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6 Sep 2022 - 5:00 a. m.

Ecos del 6 de septiembre de 1952 que aún se escuchan hoy

Las violencias en Colombia han sido cíclicas. Tenemos que ser capaces de romper con las divisiones que nos han marcado durante tanto tiempo.
Las violencias en Colombia han sido cíclicas. Tenemos que ser capaces de romper con las divisiones que nos han marcado durante tanto tiempo.
Foto: Ilustración de Éder Rodríguez

Hoy hace 70 años la sede de El Espectador se alzaba en llamas. También pasaba lo mismo con las instalaciones de El Tiempo, con la sede liberal en la plazoleta de Santander y con las casas de Alfonso López Pumarejo y de Carlos Lleras Restrepo. Como bien lo describió Guillermo Pérez Flórez en un artículo para El Espectador el pasado domingo, sobran los indicios de que los ataques contaron con la complicidad del Gobierno, de la Policía y hasta de los bomberos, en un intento por aniquilar a los representantes de las ideas liberales. Los ecos de lo ocurrido aún se pueden escuchar en una Colombia donde los gobiernos se han encargado de señalar a sus opositores como enemigos, fomentando así violencias que no deberían existir en nuestra democracia.

En una declaración firmada por Carlos Lleras Restrepo y que también publicamos el domingo, el líder liberal fue claro: “Lo cierto es que la Policía, en lugar de protegernos, abrió fuego contra nosotros, pues pudimos sentir claramente las balas de fusil”. Estaba relatando cómo unas 50 personas llegaron a su casa a quemarla, apoyadas por la misma Policía y contando con la complicidad de los bomberos, que se rehusaron a aplacar el incendio durante horas. El ataque a la casa de Lleras fue el último en un día en que El Espectador también vio su sede en llamas. En la crónica de Guillermo Cano publicada entonces en este periódico también se relata cómo la violencia, más que ser una respuesta desenfrenada e irracional, parecía responder a un plan orquestado con ayuda estatal. El objetivo era claro: silenciar las voces liberales en una época en que el Gobierno conservador se acercaba al autoritarismo.

Es paradójico, porque la agenda autoritaria conservadora luego desencadenaría en el golpe de Estado de Gustavo Rojas Pinilla, quien se declaró dictador hasta 1957, cuando tuvo que renunciar para dar paso a lo que sería el Frente Nacional. La violencia engendrando violencia. Los relatos de toda esa época concuerdan en lo mismo: había una persecución violenta, en ocasiones institucional y en otras por vías de hecho, de todo aquel que pensara diferente. Por eso fueron atacados los dos periódicos que se identificaban con la resistencia de los valores liberales y de la democracia. Por eso, también, El Espectador tiene una larga historia de anatemas y presiones que venían de las fuerzas conservadoras y de la Iglesia católica.

Las investigaciones oficiales nunca llegaron a condena alguna y la impunidad, como tantas veces en Colombia, se convirtió en aliada de los abusos estatales. Por eso mismo el recuerdo de lo ocurrido y las palabras de Lleras se sienten tan vigentes. Nuestro país sigue teniendo abusos policiales, persecuciones políticas, gobiernos que ven en sus opositores a enemigos. Si algo tenemos que aprender es que el fuego de la intolerancia no permite construir un país en paz, que nuestra democracia necesita el disenso saludable, los diálogos entre diferentes, el respeto a las ideas que sean incómodas. Las violencias en Colombia han sido cíclicas. Tenemos que ser capaces de romper con las divisiones que nos han marcado durante tanto tiempo.

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Nota del director 1: Este editorial se modificó de una versión inicial para no dar a entender que el dictador Rojas Pinilla era liberal; otra cosa es que el liberalismo lo hubiera apoyado.

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