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Putin se aburrió, luego de 22 años, de ejercer su dictadura en Rusia ante la indiferencia del mundo y ha decidido ir por el resto. La invasión a Ucrania, como la de Polonia en 1939, que inició la Segunda Guerra mundial, es un desafío a la civilización. Paradójicamente el gobierno invasor ocupa la presidencia del Consejo de Seguridad de la ONU, responsable de mantener la paz mundial, y otro de sus miembros, China —que no demora en ir por Taiwán—, hasta ahora tácitamente, le respalda, confirmando la obsolescencia de las instituciones creadas en la posguerra. Es una tacada a tres bandas, en cuanto amenaza desde dentro al mismo presidente Biden, quien, desde un país dividido, intenta liderar la respuesta de la democracia ante la ofensiva autoritaria.
Nadie debe llamarse a engaño: se trata de una guerra no solo contra Ucrania sino contra los principios de la democracia, de parte de un gobierno autoritario respaldado solo por otros de su misma condición. El argumento falaz según el cual en aras de su seguridad debe restablecer los límites de la extinta cortina de hierro, le llevará a más agresiones. Es el desconocimiento de cualquier regla construida desde la posguerra.
Dos hechos agravan y explican la magnitud del asunto: a diferencia de 1939, las partes tienen en su arsenal armas nucleares. Por otra parte, Putin conoce y navega como nadie en el escenario que él mismo ha propiciado. Pese a las anticipatorias denuncias de Biden, ha escogido el momento más conveniente para él. Tiene la iniciativa y un plan que comienza a ejecutar. “Putin eligió esta guerra” advirtió el presidente Biden, pero ello no constituye ninguna desventaja para Putin, sino todo lo contrario.
Sabe perfectamente que las más importantes democracias padecen una polarización que ha contribuido a construir. Recordemos la influencia probada de hackers rusos en las elecciones estadounidenses, el Brexit y las elecciones catalanas, para citar casos reconocidos. Se han alterado, en todos los países democráticos, los procesos de formación de la opinión utilizando herramientas precisas — le ofrecen lo que quiere a cada usuario alimentando sus odios y temores—, potentes y sofisticadas, que han configurado el mundo de la posverdad, el populismo y la polarización en el que ahora vivimos. Un mundo del que se puede adjudicar a Putin su velada paternidad. Una narrativa alternativa extendida por el mundo, que también llega a los medios en Colombia e intenta justificar sus actos.
En los mismos Estados Unidos, “lejos” de Ucrania, encontrará el presidente Biden, en esta confrontación, uno de los campos de batalla. El expresidente Trump, amigo de Putin y de sus maneras de practicar la política —los dos son PhD en autoritarismo, populismo y desinformación—, escrutará, criticará y aprovechará hasta donde le sea posible la actuación de Biden. Ya salió a decir que le parecía Putin un hombre inteligente, que estaba consiguiendo un país a cambio de unas sanciones. Recordemos ahora su renuencia a financiar y mantener la OTAN en su presidencia y los aportes rusos a sus campañas. Entre tanto, Putin, en Rusia, no tiene opositores: son liquidados o encarcelados como ocurre en Venezuela, Cuba y Nicaragua, con gobiernos que desde América nos “traerán” el conflicto, seguidos de cerca por el Brasil de Bolsonaro. ¿Cuántos días harán falta para amenazar con que se repita la crisis de los misiles que casi desata la guerra nuclear? Los regímenes autoritarios y populistas del vecindario aprovecharán la coyuntura para oxigenarse.
¿Cómo frenar a Vladimir Putin? Se preguntaba el editorial de El Espectador el pasado jueves. La respuesta formal posible se refiere a aislarlo económicamente, en el mundo y dentro de su propio país. Las sanciones económicas y legales de los países democráticos son costosas y llamarán la atención de los poderosos millonarios rusos que le respaldan, abriendo una fisura dentro del mismo régimen, pero sus efectos se sentirán apenas en el mediano plazo, y Putin tenía entre sus cálculos esa reacción. ¿Y mientras tanto? ¿Qué regla aplicará a quien no respeta ninguna? Ojalá las acciones de Biden y los países democráticos, más allá de los discursos, puedan anticiparlo, partiendo de reconocer que hasta ahora él juega con ventaja. Ojalá tengan otras cartas bajo la mesa y ojalá las utilicen sin advertencias inútiles. Con seguridad, Putin las tiene y las usará. “Cuando caiga el último soldado ucraniano irá por el resto”, nos han advertido con anticipación.
