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Hay experiencias musicales que conmueven profundamente, pero pocas alcanzan la intensidad de escuchar la novena sinfonía de Beethoven, que fue presentada en el Teatro Santo Domingo por la Sinfónica y el Coro Nacional, bajo la dirección del mexicano Carlos Miguel Prieto y con un lujoso cuarteto de solistas que incluyeron a Betty Garcés, Ana Mora, Andrés Sánchez-Juglar y Valeriano Lanchas. A pesar de las decenas de veces que he oído esta obra, ella aún tiene la virtud de conmover y de emocionar. Desde los primeros compases, cuando pareciera que la música nace de la nada, hasta el monumental acorde final, se trata de una aventura sonora que no tiene comparación ya que es una creación que contiene al universo entero.
Beethoven, ya completamente sordo cuando la compuso, fue capaz de imaginar una música que supera los límites de la condición humana, en especial cuando invita a todos los hombres a ser hermanos. Al final, cuando las voces entran con el Himno a la alegría de Schiller, es difícil no conmoverse. La paradoja aquí es la de un hombre que ya no podía escuchar al mundo, pero logró crear uno de los momentos sonoros más únicos de toda la música. La Novena no es solo una de las grandes obras de Beethoven, sino un acontecimiento espiritual sin comparación.
La versión que nos dio el director mexicano fue correcta de tiempos y de contrastes, y la participación de solistas y coro digna de elogiarse. Los solistas fueron colocados en la parte trasera del escenario, delante del coro y eso restó algo a la compenetración con lo que cantaban, pero no impidió que se tratara de una versión más que satisfactoria. Cada vez que escuchamos la sinfonía, vuelve a suceder un milagro.