Antes de cada partido que jugó la selección de Colombia masculina de fútbol en la fase de grupos de la Copa del Mundo 2026 hay un momento que calienta el pecho. Cuando se entona el himno nacional, las imágenes de las cámaras de televisión muestran a los jugadores cantarlo con todas sus fuerzas. A veces con los ojos cerrados y en otras con lágrimas en los ojos. Alrededor de ellos, decenas de miles de compatriotas, esa diáspora que en México y Estados Unidos tiene a dos de los países más receptores de nuestra migración, hacen lo propio. Es conmovedor por la pasión que nos dejan ver. Se trata de una pasión que nos recuerda que todos somos parte de un proyecto común, que a pesar de nuestras diferencias todavía hay momentos en los que nos podemos encontrar en un objetivo compartido.
Teníamos pendiente hablar de la selección de Colombia. El afán de la elección presidencial no nos dejó espacio para hacerlo antes del comienzo del Mundial. De hecho, terminamos hablando de su camiseta, politizada por una campaña y luego objeto de controversia por decisiones judiciales abusivas. En aquel momento nos lamentábamos porque uno de los pocos símbolos compartidos en una Colombia fragmentada era ahora sinónimo de la división, de las dos posturas que se enfrentaron en las urnas y que solo se sacaron unos cuantos cientos de miles de votos de diferencia. Con esa coyuntura ya terminada, el partido entre Colombia y Portugal nos empezó a recordar que la selección, tanto la femenina que clasificó para el próximo Mundial como la masculina, es una excusa muy poderosa para el encuentro. Como debe ser.
También quisimos escribir sobre la selección antes de que empiece la ronda eliminatoria, porque hay una oportunidad de empezar diálogos en los momentos de encuentro que se avecinan. No sabemos qué tan lejos llegue la aventura mundialista (aunque somos optimistas), pero desde el próximo partido, con Ghana, nos encontramos en una cita con la historia. Y de qué manera. Este equipo, liderado por un Néstor Lorenzo prudente, metódico y humilde, no parecería, en el papel, tener justificación para tan buenos resultados. Lo hemos escuchado todo: que somos de las selecciones más veteranas en el promedio de edad de sus jugadores, que nuestros referentes están lejos de su mejor versión, que la falta de un equipo cohesionado en el proceso eliminatorio es una barrera y que los delanteros parecen dejarse intimidar por la responsabilidad de anotar en partidos decisivos. Sin embargo, lo que vimos en la fase de grupos es una lección de cómo incluso las debilidades pueden utilizarse como herramientas positivas si hay un objetivo claro y la determinación de trabajar en equipo.
El desempeño de la selección fue una mezcla del poder del apoyo de la gente que fue a apoyarla y la determinación de este grupo de jugadores y técnico. Como lo escribió Fernando Camilo Garzón, periodista de El Espectador enviado a cubrir el Mundial: “La selección fue local en todas las canchas. Como pasó en Ciudad de México y Guadalajara, la tricolor jugó con el estadio vestido de amarillo, con la gente alentando y cantando el himno con la voz quebrada, como si en la tribuna hubiera millones de personas. Con ese impulso, ¿cómo no iba a jugar bien Colombia?”. ¿Cómo no juega bien Colombia cuando hay acuerdos y se trabaja como equipo por el bien de todos? Una pregunta que la selección, una vez más, le plantea al país entero.
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