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11 Sep 2022 - 2:00 p. m.

Capítulo 34: ¿Cocaína legal? Sí. ¿Extradición? También

La Candidata

Petro lo advirtió: “Narcotraficante que no negocie se va extraditado”. Dos semanas después autorizó envío a Estados Unidos de Álvaro Córdoba, hermano de Piedad Córdoba. Entretanto, el mal llamado “zar antidrogas”, Felipe Tascón, reafirma que el problema no son las drogas sino la prohibición.

Capítulo 34: ¿Cocaína legal? Sí. ¿Extradición? También
Foto: El Espectador

ADVERTENCIA: ESTO ES FICCIÓN

Aquí se recrea la actualidad de Colombia con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Así como algunas películas advierten que su trama está «basada en hechos reales», esta es una novela basada en hechos actuales. En otras palabras: no se confunda. «La candidata presidencial» es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación del autor. Esta es una novela de ficción coyuntural.

Martes 23 de agosto de 2022

Álvaro Córdoba, hermano de Piedad, caminó temeroso por el pabellón de extraditables de la cárcel La Picota, en Bogotá. Le habían anunciado que tenía visita, pero no le dijeron de quién se trataba. Desde que la Corte Suprema aprobó la solicitud de extradición en su contra, pensaba que en cualquier momento llegarían para subirlo en un avión con rumbo a Estados Unidos.

Su nerviosismo contrastaba con el optimismo ingenuo que manifestó días antes de la posesión de Gustavo Petro, cuando grabó un video para sus amigos desde una bicicleta estática de la prisión: «… está próxima mi salida […] Duque no me extraditó porque no tiene las pruebas […] la Corte me va a absolver».

—¿Usted es la persona que viene a verme? —preguntó Córdoba cuando llegó al salón de visitas.

Lorena Agudelo, la exsecretaria privada de la Candidata, afirmó con un gesto. Estaba sentada frente a una de las mesas.

—Yo a ella no la conozco —le dijo Córdoba al guardia, como para dejar constancia.

El hombre del INPEC hizo caso omiso. Salió y lo dejó allí adentro con la visitante.

—Siéntese, don Álvaro. Simplemente vengo a transmitirle un mensaje. Soy amiga de una amiga.

—¿Amiga de quién?

—Yo soy amiga de la alta consejera política del presidente Petro. Ella se preocupa mucho por el bienestar de Piedad y de su familia.

Córdoba se relajó un poco y acompañó a Lorena en la mesa.

—O sea… usted viene de parte del Gobierno —concluyó él.

Lorena le habló con amabilidad.

—Don Álvaro, es importante que quede clara una cosa: si usted se pone a contar que vino a visitarlo alguien del Gobierno, allá todos lo van a negar.

—Usted no podría negar que vino a visitarme —desafió él—. En la entrada tuvieron que registrar su nombre. Esa información se puede pedir.

—Sí, esa información se puede pedir, pero no se la van a dar a nadie. ¿Sabe por qué?… Porque no hay registro de mi ingreso, ni siquiera en las cámaras de seguridad.

Álvaro Córdoba se quedó viéndola con desconfianza.

—¿Y cómo sé yo que usted sí viene de parte del Gobierno?

—Pues… por lo mismo que le acabo de decir: porque no hay registro de mi ingreso, ni siquiera en las cámaras de seguridad. ¿Quién más tiene el poder de ordenar algo así?

Al reo le pareció que aquel argumento tenía sentido.

—¿Cuál es el mensaje que vino a darme?

—Muy sencillo, don Álvaro. El presidente Petro va a anunciar en las próximas horas su nueva política de extradición a los Estados Unidos. Todo narco que colabore con la justicia colombiana se queda en el país y recibe beneficios. Así de simple.

Córdoba hizo una mueca para contener su molestia.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Lorena apretó el ceño.

—Tiene todo que ver con usted. Le repito: narcotraficante que colabore…

—Yo no soy un narcotraficante —interrumpió él.

Lorena guardó silencio y meditó con cuidado sus próximas palabras.

—Es un dilema, por supuesto, pero las alternativas son muy claras: usted puede negociar en Colombia, con la certeza de que obtendrá una pena reducida en su propio país… o usted insiste en que es inocente, pero se enfrenta a la incertidumbre de un juicio en Estados Unidos. La decisión es completamente suya.

