El fracaso estruendoso de Colciencias

Con este desorden institucional es imposible construir una estrategia coherente y funcional para fomentar la ciencia en el país.

En el discurso de posesión para su primer mandato, el presidente de la República, Juan Manuel Santos, anunció con orgullo que se destinaría el 10 % de los recursos de regalías a la ciencia y la tecnología. Ese era el corazón de una promesa que emocionó al país porque, por fin, parecía indicar un compromiso serio con fomentar el futuro de Colombia a partir de la ciencia.

Ocho años después, el fracaso de la administración Santos en este tema es estruendoso.

Aunque en efecto los recursos, por ley, se destinaron a la ciencia y la tecnología, la ejecución fue un desastre. Córdoba, uno de los departamentos peor dotados para realizar inversiones en estos ámbitos, se llevó la mayor cantidad de financiación. En otros departamentos con deficiencias similares abundaron los casos de desperdicio de este dinero. Fue tal la frustración que, el año pasado, el Gobierno decidió destinar un billón de pesos no ejecutados en este rubro para invertirlos en infraestructura. La promesa de una Colombia científica terminó en el pavimento.

Pero, más allá de eso, tal vez el mayor síntoma de la ausencia de una visión clara y eficiente es Colciencias. Con la destitución esta semana de César Ocampo, que llevaba menos de un año a la cabeza de esa entidad, el gobierno Santos obtuvo la deshonrosa distinción de haber puesto ocho directores diferentes en Colciencias durante los ocho años que lleva en el Palacio de Nariño. “Todavía hay tiempo para el noveno”, dijo el exrector de la Universidad Nacional Moisés Wasserman, y lo preocupante es que no es un chiste.

Más allá de los motivos particulares que llevaron a la salida de cada uno de los directores, lo claro es que con este desorden institucional es imposible construir una estrategia coherente y funcional para fomentar la ciencia en el país. Como escribieron Pablo Correa y Sergio Silva en El Espectador, “salta a la vista el desatino político para algunos nombramientos, la ausencia de una visión clara para la entidad, la constante tensión entre la politiquería y el deseo de construir una entidad más técnica”.

El punto lo explica en más detalle Gabriela Delgado, exfuncionaria de Colciencias y docente de la Universidad Nacional: “Cada vez que llega alguien nuevo intenta hacer lo que su intuición le dice. Tuvimos ocho políticas distintas frente a Colciencias en ocho años”.

En eso quedó la rimbombancia de los discursos del Gobierno. Es demasiado habitual, en la cultura política colombiana, hablar de la importancia de la ciencia, e incluso promover cambios normativos que prometen darle a ese sector el lugar que se merece, pero en la práctica no hay avances y los científicos del país se quedan trabajando con las uñas, endeudados y enfrentados a una eterna frustración.

Eso no puede seguir así. El futuro de Colombia depende de que seamos capaces de convertirnos en un país propicio para la investigación, la academia y los desarrollos científicos y tecnológicos. En un mundo cada vez más complejo, nuestra sostenibilidad depende de la innovación. Estamos muy quedados y no parece haber la voluntad política para enmendar el rumbo.

La pelota está en la cancha de los candidatos al Congreso y a la Presidencia. ¿Alguno tendrá la valentía y la capacidad de presentar un plan que no sólo suene bien, sino que rinda frutos a corto, mediano y largo plazo gracias a su coherencia?

 

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