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Yo no creía en milagros

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Julio César Londoño
05 de septiembre de 2026 - 05:07 a. m.
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No creo en milagros porque no recibí la gracia de la fe, pero confieso que ahora mi escepticismo vacila porque estoy presenciando muchos milagros o por lo menos prodigios. Un ejemplo: hace unos meses Paloma Valencia era la candidata de mostrar de la derecha y el señor De la Espriella era un gánster de estrato alto. Hoy la bella senadora ni suena ni truena y el señor es ovacionado por el establecimiento en pleno, aunque todas las cosas del camaleónico señor –sus creencias, estado civil, declaración de renta, despachos de gobierno, nombramientos y desnombramientos de «nuncas» y «siempres» y hasta las cifras del presupuesto– cambian con un ritmo tan vertiginoso que a sus aúlicos, los líderes del oficialismo y de la gran prensa, les cuesta trabajo seguirle el paso.

El señor, hay que reconocerlo, se defiende muy bien: en mí habitan un Jekill y un Hide –explica–: el presidente y el abogado. La ética del abogado es maleable; la del presidente, vertical y férrea. El tema de su fe lo despachó en dos líneas: si san Pablo fue iluminado un día cualquiera en el camino de Damasco, ¿por qué yo, el siervo Abelardo, no puede recibir en su jet al Señor en la ruta Miami-Bogotá en vísperas de elecciones?

Para confirmar la revelación, el Señor, que es un tanto brusco, le destruyó medio país a su siervo el 10 de agosto. ¿Por qué el lunes 10 y no el domingo 9? Porque el domingo es el día del Señor, de la familia y del ministro de Vivienda. Esto suena raro pero, como el mismo Abelardo lo explica, los designios de Dios son inescrutables (casi digo malparidos).

También son paradojales sus relaciones con Trump. Abelardo lo adora con abyección, pero Trump lo patea con un entusiasmo imperial: el 24 de julio, en vísperas de la posesión de Abelardo, Trump gravó con un arancel de 12,5 % a una de cada tres exportaciones colombianas: vidrios, aluminio, plásticos, cosméticos, textiles, manufacturas, cueros, químicos, productos de la agroindustria pesada, productos livianos, como las flores, y mil cosas más. Sin embargo, oh sorpresa, la talentosa María Claudia Lacouture, presidenta de AmCham, la Cámara de Comercio Colombo-Americana, le dijo a El Tiempo el 23 de agosto, sin un pixel de rubor en su fino rostro: «En las relaciones con EE. UU. se produjo un cambio del cielo a la tierra. En Washington hay voluntad de diálogo, cooperación y de ayudarle al país».

Nota: el cielo es Abelardo, se entiende, y la tierra, por no decir el Averno, Petro. Claudia, querida, dile a Washington que gracias, ¡que Dios le pague pero que no nos ayude más!

¿Hizo Trump una pausa en los días del terremoto por consideración a la tragedia que desgarró al pueblo de su vasallo sudaca? ¡Faltaba más! A las 12:31 p. m. del 10 de agosto, la solícita cancillería colombiana reconoció la soberanía de Israel sobre los territorios sirios de los Altos del Golán.

Por siempre, canciller Omar Burla (sic), los colombianos recordaremos el rastrero servilismo que nos convirtió en el segundo país del mundo que avala, en medio siglo, el atropello israelita y que nos distancia del resto del mundo: Siria, Arabia Saudita, Egipto, Catar, Turquía, Palestina, La liga Árabe (que agrupa a 22 países) y la ONU rechazaron la posición de Bogotá.

¿Pararon aquí Trump y Abelardo? No. El 12 de agosto, cuando miles de colombianos gemían bajo los escombros, el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, anunció que el gobierno del presidente Abelardo de la Espriella solicitó y autorizó operaciones militares conjuntas en territorio colombiano, como parte de los acuerdos de los países que conforman el Escudo de las Américas.

¿Hacen parte de la estrategia del Escudo «contra el terrorismo y el narcotráfico» capturar los capos estadounidenses de la droga e intervenir sus cuentas bancarias en Suiza, Dubái o Wall Street, como se pregunta María Teresa Ronderos en su columna de El Espectador? No. las operaciones conjuntas se limitarán a bombardear caseríos y campamentos guerrilleros en Colombia y embarcaciones pequeñas en el Mar Caribe y a luchar, de la mano de la dictadura venezolana, por el restablecimiento de la democracia en ese país.

Como si fuera poco, y en plena crisis hídrica, el minagricultura quiere meterle la mano al páramo de Santurbán, concretamente a las 1.500 hectáreas de la quebrada La Baja, una zona está en la mira de la multinacional minera canadiense Aris Mining.

La ultima paradoja tiene que ver con la Andi y su jefe vitalicio, Bruce Mac Master. «Los presidentes pasan, Bruce permanece», es un axioma gremial, pero ahora el hombre se tambalea porque decidió que las donaciones de los empresarios no irán a la Caja Milagro de la señora De la Espriella sino que serán manejadas por ellos mismos. Esta impiedad le costará la cabeza.

Nota final. Los entes de control fiscal y las veedurías advierten que los recaudos de las donaciones recibidas en la cuenta bancaria de la Fundación «Colombia, luz y sonrisas» se mantienen en reserva. Promocionada en los canales oficiales del Estado, la Fundación de la primera dama maneja de manera muy opaca las millonarias donaciones que recibe.

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