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¿Criminales o héroes?

Klaus Ziegler

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En París, bajo la cúpula dorada de Les Invalides, reposa Napoleón Bonaparte en un monumental sarcófago de cuarcita roja, rodeado de esculturas que celebran sus hazañas militares.

Pocos turistas parecen detenerse a pensar que aquel hombre, venerado como uno de los grandes héroes de Francia, fue responsable de guerras devastadoras, de matanzas incontables y de una decisión particularmente infame: restablecer la esclavitud en territorios coloniales donde la Revolución francesa la había abolido. Allí yace un criminal de guerra convertido en objeto de veneración nacional, como si las montañas de cadáveres que dejó a su paso fueran apenas una nota al pie de su brillante carrera militar.

La historia tiene una curiosa manera de repartir absoluciones. Algunos personajes quedan inscritos para siempre en el catálogo de los monstruos, mientras que otros, responsables de atrocidades no menos espantosas, encuentran su inmortalidad en estatuas ecuestres y mausoleos, y hasta reciben el privilegio de que sus nombres adornen avenidas, plazas y colegios. No es que ignoremos sus crímenes. Los conocemos bastante bien. Sencillamente, cuando se trata de nuestros grandes héroes, hemos aprendido a mirar hacia otro lado.

Alejandro Magno ocupa un lugar de honor entre los prohombres de Occidente. Sus conquistas se estudian como prodigios de la estrategia militar, y su nombre lleva más de 2.000 años acompañado de un calificativo que parece conferirle una grandeza indiscutible.

En el año 335 antes de nuestra era, la ciudad griega de Tebas se rebeló contra la dominación macedonia. Alejandro respondió con una ferocidad despiadada: la ciudad fue arrasada y, según Diodoro Sículo, murieron más de 6.000 personas y otras 30.000 fueron capturadas. Aquella barbarie tenía un propósito muy concreto: enseñarles a los demás pueblos griegos lo que les podía suceder si se atrevían a desafiar su autoridad.

Tres años después, la ciudad fenicia de Tiro pagó un precio terrible por resistirse a las ambiciones de Alejandro. Tras siete meses de asedio, sus tropas irrumpieron en la ciudad y perpetraron otra carnicería. Arriano habla de 8.000 muertos y de 30.000 personas vendidas como esclavas. Cuenta también que, terminada la matanza, Alejandro encontró tiempo para celebrar ceremonias religiosas, competiciones atléticas y una carrera de antorchas. Al parecer, la carnicería merecía un festejo.

A lo largo de sus campañas, desde Grecia hasta la India, Alejandro dejó tras de sí un número de muertos imposible de precisar. Ciudades arrasadas, poblaciones masacradas, decenas de miles de seres humanos vendidos como mercancías. Y detrás de aquellas empresas, la ambición desmedida de un hombre empeñado en conquistar el mundo, para quien el sufrimiento de pueblos enteros era un precio perfectamente aceptable con tal de extender sus dominios.

Y 23 siglos después seguimos llamándolo Magno. Me pregunto cuántos muertos más habría tenido que acumular para que la posteridad le concediera el título de Magnus Maximus.

Julio César tampoco fue precisamente la Madre Teresa. Durante la conquista de las Galias, sus legiones arrasaron ciudades, esclavizaron poblaciones enteras y perpetraron innumerables masacres. En el año 52 a. C., tras la toma de Avárico, los soldados romanos se entregaron a una matanza despiadada. Según el propio César, de unas 40.000 personas apenas 800 lograron ponerse a salvo. No perdonaron a mujeres, niños ni ancianos. Conocemos estos detalles gracias al mismo comandante, quien tuvo la gentileza de dejarnos un relato de sus hazañas en La guerra de las Galias. César posee así el mérito adicional de haber convertido sus propias carnicerías en un clásico de la literatura universal.

El caso de Napoleón resulta aún más difícil de justificar. Basta con recordar la invasión de Rusia en 1812. Al frente de un ejército de unos 600.000 soldados franceses y aliados, emprendió una campaña que dejó ciudades devastadas, pueblos saqueados, poblaciones enteras arruinadas y un número aterrador de víctimas civiles. Las batallas, el hambre, las enfermedades y el frío hicieron el resto. Cientos de miles de soldados invasores murieron y las pérdidas rusas fueron igualmente espantosas.

