aceptó el reto. Los desafíos lo excitan. Es tan pugnaz y mediático como Trump y no despreciaría por nada del mundo la tribuna que se le brinda para contar su versión de las cosas; por ejemplo, el altísimo precio que ha pagado el pueblo colombiano en su lucha contra las drogas, y no resistirá la tentación de repetir la verdad que todos gritan: que cordilleras de cocaína se han distribuido durante más de cincuenta años en las ciudades norteamericanas en billones de bolsitas por decenas de miles de dealers con una eficiencia, una facilidad y una impunidad asombrosas.
¿Cómo dirá esto el presidente y cómo defenderá su independencia sin desatar las furias del Trump? Esta es la tarea en la que están empeñados ahora los diplomáticos Daniel García-Peña y Nhora Mondragón, y los estrategas Roy Barreras y Armando Benedetti, que oran día y noche para que, a la hora de su entrevista con el delirante líder norteamericano, el presidente de Colombia no mencione la palabra maldita: «China», mantenga una actitud digna sin pisar las arenas movedizas de la provocación y tenga siempre presente que está en la Casa Blanca, no en la Plaza de Bolívar.
Creo que Petro acatará solo parcialmente las recomendaciones de sus consejeros y las sensatas recomendaciones del expresidente Gaviria, publicadas en El Espectador, porque el presidente no hablará para Trump, sordo megalómano, sino para Colombia y el mundo desde la tribuna que, no sabemos con qué intenciones, le brinda míster Trump, el enemigo público número uno del planeta.
Petro aprovechará para contarle al mundo que, pese a la formidable oposición del establecimiento colombiano, su administración ha puesto sobre la mesa los grandes debates que el país demanda; que puede mostrar números económicos sorprendentes y resultados sociales generosos, y que dejó en cueros a la gran prensa nacional, por décadas modosita y equilibrada… hasta que el primer gobierno de izquierda de la historia del país puso a prueba su equilibrio mercenario y coqueto.
Trump no capturará a Petro. Él es perverso, no estúpido, y ya habrá calculado que capturarlo es un pésimo negocio. Petro tiene un nombre en Occidente por sus gestiones políticas, sociales y ambientales, y secuestrarlo sería convertirlo en mártir de un imperio mundialmente antipático, de una facción cada vez más ICE, más nazi. De rebote, Iván Cepeda dejaría de ser solo una figura clave de la política nacional para convertirse en un referente de los movimientos sociales latinoamericanos, y aumentarían exponencialmente sus posibilidades de convertirse en presidente de Colombia en agosto de 2026.
