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La furia del déspota

Lorenzo Madrigal

30 de abril de 2023 - 09:05 p. m.

La hora llegada, ¡mi madre! Enfurecido —quisiéramos saber con quién—, el presidente Gustavo Petro hizo borrón y cuenta nueva. Tamaña noticia para este dibujante que se ocupaba en pergeñar sus cuadros caricaturescos, cuando el computador, como quien dice su IA, le irrumpe con la noticia del derrumbe oficial.

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¡Jo! (léase ¡jolines!). Cae el ministro Prada, sale el súper José Antonio Ocampo, ¡por fin! la ministra Corcho, pero Cecilia (¿qué había hecho?), el de Transporte y sale ascendido a TIC el del Dapre. Sencillamente se vino abajo la estantería: todo al Gobierno le venía fracasando, las publicitadas y procesionadas reformas, la buena opinión, el espantoso costo de vida, la fuga de los negocios, la caída del turismo y la asustadora y permanente inseguridad. ¿Quién puede vivir de un puesto en la maldita calle, donde el delincuente sabe para llegarle con la consabida extorsión?

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Ahora sí, ¿para dónde vamos y de dónde venimos? Ocho meses perdidos para comenzar de nuevo con la incertidumbre, nombre de bolero que significó la llegada del nuevo Gobierno. Este presidente despótico, como lo calificaron en su alcaldía, propiamente no destituye, no echa a la gente, le nombra reemplazo. Así salieron Patricia Ariza y Alejandro Gaviria, eminentes ciudadanos, desairados.

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Pero cómo hacerle semejante trastada al economista don José Antonio Ocampo, respetable como el que más en el original entable ministerial. Su cara de hoy, antes sonreída, ya no es de buenos amigos. El Gobierno de entrada se apoyó en él, con él apaciguó los ánimos prevenidos, con él caminó, pero vio el porvenir electoral y tal vez con su verónica esposa advirtieron que un hombre de ese talante no incitaba a las masas, que nuevamente deberá agitar desde el siniestro balcón. La poderosa “Evita” olfateó las cosas en el Congreso y se ha dejado ver activa y beligerante. Puede uno pensar que ella esté detrás del súbito cambio ocurrido en la coalición de gobierno. Odios y resentimientos de tipo casero se mueven alrededor de los expresidentes, que si Gaviria se mostró inamistoso o si Santos defiende el sistema de salud que se quiere cambiar. Prada va con Santos y sale intempestivamente con él.

Todos cuantos esperaron atemperar al elegido presidente de la extrema izquierda, contra lo que otros presentían, se llevan ahora la sorpresa por su sobreviniente radicalización en trazas de volverse dictador a semejanza de sus homólogos y vecinos. La salida, “acompañada”, de Juan Guaidó del país, extrañado de Colombia, que a otros venezolanos acoge humanitariamente, es en binomio con el canciller Leyva, una demostración del despótico poder que ahora se destapa con la defenestración de sus colaboradores más sumisos. Y sobre todo con el desobligante reemplazo del respetable hacendista, a quien no fue posible someter.

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