Tiene ocho años y debe tener muchos sueños y seguramente estudia, juega, tiene amigos. Tal vez le gusta el fútbol, será hincha de algún equipo, debe tener algún juguete favorito o tal vez un libro, un balón... Un niño como miles que no tendría por qué enfrentar lo que hoy enfrenta: una vida rota sin papá ni mamá. Una vida que le ha cambiado para siempre. Es el hijo de Erikha Aponte y Christian Rincón, el hijo de la víctima y del victimario. El niño huérfano que deja un feminicidio convertido en realidad a pesar de que Erikha denunció la violencia. El Estado siguió unos protocolos, hizo la tarea prevista, intentó protegerla, pero las rutas creadas no alcanzaron para cuidarla. Ni a ella ni a su hijo.
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Erikha es una víctima más de feminicidio y por cuenta de ese crimen se convirtió en una madre muerta, ausente. Christian, convertido en asesino, le arrebató a su hijo a su madre y a su padre y lo sumió en un futuro incierto con el estigma de ser hijo de un criminal y de la víctima de un hecho atroz. Las secuelas se quedan para toda la vida.
Poco hemos entendido lo que significa ser el huérfano de un feminicidio. En algunos casos, como en este, el niño pierde a los dos padres al tiempo porque no pocos feminicidios van acompañados del suicidio del criminal. En otros casos, cuando la justicia actúa, el niño o los niños pierden a su madre y también al padre que va a la cárcel a pagar por su delito. A veces el asesino huye y también el niño queda huérfano por partida doble. En cualquier caso, el niño pierde. En los feminicidios los niños siempre pierden.
Según informó la alcaldesa Claudia López “El Defensor del ICBF acudió a proteger al hijo de ocho años de Erikha y decidió dejar la custodia en cabeza de sus abuelos paternos con quienes vivía y tiene un vínculo afectivo estable”. La familia de Erikha, dijo la alcaldesa, estuvo de acuerdo con la decisión y debemos confiar en que el Estado no lo abandone y le haga seguimiento para que este niño tenga los cuidados y el apoyo psicosocial que debe tener para mitigar, al menos en parte, la tragedia.
Todos los niños víctimas de violencia –y en Colombia, tristemente, son miles– deben ser atendidos y acompañados porque la violencia golpea, deja secuelas e impacta el alma. En el caso particular de los hijos de los feminicidios hay un ingrediente adicional porque al niño se le mueven las bases de su cuidado y su confianza. Cuando pierde a quienes lo deben proteger y uno de ellos es quien hace el daño, el niño pierde referentes. Se le quiebra el mundo. Algunos desarrollan culpas por no haber protegido a la madre o creen que algo en ellos desató el hecho. Los expertos dicen que el estrés postraumático puede desencadenar ansiedad, depresión y todo tipo de secuelas emocionales que deben ser atendidas de manera temprana para mitigarlas.
En un completo reporte publicado hace unas semanas por El Espectador titulado La deuda de Colombia con los huérfanos por feminicidios, se entiende con mayor claridad lo que pasa con estos niños y niñas que aún no acaban de ser visibles como víctimas que requieren un apoyo especial. Relatan en este artículo la historia de Juliana, la hija de Rosa Elvira Cely quien, un año después del delito, se enteró de lo que había pasado con su madre. Lo supo en el colegio y sufrió el impacto de esa verdad. Este caso, que se convirtió en símbolo de violencia de género e inspiró una ley, no llevó a la sociedad a pensar en la hija de la víctima. Ojalá se pueda reparar el daño que no se pudo evitar para Erikha, poniendo sobre la mesa este debate pendiente. Que este niño de 8 años nos lleve a pensar en todos los hijos de los feminicidios, víctimas olvidadas a quienes debemos respuestas, atención y reparación para evitar que el daño sufrido se multiplique.