¿El conocimiento es producido solo por hombres? ¿Son los hombres los únicos capaces de hacer reflexiones dignas de ser discutidas, estudiadas y divulgadas? ¿A lo largo de la historia de Occidente solo han existido filósofos masculinos? ¿La filosofía, por todo lo anterior, solo debe ser impartida por hombres? La respuesta a esas cuatro preguntas es un no vehemente, que debería ser innecesario ante la ridiculez de lo propuesto. Entonces, ¿por qué en el Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional no se han percatado de la importancia de diversificar su planta de profesores para incluir a más profesoras? ¿Por qué, además, estos reclamos parecen caer en oídos sordos de quienes consideran que se trata de un asunto menor?
La Red Colombiana de Mujeres Filósofas hizo pública una denuncia contra el Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional: solo hay una mujer profesora en su planta de docentes. Eso significa que el 95 % de los instructores de la escuela de filosofía más grande del país, que además cuenta con un enorme número de estudiantes mujeres, son hombres. ¿Por qué, si el país está graduando tantas filósofas, persiste el techo de cristal en el que no se permite que las mujeres accedan a posiciones de poder?
No es un problema único de la Nacional. Según la Red Colombiana de Mujeres Filósofas y la Universidad Pedagógica, el 90 % de los docentes de la Universidad del Valle son hombres, 80 % en la Universidad Pontificia Bolivariana, 77,8 % en la Universidad de Pamplona y 72 % en la Universidad de Caldas. Estamos ante un problema difundido, pero es muy diciente que la universidad pública más importante del país, con más recursos y con más prestigio, sea la peor en el tema y que no parezca haber ningún interés por solucionar la situación. Además, en sus 150 años de historia, la Universidad Nacional nunca había tenido a una mujer en la Rectoría, hasta que la profesora Dolly Montoya llegó a ocupar ese cargo este año.
Estamos ante una realidad heredada. En la historia de Occidente, las mujeres han sido subestimadas y denigradas. Durante siglos no tuvieron un espacio en las universidades, bajo el entendido de que solo los hombres eran capaces de hacer las reflexiones esenciales sobre la existencia y la constitución de nuestras sociedades. Eso, no obstante, no fue obstáculo para que las mujeres desarrollaran sus intelectos e hicieran grandes aportes a la filosofía universal. Ante eso, la respuesta fue invisibilizarlas: incluso a medida que el movimiento feminista lograba que las mujeres entraran a espacios antes vedados, la respuesta fue no utilizarlas en los currículums de clases, ni mucho menos contratarlas. La filosofía de Occidente, como tantas otras áreas del conocimiento, se ha enseñado desde la perspectiva reducida del hombre, habitualmente blanco, habitualmente heterosexual, que siempre ha ostentado el poder intelectual.
Lo anterior es inherentemente injusto. Sin entrar siquiera a discutir cómo la diversidad de visiones permite construir relatos más complejos, y mejores, de la realidad, es apenas obvio que negarles a las filósofas el espacio al lado de los hombres no tiene razón de ser.
Esa invisibilización, además, perpetúa la desigualdad. Lo escribió en El Espectador la filósofa colombiana María del Rosario Acosta López: “No tomé una sola clase con una mujer en toda mi carrera, leí a una sola mujer para un solo seminario en todo mi doctorado. Mis pocas colegas mujeres y yo tuvimos que aprender a traducir nuestra voz, nuestra conducta, nuestro modo de pensar y comunicar ideas, a un tono y una gestualidad masculinos para no ser ignoradas, puestas en duda, miradas con condescendencia, o, incluso, en muchas ocasiones, ridiculizadas”.
¿Qué mensaje se les envía a las mujeres que están estudiando filosofía sobre su futuro profesional cuando no tienen referentes entre los profesores, ni entre las lecturas, ni siquiera entre el staff de las universidades? ¿Queremos un país donde se desincentive el estudio de carreras como la Filosofía con base en el género? ¿No debería la Universidad Nacional, y todo el sistema de universidades públicas, financiadas por todos los colombianos, liderar el camino de la inclusión, ayudar a enmendar estas injusticias históricas? Insistimos: no es un asunto menor.
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