***

A la oficina de la Candidata llegó Felipe Tascón Recio, un caleño sesentón, de barbas blancas y barrigón, el mal llamado «zar antidrogas» del nuevo Gobierno; un hombre que, en realidad, no cree en la mentada «lucha contra las drogas», sino en la necesidad de luchar contra la prohibición de las drogas. Lleva décadas estudiando el tema y reafirmando ideas escandalosas que los más conservadores preferirían quemar como si se tratara de brujas. Piensa, por ejemplo, que el campo colombiano puede progresar, como nunca, de la mano del negocio de la cocaína debidamente regularizado. Habla sin aparente emoción del asunto, pero emplea palabras que sugieren algún grado de fascinación por la coca. Dice que el cultivo es tan productivo que permite de cuatro a seis cosechas al año. También argumenta que la cocaína, pese a todo lo que se han inventado para prohibirla, «tiene un mercado asegurado». Además, defiende que el procesamiento se hace en el campo, lo que permitiría dejar allí buena parte de las ganancias. En la práctica, considera que es una rentable agroindustria. Se necesita procesar media tonelada de hojas de coca para conseguir un kilo de pasta básica, lo que también es una ventaja, porque lo convierte en un producto fácil de transportar a cualquier destino del mundo.

—Felipe querido —saludó la Candidata desde su escritorio, revisando algo en el computador portátil—. Siéntate, por favor.

La mujer escaneó rápidamente la pinta de Tascón para reafirmar su idea de que aquel hombre no tenía aspecto de «zar» de nada. Parecía un Papá Noel de gafas grandes, en camino a tener más frente que pelo. La correa le sostenía la barriga y un saco inmundo lo protegía del frío bogotano. Había renunciado a los trajes y corbatas desde mucho antes de que se volviera una moda no usar traje ni corbata.

—Estoy armándole los «bullets» al presidente, para su reunión con los enviados de Biden —explicó la Candidata—. Obviamente recogí las ideas que tú mandaste. Están buenísimas, por cierto. Pero quería preguntarte sobre esto que pusiste… ¿Sí vale la pena anticiparles a los gringos que vamos a convocar esta… «conferencia latinoamericana»?

—Yo sí creo —contestó Tascón—. Es bueno notificarlos, para que vayan evaluando si quieren participar en la conversación o no. Esto se puede empezar sin los gringos, pero mejor si arrancamos la discusión con ellos, de una vez.

—Ok… —dijo la Candidata intrigada, escudriñando con curiosidad los ojos de Tascón—. Tú de verdad crees que esto es posible, ¿no?

—¿Qué? ¿Legalizar la droga?… Pues… nunca habíamos estado tan cerca. Mira el contexto: Colombia, Perú y Bolivia… los tres únicos países del mundo en donde se siembra coca, hoy gobernados por presidentes de izquierda. ¿Cuándo se habían alineado así los astros para proponer un debate diferente?

—Yo lo pienso y no lo creo: producir, legalmente, coca «made in» CAN… ese sí que es el verdadero sueño latinoamericano.

—Y a eso súmale los países de tránsito. En México está López Obrador; en Honduras, Xiomara Castro; y en Venezuela, Maduro. Todos con ganas de cambiar el enfoque.

—Y si gana Lula…

—No, pues ahí sí que podemos hacer moñona: producimos la coca aquí y se la vendemos legalmente a Brasil, el segundo mayor consumidor del mundo. Los gringos van a correr para no quedarse por fuera, ni de la conversación ni del negocio.

La Candidata resopló.

—Bueno, ¿y si no? ¿Si Estados Unidos decide no cambiar de política? Ellos han sido muy tercos con esto.

—Yo estoy convencido de que sí van a hacerlo —afirmó Tascón—. La pregunta es «¿cuándo?». Mira: hoy en día, la cocaína está permitida en Oregón. Es solo un estado, pero así empezó la marihuana y ya es legal en 35 estados. Va a pasar exactamente lo mismo con la coca. En todo caso, es una discusión de largo aliento. En el corto plazo lo que más les interesa a los gringos es que sigamos extraditando gente.

—Eso no va a ser un problema. El presidente ya tiene listas las primeras extradiciones.

—Ah, ¿sí?… ¿Alguna que sea… sensible?

La Candidata se puso seria.

—Si estás preguntando por el hermano de Piedad… nosotros le abrimos una puerta, pero… me acaban de informar que él no está dispuesto a cruzarla.

Tascón se dio por bien servido con la respuesta.

—¿Algo más en lo que pueda ayudar? —preguntó él.

—Ayudaría mucho que estuvieras en la reunión con los gringos.

—Sí, pero como no me han posesionado… —explicó Tascón poniéndose de pie—. Me dicen que ellos solo se reúnen con funcionarios oficiales. Igual, tampoco me trasnocha. Ya tendremos tiempo de vernos las caras.

La Candidata repasó de nuevo la pinta de Tascón. Pensó que la nueva y sensible política sobre drogas estaba en cabeza de un absoluto desconocido para la opinión pública.

—Yo creo que… la gente tiene que saber más de ti —planteó ella—. Sería bueno que se vaya conociendo mucho más sobre tu trayectoria, tu experiencia en estos temas…, tus «orígenes». Suelta una que otra pista, así sea en Twitter, para que después puedas decir que nunca te has escondido. No sé… habla un poco de Siloé.

El que sonrió ahora fue Tascón.

—¿Y qué quieres que cuente de Siloé?… ¿El trabajo comunitario que hice en la comuna o que allá tengo un pasado con el M-19?

***

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