
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Mientras escribimos estas líneas, los misiles siguen volando en los cielos del Medio Oriente, los aviones siguen soltando bombas, los rescatistas siguen contando los cadáveres y el mundo entero aguanta la respiración. El sábado en la madrugada de Colombia, Israel y Estados Unidos iniciaron un ataque contundente, cruel y, por supuesto, ilegal en términos del derecho internacional contra Irán. Dijeron que se trataba de un acto “preventivo”, y en el proceso asesinaron a por lo menos 48 miembros de alto nivel del Gobierno de la República Islámica. Donald Trump, presidente estadounidense, celebra un supuesto cambio de régimen, mientras que el nuevo liderazgo iraní promete venganza y más muerte. En medio, como siempre, el sufrimiento humano se ahoga entre el humo, el fuego y los gritos.
Amarrado por su poca popularidad interna, Donald Trump está dedicado a utilizar la fortaleza militar de los Estados Unidos para hacer lo que se le antoje en el escenario internacional. A pesar de que hizo campaña bajo la premisa de que acabaría con los conflictos externos, se le ve muy cómodo presentándose como el salvador de territorios oprimidos. A pesar de estar en medio de negociaciones con la República Islámica, el sábado decidió hacerle caso a Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, quien insistió durante décadas en la necesidad de declararle la guerra a Irán. La respuesta de la comunidad internacional ha sido una mezcla de frustración diplomática con impotencia en la práctica. Nadie está dispuesto a enfrentarse al poderío militar de Israel y los Estados Unidos; por lo tanto, el mayor rechazo que se escucha es un lamento por la soberanía y el derecho internacional.
Por supuesto, encontrar un relato para explicar lo que ocurre en Irán no es sencillo. Sí, Estados Unidos está violando las normas internacionales y Trump demuestra que considera que los países pueden “arreglarse” con intervenciones militares, algo que la historia ha contradicho una y otra vez. Sin embargo, tampoco pueden ignorarse las muestras de felicidad de tantos iraníes en el exilio que han celebrado la muerte de figuras que durante años han dirigido una tiranía religiosa que se ha caracterizado por su crueldad. En entrevista con Al Jazeera, Mahmoud Moradkhani, sobrino del líder supremo Alí Jamenei —que murió en los ataques— y crítico de su teocracia, dijo: “como la mayoría de los iraníes, estoy feliz. Estoy feliz por la muerte de Jamenei. Este es un paso adelante, una esperanza”.
El rechazo a la teocracia opresora es comprensible. Hace apenas unas semanas, el mundo empezó a conocer la represión violenta de las protestas que ocurrieron a finales del 2025 e inicios de este año. El régimen bloqueó internet e hizo un trabajo arduo por evitar que se conociera la verdad, pero reportes de los hospitales dan cuenta de por lo menos 30.000 víctimas de disparos por parte de las fuerzas oficiales. El mismo vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán, Esmaeil Baghayi, reconoció públicamente que el Gobierno disparó contra los manifestantes, a los que tildó de vándalos. En los 36 años de mandato de Jamenei, la historia de Irán se llenó de masacres, silenciamiento y persecución de quienes no estuvieran de acuerdo con su tipo de gobierno.
Ahora, la guerra no ha terminado. El régimen iraní está en proceso de elegir un nuevo líder supremo, mientras que Israel y Estados Unidos prometen que los bombardeos seguirán. Donald Trump le dijo a los iraníes que es momento de retomar el poder, pero eso no es tan sencillo ni parece haber un mecanismo para un genuino cambio de régimen. Además, el sufrimiento engendra resentimiento. Una escuela bombardeada en Minab (Irán) ha dejado un número todavía por confirmar de niñas muertas. “Esas cosas a menudo pasan en la guerra”, dijo Trump, refiriéndose a la posible muerte de soldados estadounidenses. Sí, la guerra es destrucción y muerte. ¿Todo para qué, exactamente?
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com
Nota del director. Necesitamos lectores como usted para seguir haciendo un periodismo independiente y de calidad. Considere adquirir una suscripción digital y apostémosle al poder de la palabra.