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Notas de buhardilla

La risa, remedio infalible

Ramiro Bejarano Guzmán

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Las libertades de expresión y opinión son tan incómodas que se vuelve moda atacarlas y, para algunos, se torna obligatorio reprimirlas.

Eso es lo que ha dejado la grotesca sesión en el Senado, en la que volvieron noticia a un caricaturista de Pereira solo porque, legítimamente, se atrevió a hacer una caricatura sobre la primera dama, cuyo tema, más que ella, era el confuso asunto de los recursos que recibió para una fundación creada por ella luego de elegido su marido, en la cual están depositados cerca de 54 mil millones de pesos que donantes gobiernistas enviaron pensando más en seguir cerca del gobierno que en ayudar a los damnificados.

Grotesco unos senadores agarrados por despojar al caricaturista de su cartulina, parecían borrachos disputándose la caricatura, como una piñata. Los abelardistas fustigaron al caricaturista recordando su accidentado episodio de los violentos tratos a su cónyuge, por cuenta de los cuales fue excluido de un prestigioso diario, y cayó en desgracia. Matador claro que ofendió al país y a su oficio cuando se vio envuelto en ese infame suceso de agredir a su compañera, que nunca cuestionaron los políticos que no lo dejaron hablar esta vez. A eso se agregó su otra equivocación mortal de su petrismo.

No supimos qué iba a decir Matador que, en cualquier caso, iba a pasar desapercibido. Había más sustancia en su caricatura, en la que con razón reclamaba los recursos recaudados por la primera dama. Hablando con pereiranos, no hay uno que aprecie a Matador, pero tampoco lo hay que no haya estado de acuerdo con que hizo bien en denunciar la tragedia de una ciudad llena de carpas, edificios derrumbados o amenazando ruina, y gentes con hambre. Por eso allá chiflaron al presidente en una de sus visitas inútiles, como las que hace a las ciudades a las que llega con escoltas, alborota, paraliza la movilidad, ordena demoliciones programadas con alcaldes genuflexos y timoratos, como Alejandro Eder, y se va sin resolver nada ni siquiera la inseguridad.

Nadie sensato puede estar de acuerdo con las equivocaciones pasadas personales y familiares de Matador, eso hay que decirlo, para que los bodegueros del régimen y petristas no tergiversen estas líneas; empero, si en el Senado querían silenciarlo consiguieron lo contrario, porque la censura, paradójicamente, hace evidente lo que se esconde. Cuando el estatuto de seguridad de Turbay Ayala y su ministro Camacho Leyva, el maestro Osuna –entonces más famoso por su humor que por su laureanismo incurable– publicó una caricatura en la que a Camacho Leyva le preguntaban si él creía que habría golpe de Estado, y este respondía “No creo que Turbay se atreva”.

La resistencia se inicia con la risa, evidencia el miedo, la solemnidad y la obediencia, las cuales se derrumban con un dibujo políticamente inofensivo. Una caricatura desmonta el culto a la personalidad, comprime una denuncia, enfrenta el miedo, es testimonio histórico y pone a prueba la tolerancia del régimen. Un tirano caricaturizado se le despoja del respeto que la fuerza de sus armas y esbirros jamás podrán garantizarle. El sátrapa podrá obligar a que lo obedezcan, pero lo que no podrá evitar es que dejen de encontrarlo ridículo.

En Colombia, es abundante lo que ha significado la caricatura. Son muchos los nombres desde la independencia, y luego durante la vida republicana: Alfredo Greñas, el dibujante contra la Regeneración; Ricardo Rendón, que hizo de la caricatura contundentes editoriales políticos; Chapete y Merino, los irreverentes que mortificaron a Rojas Pinilla, y los numerosos caricaturistas de hoy, todos magníficos pero imposible de citarlos a todos.

Les convendría a esos congresistas abelardistas aproximarse a los tres tomos de Beatriz González sobre Historia de la Caricatura en Colombia, para que asimilaran porqué Gabo se burlaba de los gringos por quitarle la visa pero no prohibir sus libros, que eran los subversivos. El mensaje que quedó claro es que en este gobierno está proscrita la caricatura.

Adenda No 1. Ojalá las encuestas de los primeros 100 días, en vez de hacer gobiernismo, indaguen sobre los que prometieron no subir impuestos, que con la ley de rescate se incrementarán para los pobres.

Adenda No 2. Insólito que el ministro de Agricultura, ante el debate contundente del senador Duvalier Sánchez, que lo dejó en la “inmunda” –como le gusta expresarse al vicepresidente–, respondiera acusándolo de bandido, sin pruebas. Los pájaros tirándoles a las escopetas.

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