Como la melena de Boris

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No es raro que haya personajes que cambian de opinión, dan volteretas y obran de manera alrevesada en el tinglado nacional de la tragicomedia política; de hecho, eso es parte de un espectáculo para todos los gustos. Otra cosa es cuando trasladan sus extravagancias a las relaciones internacionales, como si actores ajenos tuvieran la obligación de seguir el paso alborotado de sus cambios de ritmo.

En medio de la indisciplina internacional de nuestra época figuran extravagancias en el comportamiento de líderes guiados por ilusiones anacrónicas sobre sus verdaderos poderes y la significación de los estados que representan. Así, de manera desordenada, y con slogans populistas, se manifiestan con amenazas o decisiones de no cumplir con obligaciones adquiridas.

El Primer Ministro británico, Boris Johnson, que había dicho que el acuerdo de una nueva relación comercial con la Unión Europea, después del Brexit, era plato listo para meter al microondas, que el chance de no acuerdo era de uno en un millón, y que no obtener un buen arreglo sería una muestra lamentable de falta de estadistas, resultó ahora planteando la posibilidad de que tal acuerdo no exista.

Para justificar su admonición reclamó que los países de la Unión Europea no han sido capaces de ceder lo suficiente para conseguir un arreglo que satisfaga los intereses británicos. Así que, para el final de este año terminaría de manera abrupta una transición que no lleva a un resultado claro ni pactado. El temido e incierto Brexit duro.

Dentro y fuera de las fronteras británicas se pregunta si la actitud del primer ministro obedece a una estrategia o al reconocimiento de un destino fatal. En cualquiera de los casos no parece ser, para nadie, la perspectiva más provechosa. Tanto una estrategia de jugador que empuja y amenaza a sus amigos hasta que consiga exactamente lo que quiere, como el actuar apresurado que precipite una ruptura, podrían conducir a un aislamiento inconveniente para un país que no se puede dar los lujos de la potencia que fue hace dos siglos.

Cuando al principio de su mandato Johnson resolvió cerrar, así hubiese sido temporalmente, el parlamento más prestigioso y simbólico del mundo, sentó un precedente de falta de consideración por la institucionalidad que, trasladado a las relaciones con otros estados, representa al menos un estilo desordenado que puede conducir a quebrantos del derecho internacional, con las consecuencias que ello puede traer tanto para su país como para sus socios.

Mal podría el Reino Unido salirse de la Unión y pretender que las cosas, “sin el aviso”, sigan como si nada hubiera pasado. Entre otras cosas porque rompe un principio elemental de cualquier negociación, que consiste en que todos tienen que ganar algo, como también tienen que ceder, pues sólo negociantes incipientes, dictadores, o payasos, pueden pretender que ellos ganen, de puros astutos, y los demás se queden callados y se resignen a permitirse el lujo degradante de ceder hasta donde les pidan.

Los cálculos de una separación abrupta entre la Gran Bretaña y la Unión Europea dan por todos lados, y en todas las dimensiones, resultados negativos. Pero, además, se convierten en un factor preocupante de desunión al interior del Reino Unido, más dividido que nunca en época reciente, con el riesgo adicional de que avance el discurso ya existente, en algunos sectores, a favor de la disolución de algunos de los pactos históricos que mantienen a Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte formando un conjunto.

Quienes exploran al interior del gobierno británico encuentran que, a pesar de contar con un servicio exterior de elevada categoría, el gabinete de Boris Johnson ha sido criticado por no estar integrado, como era costumbre, salvo la excepción de Michael Gove, por figuras con experiencia de alto gobierno y peso político propio, capaces de contradecir al primer ministro que sea. Fórmula espléndida para producir decisiones sopesadas y exitosas. En cambio, casi todos parecerían observadores obsecuentes, felices de estar en un gobierno de gabinete que en realidad el jefe maneja a su acomodo.

Conforme al estilo despeinado del carismático Boris Johnson, parecería que en el Reino Unido se está viviendo la experiencia del impulso de procesos de relaciones exteriores que se tramitan con la mirada puesta en la galería interna. Para lucirse ante electores entusiastas a quienes se maneja con los elementos típicos de una cartilla no escrita, cargada de frases que suenan bonito, montaje de problemas que luego se solucionan con alarde, y todo tipo de maniobras para mantener a la opinión en estado permanente de alerta, lista para ser movilizada, y cosechar los votos de la gente entretenida con el espectáculo.

El problema es que por ese comportamiento se paga siempre un precio que comienza por la pérdida de prestigio y confianza de parte de los socios exteriores, ante los cuales el incumplimiento de las obligaciones adquiridas resulta particularmente oneroso, en dinero y también en valores intangibles. Con el agregado, preocupante, de que un país de comportamientos erráticos provoca reacciones adversas de quienes, por su parte, tienen la obligación de defender sus propios intereses. Consideración hecha muy clara por el Presidente Macron, de Francia, quien dijo que la tarea de los gobernantes de Europa mal puede ser la de hacer feliz al del Reino Unido.

En lugar de armar ese desorden, tal vez Boris, y por supuesto sus vecinos del otro lado del Canal, “condenados” todos por la geografía y la historia a vivir dentro de una dinámica que trasciende todos los gobiernos, y los sistemas monetarios, deberían llegar a un acuerdo de esos en los que, con realismo, todos ganan. Ante las miradas desde otros continentes, donde algunos siguen a Europa como contenedor de democracias maduras, capaces de integrar esfuerzos. En lugar de caer en la trampa de imitar a los Estados Unidos, que pasan por la prueba de sobrevivir a un intento, también desordenado, de desconfiguración, con lógica de mandones y negociantes de los que creen que siempre y en todo hay que ganar, así sea a costa de los demás, y a la brava.

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