De aquella gigantesca fuerza expedicionaria, menos de 100.000 hombres lograron regresar de Rusia. Una catástrofe de proporciones monstruosas, consecuencia de la decisión de Napoleón de imponer por la fuerza su voluntad imperial. Y lo extraordinario es que todavía contemplamos aquella tragedia como uno de los grandes episodios de la historia militar, fascinados por las maniobras, las batallas y los errores estratégicos de un hombre que condujo a cientos de miles de sus propios soldados a la muerte.

Quienes se indignan ante estos reparos argumentan que resulta absurdo juzgar a los antiguos con los criterios morales del siglo XXI. Y no les falta razón, al menos en parte. Alejandro vivió en un mundo donde la esclavitud era corriente y César pertenecía a una civilización que consideraba legítimo conquistar territorios ajenos y someter a sus habitantes. No tiene sentido exigirles que conocieran los Convenios de Ginebra. Sería igualmente ridículo sentar a estos homicidas en el banquillo de la Corte Penal Internacional. Comprender las circunstancias históricas en las que actuaron es indispensable para juzgar sus decisiones con rigor.

Lo que no entiendo es por qué, a partir de esa reflexión, habríamos de concluir que hoy debamos celebrarlos. Al fin y al cabo, quienes levantamos monumentos, bautizamos avenidas y enseñamos a nuestros hijos a venerar a determinados personajes somos nosotros, con nuestros valores morales del siglo XXI, no los antiguos. No podemos refugiarnos en la moral de su época para justificar los homenajes que les rendimos en la nuestra.

Resulta curioso que en Occidente recordemos a Atila o a Gengis Kan como monstruos sanguinarios, mientras reservamos a Alejandro, César y Napoleón un lugar de honor en el panteón de los grandes hombres. Pero basta con mirar hacia Mongolia, donde Gengis Kan es venerado como héroe nacional, para descubrir que el espejo nos devuelve nuestra propia imagen. Allí se glorifica a quien nosotros llamamos bárbaro, mientras aquí veneramos a conquistadores que también arrasaron ciudades y masacraron poblaciones enteras. Como si la gravedad de una matanza dependiera de quién la cometiera y de qué lado de la historia nos encontráramos.

Como tantas creencias adquiridas casi en el regazo materno, nuestra indulgencia hacia los grandes conquistadores tiene poco que ver con un examen moral de sus actos y mucho con la manera en que aprendimos la historia. Desde niños nos enseñan quiénes son los grandes hombres, los héroes y los villanos. Alejandro aparece rodeado de laureles; César, de águilas romanas; Napoleón, de banderas tricolores. Las matanzas, cuando se mencionan, suelen quedar relegadas a un segundo plano.

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Y esas imágenes infantiles tienen una persistencia extraordinaria. Podemos estudiar historia durante años, leer filosofía, declararnos defensores de los derechos humanos y seguir conservando casi intacto el panteón de héroes que nos metieron en la cabeza antes de la edad de la razón.

Un occidental culto debe convivir con una curiosa disonancia cognitiva: reconocer las barbaries cometidas por aquellos militares y, al mismo tiempo, seguir admirándolos por el legado cultural, jurídico o político que dejaron. Es una especie de contabilidad moral en la que las matanzas se descuentan de los méritos y el saldo termina siendo favorable.

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El argumento es curioso, porque a casi nadie se le ocurriría intentar disculpar los horrores del nazismo recordando que, bajo el Tercer Reich, se desarrollaron cohetes que más tarde abrirían el camino a la exploración espacial, se expandió la producción industrial de combustibles sintéticos, se construyeron grandes autopistas que todavía atraviesan Alemania y se lograron avances extraordinarios en la industria química.

Tampoco soy partidario de derribar estatuas ni de borrar a Alejandro, César o Napoleón de los libros de historia. Sería una estupidez. Mucho menos pretendo desconocer su importancia histórica. Sería tan absurdo como negar la de Stalin, la de Hitler o la de Vlad el Empalador. Sin ellos, el mundo habría sido muy distinto, aunque nada nos obliga a pensar que habría sido peor. Lo inaceptable es que esas estatuas sigan siendo monumentos de veneración, como si las atrocidades de sus protagonistas merecieran quedar sepultadas bajo el peso de sus glorias. Y más inaceptable aún es que la historia siga contándose de manera complaciente, exaltando sus hazañas militares mientras se procura ocultar o minimizar sus atrocidades.

