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Los activos no se lavan solos

EL LADO OSCURO DE LA ECONOMÍA colombiana no es ningún secreto. Son miles los negocios que se financian con dineros del narcotráfico y de otras actividades ilegales como el comercio de armas, la extorsión y el secuestro.

El Espectador

17 de agosto de 2010 - 06:00 p. m.
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Tal será la generalidad de la práctica, que las denuncias sobre nuevas formas de lavado llegan sin extrañeza. No importa si son clínicas estéticas o clubes deportivos, esmeralderos o contrabandistas, todas las ramas de la economía están o han estado involucradas de alguna forma con el negocio del lavado. No es gratuito que en los últimos seis meses hayan sido 111.000 las operaciones sospechosas, como lo reveló El Espectador en su edición de ayer. Se calcula que en el país los narcos y otros grupos irregulares lavan, por lo menos, cinco mil millones de dólares al año.

A pesar de estas cifras, Colombia cuenta con los más altos estándares en el control y represión del lavado de activos. El país cumple con las 40 recomendaciones del Grupo de Acción Financiera Internacional sobre el Blanqueo de Capitales (GAFI) y con las recomendaciones de la Organización de Estados Americanos y la Comisión Interamericana para el Control de Abuso de Drogas. Tiene además autoridades técnicamente capacitadas y cuenta, la mayoría de las veces, con el apoyo del sistema financiero. Además, posee una legislación bastante eficaz. Después de tantos años de lucha contra el narcotráfico se han creado todo tipo de instrumentos legales para la represión penal del lavado y la persecución de bienes.

Sin embargo, y de manera evidente, el control se ha quedado corto. Cada vez que se cierran puertas y se incorporan medidas, los delincuentes se hacen más creativos. Y si bien el esfuerzo hay que mantenerlo, es claro que la culpa del lavado está lejos de ser exclusiva del Estado. El problema real es la cultura en la que el origen oscuro de los dineros no se censura e incluso, a veces, hasta se aplaude. Hacer empresa en Colombia es particularmente difícil. Los trámites son eternos, las ayudas pocas, los mercados frágiles y los impuestos no es que dejen demasiado respiro. Crecer un capital toma tiempo, incluso generaciones. Todo el mundo lo sabe. Peso a ello, nadie comenta y nadie pregunta cómo hay quienes, de la noche a la mañana, aparecen millonarios.

Tampoco se pregunta de dónde vienen los dineros cuando se vende. El pago de contado, además de disminuir el costo, disminuye los interrogantes. Es un “inversionista”, se dice. ¿Inversionista en qué?, sería la pregunta espontánea que cualquiera debería hacer. Pero casi nadie pretende realmente que se la contesten. Actitud perjudicial como quiera que se le aborde. El dinero no se lava solo y tampoco lo lavan pícaros ni almas malévolas. El dinero del narcotráfico y de otras actividades criminales lo lavan todos los colombianos. Esos ciudadanos que creen que por pasar de manos, por estar más lejos del crimen, los muertos que traen los dineros calientes consigo están menos muertos.

El asunto es transparente: no hay tal cosa como traquetos buenos y el dinero sucio no se limpia. En un país como Colombia, con más de 50 años de violencia encima, todos deberían tener claro que quien asesina no es solamente quien tira del gatillo. Aunque no se conozca a las víctimas, es imposible ignorar que la ilegalidad siempre las trae consigo. No es deber de civiles investigar el origen de los capitales, pero sí lo es abstenerse ante la duda. Es importante recordar que  para hacer daño basta  considerarse con el derecho de apartar la mirada.

Por El Espectador

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