Miedo

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En un pueblo cundinamarqués, uno de esos muchos cuya economía depende de los visitantes bogotanos, ante la noticia sobre el fin de las restricciones a la movilidad intermunicipal, le pregunté al dueño de un almacén, sobreviviente a casi seis meses sin viajeros, cómo iban las cosas tras el fin de las prohibiciones.

—Está empezando a llegar gente, respondió.

Algo no cuadraba. Las palabras como las procesé en el primer segundo, parecían la constatación de una buena noticia. Pero el tono de la respuesta y el gesto que la acompañó no reflejaban eso. Había en su cara gestos que indicaban angustia, miedo, terror. Para el interpelado, la llegada de gente, de forasteros, era en realidad una mala noticia. Esa percepción no es exclusiva de una vereda cundinamarquesa. La misma fue descrita por Sunetra Gupta, epidemióloga de la Universidad de Oxford, hace unas pocas semanas en el Reino Unido: “La gente está aterrorizada. Aun con el relajamiento de las restricciones, el terror no se ha disipado”.

He perdido la cuenta de personas que conozco que llevan meses sin salir. No hablo de personas que tengan condiciones de salud que las hagan vulnerables al COVID-19: con ciertas comorbilidades es una ruleta rusa arriesgar un contagio. Hablo de jóvenes y de adultos sanos, de adolescentes, de niños que no han visitado un parque desde marzo pasado, que no han visto a nadie fuera de los miembros de su hogar, que no han pisado la calle en medio año.

El virus no ha mutado mucho, pero la pandemia sí: ahora es, ante todo, una de miedo. El otro, en una dolorosa pérdida de humanidad, se ha ido convirtiendo en una amenaza, un bacilo andante. No lo queremos ver en vivo y en directo, ciertamente no de cerca. ¿El desconocido? Ojalá no nos hable: vaya uno a saber qué hay detrás de esa máscara. ¿Los colegios? Una amenaza, un espacio fuera de nuestras paredes, fuente de inenarrables peligros llenos de esos forasteros que nos aterrorizan.

Es cierto que al comienzo de la pandemia sabíamos muy poco sobre esta. La precaución, la alarma, el susto parecían justificados. Nos corresponde ahora, sobre todo a las autoridades, trabajar para cambiar el imaginario de terror en el que nos enterramos y reemplazarlo por uno que se ajuste a las proporciones del problema. Un imaginario que permita volver a vivir en el sentido pleno de la palabra, poder ser amables con los otros, recuperar la empatía.

Y este no es solo un discurso sobre el sentido de la vida y lo que nos hace humanos. Desde el punto de vista económico, los planes de reactivación para tratar de aplanar la curva de pobreza y desempleo que nos ataca, los desastrosos problemas fiscales que se avecinan, no tendrán efectos significativos sembrados en un terreno de terror.

Debemos, como sociedad, lograr una coherencia entre las palabras de un dueño de almacén que dice “está llegando gente” y sus facciones. Si estas son de terror, algo está fallando en nuestra esencia humana. Y así no habrá freno a la espiral de pobreza y desempleo.

@mahofste

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