Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Pronto llegaremos a la terrible realidad de 100.000 colombianos muertos en un año de pandemia. Dos de cada mil colombianos han muerto a causa de este virus y de imperdonables errores de autoridades, ciudadanos y líderes.
La situación ha sido realmente dramática durante la pandemia para Colombia. El país siempre ha estado en la lista de aquellos con más muertes diarias desde el primer y segundo pico, y ni se diga en lo que va del tercero, que cada día rompe un récord y se hace eterno. Hoy los muertos llegan a casi 600 diarios —sin que se sepa cuál será el techo—, lo que significa que cada dos minutos muere un colombiano.
Desde el inicio de esta pandemia he suplicado y apoyado las medidas de aislamiento tan necesarias para ganar tiempo en el aumento de camas UCI, de masificación de exámenes y, obviamente, para procurar la vacunación del grueso de la población. Es verdad que algunas cosas se han hecho, pero también lo es que no con la agilidad que las angustiosas circunstancias lo demandaban, por ejemplo, en materia de vacunación en donde los resultados han sido francamente tibios. Fotos, shows y secretismo, pero bajo porcentaje de población inmunizada.
Lo que llama poderosamente la atención ha sido la incongruencia. Basta recordar que, cuando toda Colombia estaba aislada, se decretó un día sin IVA para compras presenciales y la gente se volcó como loca a la calle, echando por la borda gran parte del esfuerzo social. Después, se expidió el tristemente célebre decreto que permitía la movilidad para 43 excepciones, entre ellas, la de todo aquel que ejerciera una actividad, profesión u oficio. Con ello salieron a la calle todos los que lo ejercían y los que no, pues estos últimos constituyen el rebusque, la informalidad y el desempleo, a quienes las ayudas económicas nunca llegaron o lo hicieron en cuantías irrisorias. Después, todo tipo de vacaciones fueron un grito de movilidad sin importar la evidencia epidemiológica, pues reactivar la economía, para muchos insensatos, está por encima de salvar vidas, pues como diría Maquiavelo, “los hombres olvidan más fácilmente la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”.
Las incongruencias no paran. Todo lo que se hace mal puede hacerse peor. Y es verdad, a este panorama de muerte y contradicciones en el manejo de la pandemia le faltaban más perlas de insensatez. Cuando el paro nacional apenas arrancaba, escribí una columna titulada “Covidiotas suicidas”, oponiéndome a la reforma tributaria y, al mismo tiempo, oponiéndome al paro nacional por su alta dosis de inoportunidad, pero jamás por el hecho de que no existiesen razones para protestar, pues ellas son tozudas e innegables.
Criminal insensatez la del gobierno al presentar semejante adefesio de reforma para torear a un pueblo que se muere de hambre en medio de la pandemia, y criminal insensatez la de la gente y los dirigentes que han promovido un paro multitudinario y eterno, creando un megapico dentro del tercer pico que, reitero, hoy deja un muerto cada dos minutos.
Y aquí lo más inexplicable. En pleno megapico dentro del tercer pico, con 600 muertos diarios, con UCI repletas, médicos extenuados haciendo las veces de Dios en el “triage ético”, escasez de medicamentos y oxígeno, un porcentaje bajo de la población inmunizada y la muerte presente o merodeando en cada hogar, el gobierno Duque, incoherente como ninguno otro, pide a todos restablecer la cotidianeidad como si esto ya hubiese terminado. Tira la toalla y deja a cada colombiano a su propia suerte, como si ignorar el COVID lo hiciera desaparecer.
Duque, quien durante un año creyó que gobernar en la pandemia era jugar a ser presentador de tv, quiere ahora manejar la pandemia contra toda evidencia científica, y alargar este tercer pico aún más, ya no con huelguistas en la calle sino con todo el mundo en su “vida normal”.
No lo entiendo, como tampoco supero el dolor que me ha causado la muerte de tantos amigos, conocidos y compatriotas durante esta pandemia, a quienes dedico estas reflexiones, pues de haber hecho las cosas bien como país, muchos de ellos aún estuviesen vivos. Nos quedan, eso sí, por ahora, cien mil eternos recuerdos.
