5 Dec 2021 - 2:00 a. m.

¡Está todo carísimo!

¡Está todo carísimo! Seguro muchos de los lectores habrán dicho, oído o pensando en tiempos recientes esa frase. En el caso colombiano hay una distancia entre esa percepción y lo que las cifras muestran: en realidad lo que ha subido con vigor este año en Colombia son los alimentos: entre enero y octubre ese rubro ha crecido en más de 13%. Los precios de los alimentos juegan un rol importante en nuestro imaginario de cuánto ha subido “todo”. Si al hacer mercado notamos que la carne, el pan, el aceite o los huevos han subido significativamente, extrapolamos esa experiencia de compra a nuestro estimativo de lo que ha pasado con los precios agregados. Así concluimos que “está todo carísimo”.

Si calculamos la inflación de Colombia excluyendo el capítulo de alimentos, el aumento en los últimos doce meses es de solo 2.9%, dato marginalmente inferior a la meta de inflación del Banco de la República que es 3% para el agregado de los precios.

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Los sectores de la población pobres y vulnerables (como los define el Dane) destinan a alimentos una proporción mayor de sus ingresos que sectores de clase media o de ingresos altos. Por tanto, el incremento en los precios de los alimentos los golpea con más fuerza. En efecto eso ha ocurrido: la inflación en el último año de la canasta de los pobres ha subido 5.5% mientras que la de ingresos altos, menos concentrada en alimentos, ha aumentado 3.5%. En resumen: un grupo de bienes y servicios de la canasta familiar ha subido varios órdenes de magnitud más que el resto. Infortunadamente, ese grupo pesa más en la canasta de consumo de la población con menos recursos.

¿Qué hacer? Algunos proponen controlar los precios. Esa es una pésima idea, una de las semillas del desastre venezolano. Otros han planteado prohibir las exportaciones de alimentos: otra pésima idea que dejaría sin mercados externos, tan difíciles de abrir, a nuestros productores locales. Otros opinan que ese incremento debe reflejarse en ajustes generosos del salario mínimo. El problema con esa propuesta es que la mitad de los trabajadores colombianos no tiene un contrato laboral formal y sus ingresos son menores a un salario mínimo. Decretar un salario mínimo más alto no hace que los recursos fluyan a las porciones de la población más pobre y vulnerable. Otros sugieren que el Banco de la República suba sus tasas de interés. Eso lo ha venido haciendo, pero de ninguna manera bajará el precio relativo de los alimentos: en el mejor de los casos atenuará el crecimiento agregado del IPC.

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Quedan un par de opciones. La primera y más importante, la política social focalizada. La segunda, deshacer cuellos de botella que contribuyan a ese incremento en precios de los alimentos: por ej. si los insumos agrícolas o pecuarios tienen aranceles que los encarecen aun más, hay espacio para aliviar esa carga de inmediato.

Pero al final habrá realidades inescapables: si una libra de café en el mercado internacional cuesta el doble que hace un año, ni el Banco de la República ni el gobierno van a cambiar esa realidad y todos pagaremos más por ella. Y tras cada tinto recordaremos que ¡todo está carísimo!

Twitter: @mahofste

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