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Son variados los ejercicios de la violencia. Se mueven entre descuartizamientos, cortes de franela, disparos desde las sombras, machetazos, intimidaciones y censuras. Se emplean para su efecto destructor no solo armas, sino, de modo más letal quizá, prácticas del miedo y de aquello que aconseja —como freno de cualquier resistencia— que es mejor “comer callado”.
En un taller literario en Medellín propuse que, para este semestre, cuando ya se estaban agitando y reviviendo antiguas consignas de peligro, como “¡viva Cristo rey!”, la lectura y análisis de cuentos sobre la violencia en Colombia. Son múltiples y de disímiles autores. Escogimos, entre otros, escritores como García Márquez, Álvarez Gardeazabal, Elisa Mújica, Zapata Olivella y Andrés Caicedo.
Dentro de los contextos históricos de estos relatos, en los que también se tuvieron en cuenta autores como Zalamea Borda, Daniel Caicedo (Viento seco), Mejía Vallejo, Cepeda Samudio, Alba Lucía Ángel, se ha venido conversando en torno a otros dispositivos impuestos por la violencia y sus diseñadores. La censura, en especial de obras de arte, es una de las más ruines expresiones para intimidar, evitar que el pueblo pueda “contagiarse” de otros ánimos menos pasivos y disponer, como si los oprimidos fueran solo un rebaño, de los alcances del miedo.
El miedo, como se sabe, paraliza y disuade. Tantas maniobras de taponamiento de obras artísticas (pintura, literatura, teatro…) conducen a que las víctimas y objetivos de las violencias en todas sus manifestaciones bajen la guardia. Pasó, por ejemplo, con las veladuras realizadas a murales de Pedro Nel Gómez e Ignacio Gómez Jaramillo, y con las pinturas de Débora Arango. Además de la vulgaridad y brutalidad de los censores, se quería dar una advertencia, no tan sutil, a quienes tuvieran la intención de alzar la voz.
A propósito, el grito de “¡viva Cristo rey!” se desató en México, en la revolución cristera, cuando se declaró al país como un Estado laico. Ecos de esa “revolución” retrógrada se pueden sentir en la novela El poder y la gloria, de Graham Greene. Después, el gritico se extendió por España, en la garganta del dictador Franco y sus correligionarios. En Colombia, en los días aciagos de la Violencia liberal-conservadora, el berrido con esa frase lo soltaba la policía chulavita, de asesinos sin compasión, mientras iban matando liberales.
La literatura y el arte en general también son parte de la memoria de los pueblos. Y, a su vez, una bella constancia (por terrible que sea lo que describe y narra) de tiempos de desangre y tenebrosidades, de constancia del despotismo y sus secuelas. En un cuento como El atravesado, de Andrés Caicedo, además de las patotas peleadoras, como la encabezada por Édgar Piedrahíta, aparece la masacre de estudiantes del 26 de febrero de 1971 (iniciación de un colosal movimiento estudiantil en Colombia), cuando había un “presidente joven” (Misael Pastrana) y también un mineducación joven (Luis Carlos Galán).
Con las más recientes acciones del gobierno abelardista, el mismo que adoptó el grito terrorífico de “¡viva Cristo rey! (que ya va en ¡IVA Cristo rey!, como sonoro cuestionamiento popular contra la reforma tributaria), se ha visto cómo dos fundamentos de la civilización, como la educación y la cultura, son utilizados para borrar historias, censurar, discriminar y mostrar solo una faceta del mundo: la de los opresores.
Por estos días, la artista Doris Salcedo recordó el concepto de “pesimismo activo”, de Walter Benjamin. A diferencia del “pesimismo pasivo o nihilista”, que conduce a la resignación y la pasividad, la versión de Benjamin es “una fuerza revolucionaria y movilizadora”, que exige actuar con urgencia en el presente. Que se opone a las censuras y maniobras despóticas. Que es capaz de luchar contra el miedo y otras oscuridades, mediante el pensamiento y la creación.
La literatura, las artes plásticas, el teatro, en fin, son, además de disciplinas para el goce, la contemplación y otras emociones, vehículos excelsos para que “la memoria no se olvide”, para reavivar antiguas conquistas humanas, como las libertades de pensamiento, de expresión y de resistencia ante la ignominia.
En un cuento como Un día de estos, de García Márquez, hay una puesta en escena de dos fuerzas: la del ciudadano oprimido y la del autoritarismo estatal, entre la dignidad y los abusos del poder. En los Cuentos del parque Boyacá, de Gardeazabal, hay una presencia del arrasamiento de pueblos, como Ceilán, y memoria de mujeres (viudas de la violencia) como Ana Joaquina Torrentes.
La literatura y las demás artes son esenciales para dar cuenta del duelo, de las pérdidas y de la memoria de la infamia. Y, en vista de su especial condición, también son víctimas del oscurantismo, de las políticas arbitrarias y represoras de regímenes antidemocráticos. Un gobierno que propugna por establecer censuras, por imponer solo una mirada del mundo, no es más que un repugnante negador del conocimiento y que, como los “pájaros” de la Violencia, dispara a mansalva.