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En mi anterior columna, “Sin espacio para otro error”, escribí, sin tapujo alguno, que nos había tocado —refiriéndome a Duque, a las protestas y al COVID-19— “un mal presidente en un mal momento”, aunque insistí en que “todo el país y por el bien del país” debía “ayudarle a superar la crisis”. Con no menos énfasis le supliqué al presidente que debía dejar “la vanidad y la terquedad” como requisito indispensable para encontrar una solución concertada hacia la construcción de una mejor sociedad a partir del diálogo, la solidaridad y la inclusión.
Una semana después me encuentro con una peor realidad: no se trata de un mal presidente sino de un pésimo líder. No oye, solo habla (bla, bla, bla); no atiende consejos; no tiene tacto político; no entiende lo que es prioritario; no advierte que a veces hay que reunirse primero con unos y después, mucho después, con otros; no sale de su inexperto círculo cercano; no va a gobernar desde Cali, así todos se lo imploren; no sale de Palacio; deja vistos con “chulos azules” a expresidentes que pueden ayudarle a construir una salida a esta crisis; en fin, el horror. Así es muy difícil gobernar, imposible.
Mientras eso pasa, los manifestantes —en su mayoría, gente de paz que ejerce el sagrado derecho a la protesta— ven entorpecidas sus marchas por el actuar guerrerista de uno que otro desadaptado al servicio de fuerzas oscuras que quieren acabar con lo que encuentran a su paso, políticos de derecha o de izquierda que pescan en río revuelto, gente que se atrinchera en improvisadas autodefensas y fuerzas de seguridad del Estado algunas veces desbordadas y bajo órdenes incomprensibles en un Estado de derecho. Se ve de todo.
Muchos se equivocan alimentando el odio y la violencia. Somos expertos en matarnos entre nosotros, lo hemos hecho por décadas y deberíamos tener por aprendido que de eso nada, pero nada, sale bien. Uribe, o mejor dicho Duque —al fin y al cabo son lo mismo, aunque más sanguinario uno y más torpe el otro— se equivoca invitando de forma directa o indirecta a la gente a armarse y salir a enfrentarse a la calle con otros ciudadanos, como si estos problemas se arreglaran a bala. Aquí nadie va a salir corriendo. El que corre el lunes vuelve el martes por su venganza.
El país debe exigirle a Duque que, en lo faltante de su lánguido mandato —con el que ya nadie está a gusto, en eso sí hay unanimidad—, conforme un Gobierno de unidad nacional con una agenda que comprenda la solución a los grandes problemas que azotan a la inmensa mayoría de los colombianos: la corrupción, el desempleo, la falta de acceso a educación de calidad, la politización de la justicia, la concentración del poder en el presidente, el desarrollo agrario sin equidad, el desarrollo empresarial con privilegios y proteccionismos que terminan pagando las personas de menores ingresos, entre otros.
Hay muchas cosas por hablar, pero más por cambiar y arreglar. Eso lo sabe hasta Duque. Sin embargo, debemos entender que el presidente necesita ayuda; esto le quedó grande. Tan inexperto como propenso a no dejarse ayudar, debe cambiar en extremo no solo su imagen sino sus actitudes, pues no es posible que todo el mundo le tenga que decir, a toda hora, lo que le va a pasar, sin que él atine con reaccionar a tiempo. Llega tarde a todo.
Nos tocó un presidente de mecha lenta, al que este polvorín le ha venido consumiendo su poca capacidad de gobernar, con el peligro de que le explote en las manos, pues la mecha ya está corta, muy corta. Duque, déjese ayudar y desactive esta bomba social; si explota, lo que pase será de su exclusiva responsabilidad. Uribe quiso que usted fuera presidente, pero será el primero que querrá que deje de serlo; es de su esencia saltar de primero.
Le repito, presidente, así sea por instinto de supervivencia política, forme un Gobierno de unidad nacional y tenga una agenda de futuro que vaya más allá de lo urgente que es desactivar este paro en el que estamos por cuenta de su terquedad. Pellízquese.