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Y hay algo más que hace a estos personajes especialmente repugnantes: ¿qué los movía a conquistar territorios que no necesitaban, a someter pueblos que no les habían hecho ningún daño y a sacrificar miles de vidas para extender sus dominios? Es difícil no ver en semejantes empresas una mezcla de vanidad, megalomanía y ambición de poder que parecía no tener límites. A mí me cuesta encontrar algo admirable en un hombre que necesita conquistar medio mundo para satisfacer su ego y que está dispuesto a sembrar cadáveres con tal de conseguirlo.

Y así, mientras Napoleón descansa bajo la cúpula dorada de Los Inválidos, los muertos de aquellas guerras siguen sepultados bajo algo mucho más pesado que la tierra: la gloria de sus verdugos.

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Comentarios
  • Noticioso(6975)•Hace 1 hora
    En eso se parecen las culturas occidental y oriental: su admiración desmedida por personajes psicopáticos y asesinos. Parece ser una resonancia psicoanalítica de la figura (o ausencia) del padre autoritario pero protector, que influencia tanto las decisiones de las mentes débiles. Por eso, desde hace 4000 años les han entregado ciegamente el poder para esclavizarlos o mandarlos a morir en sus guerras.
  • Duglas(91148)•Hace 1 hora
    👍
  • SÓTERO(26571)•Hace 1 hora
    Si ecuestre es la estatua que representa a un personaje montado sobre un caballo, cómo se llama a la estatua de un personaje montado sobre una rata?
  • fernando(29690)•Hace 2 horas
    excelente columna
  • fabio(30155)•Hace 3 horas
    Nos tomo 5 mil años aprender a vivir sin tener que matarnos. Es difícil criticar a los antepasados, cuando sí tu pueblo no era fuerte aparecía un conquistador y te borraba. Queda la pregunta si la paz es producto de llegar a guerras donde nadie puede ganar o que ahora somos mas civilizados?
  • Ricardo(40017)•Hace 3 horas
    Magnífico escrito, faltaría mucho espacio para ampliar otras realidades como las del imperio inglés, pero su contenido muestra una terrible realidad del ser humano.
  • Luis Carlos(m2w9y)•Hace 3 horas
    La historia universal, parte de ella, vista desde un ángulo más real y humano. Gracias Sr Ziegler.
  • Helga66(40077)•Hace 3 horas
    En esa logica, nos quedaremos sin héroes. La guerra es la parturienta de estos grandes hombres.
  • Diela Nancy(26215)•Hace 4 horas
    Profundo conocimiento de la historia y del papel que debe desempeñar en la orientación de las relacionas modernas entre las naciones y el poder de los poderosos y la población que sufre para bien o para mal sus decisiones
  • Quico(17933)•Hace 5 horas
    Meta en esa lista a Simón Bolívar
  • HECTOR FERNANDO(32901)•Hace 5 horas
    Excelente profesor Klaus. No olvidar los pueblos, naciones y lideres genocidas, ladrones, violadores y esclavizadores, que exterminaron naciones, pueblos, culturas e historia, justificando sus horrendos crimenes porque segun ellos y sus sabiondos, estaban llevando cultura, civilizacion y el Dios verdadero a esos barbaros, ignorantes paganos.
  • Frapolo(7328)•Hace 5 horas
    Hoy tenemos personajes iguales o peores que los mencionados. A nivel mundial dos botones de muestra: Trump y Netanyahu, idolatrados por gobernantes como el ilegítimo Colombiano. Y qué decir de AUV, que todavía tiene defensoes a pesar de sus atrOcidad3s durante sus gobiernos
  • Gabriel(t67r9)•Hace 5 horas
    Espectacular columna, como de costumbre. Bravo !
  • Marciano(02981)•Hace 5 horas
    Tremenda columna !
  • Usuario(75586)•Hace 5 horas
    Excelente!!!!
  • William(41808)•Hace 5 horas
    El Tribalismo explica la glorificación de nuestros caudillos exterminadores de los “otros”. Y la oxitocina es su corolario molecular: hormona de la filiación al grupo y fobia al resto. En Colombia ha sido peor: el exterminio tanto de indígenas como del liberalismo y los liberales genuinos fue de los más exitosos. Uno de sus monumento máximo: nombrar una universidad con nombre innombrable (Julio Arboleda), igual que en Alemania existiera la Universidad Adolfo Hitler).
  • antonio(7747)•Hace 6 horas
    Ya en Bogotá estan pensando en llamar a la nueva calle ‘ Avenida timochenco " y otra al norte " Avenida matarife ", otra mas al sur " Avenida tornillo " y la famosa autopista de 10 carriles " Avenida El Tigre "
  • Tulio Claudio(70717)•Hace 6 horas
    Criminales o héroes, o héroes criminales ?
  • CarlosA(9314)•Hace 6 horas
    Gracias por recordarnos lo ambiguos que podemos ser los humanos. Excelente columna
  • cesarc655(66636)•Hace 6 horas
    Me quedé con el párrafo que resalta los avances tecnológicos en tiempos del fascismo mientras presenta una disertación sobre lo violentos que fueron los héroes de nuestro pasado político y social como cultura occidental que transita de la violencia como supervivencia, antes del siglo XIX, hacia la convivencia pacífica de los pueblos y de los seres humanos y que excluye el exterminio étnico ante la supremacia blanca alemana,
  • Gines de Pasamonte(86371)•Hace 6 horas
    Muy poco se habla de las atrocidades cometidas por Simón Bolívar y sus adláteres, Klaus, aunque como lo refieres, esa contabilidad moral tal vez absuelva a nuestro libertador, no obstante, cómo no recordar la Navidad Negra en San Juan de Pasto; corría el año de 1822 y entre el 24 y el 26 de diciembre, el batallón Rifles dirigido por el mariscal Sucre y bajo órdenes directa del libertador, masacraron a cerca de 500 parroquianos como retaliación a la férrea resistencia realista.
  • Mauricio(05056)•Hace 7 horas
    Impresionante columna grande
  • Nelson(11961)•Hace 7 horas
    Parafraseando a Borges; Historia Universal de la Infamia.
  • Leonardo(69374)•Hace 8 horas
    El célebre historiador británico Arnold J. Toynbee revolucionó y reescribió la forma de entender la historia a través de su monumental obra de 12 volúmenes, Estudio de la Historia (A Study of History, 1933–1961). Su enfoque rompió de manera radical con la historiografía tradicional de su época. Y para Karl Popper, la historia no tiene un sentido intrínseco, un fin predeterminado ni leyes inevitables que se puedan descifrar científicamente.
  • JTG(13462)•Hace 8 horas
    El punto no es "celebrar" a Napoleón, Alejandro Magno, Atila, etc. El punto es que no podemos olvidar lo que hicieron (lo malo y lo bueno) y aprender de ello. Además, los contextos son importantes. La historia de la humanidad está llena de barbaries, masacres, despojos, etc. Lo que queremos es construir un futuro con menos de esas cosas y más de otras mejores, pero si no aprendemos de lo malo que hicimos, no vamos a saber qué tipo de sociedad debemos construir.
  • Martha Lucia(mkahs)•Hace 8 horas
    "Toda la historia del Hombre es miseria, miseria, miseria!". Lástima no recordar ahora el nombre del autor.
  • Juan felipe(82042)•Hace 9 horas
    Bárbaro este escrito. Díganselo a AUV, jajaja
  • Celyceron(11609)•Hace 10 horas
    De acuerdo, señor Ziegler. Crueles personajes de la antigüedad que dejaron miles de muertos y aún son venerados. Y qué tal el rey Leopoldo de Bélgica, que se apropió de todo un país y además de saquearlo, mutiló a cientos de hombres? Y qué decir de presidentes norteamericanos, que no vacilaron en rociar el agente naranja en países invadidos para llevarlos a la “democracia”. La crueldad, pulula y los “héroes”, siguen siendo admirados.
  • Dionisio(cvtsc)•Hace 11 horas
    Excelente reflexión. La actual Macedonia logró su independencia solo si aceptaba el sufijo "del Norte", para que Grecia conservara parte del "legado" de Alejandro en su área macedónica. En nuestra pequeña escala histórica criolla, tenemos a sanguinarios de embajadores ("Recuperé el Palacio de Justicia") o "bienamados" llenos de falsos positivos o bolsas blancas. Trump, bajita la mano, ya lleva 3.000 muertos. Tiempo de recordar ese cuento de Borges sobre el traidor y el héroe…
  • Atenas(06773)•Hace 13 horas
    De acuerdo estoy. Y le sumo otro vituperable hecho:¿cómo guardar silencio connivente frente al caos y debacle q’ por estos pagos dejan y han dejado los más infames entre los infames sujetos q’ con sedicentes revoluciones sociales y durante años han sumido pueblos enteros en horripilante miseria y depravación? Atenas
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