La paz pospuesta

El liderazgo colombiano tiene que superar discusiones tan radicales y vulgares si en verdad cree que es posible construir un país diferente. ¿Cómo puede ser que en La Habana todo se maneje con prudencia quirúrgica y aquí se den batallas llenas de acusaciones infundadas que sólo causan más polarización?

Las declaraciones, tanto del uribismo como del Gobierno, evidencian una guerra retórica que le hace mucho daño al país.

La semana que termina, el país quedó en la mitad de una guerra retórica entre el uribismo y representantes del Gobierno Nacional. Con ocasión de la detención de Santiago Uribe, hermano del expresidente Álvaro Uribe e investigado por presuntos nexos con la agrupación paramilitar los 12 Apóstoles, el Centro Democrático (CD) y varios ministros del despacho intercambiaron acusaciones francamente irresponsables. No puede hablarse de paz con un liderazgo plagado de hostilidad.

Aunque lo dijimos en su momento, es necesario repetirlo: la Colombia que el CD describe no existe y sus palabras hacen mucho daño a las instituciones del país. Pese a que hay motivos suficientes para que la justicia los investigue, cualquier proceso que toque a un miembro del uribismo es presentado ante la opinión como una persecución digna de una dictadura. “Régimen del terror” fue el término que utilizó María Fernanda Cabal, representante a la Cámara por el CD, para referirse al gobierno Santos. ¡Por favor! Y ni hablar de Paloma Valencia, senadora del mismo partido, quien dijo que “por menos inició la violencia política” en Colombia. ¿Eso es una amenaza? ¿Un llamado entre líneas a justificar un alzamiento en armas contra el Gobierno? Increíble encontrarse, después de tantos años de guerra y sufrimiento, con discursos tan temerarios.

El Gobierno, sin embargo, se sumó al despropósito. Si bien sus primeras declaraciones sobre el tema fueron acertadas al dejar claro que la decisión de capturar a Santiago Uribe era de un ente independiente del Ejecutivo, después se lanzó a una discusión innecesaria e improcedente con el uribismo. Desde sus cuentas de Twitter, la ministra de Educación, Gina Parody; el ministro de Trabajo, Luis Eduardo Garzón; la ministra de Comercio, Industria y Turismo, Cecilia Álvarez, y el ministro de las TIC, David Luna, salieron en manada con indirectas —y varias directas— en contra del expresidente Uribe y su partido. Terminaron los funcionarios de primer nivel del Gobierno opinando sobre una decisión que no dependía de ellos. ¿Qué pasó con la autonomía de la Fiscalía que en un principio tanto se defendía?

El liderazgo colombiano tiene que superar discusiones tan radicales y vulgares si en verdad cree que es posible construir un país diferente. ¿Cómo puede ser que en La Habana todo se maneje con prudencia quirúrgica y aquí se den batallas llenas de acusaciones infundadas que sólo causan más polarización? Estamos a punto de firmar un acuerdo con las Farc para poner fin a nuestro conflicto, pero si el escenario en el que habrá que aplicarlo y desarrollarlo es este que hemos visto, ese paso histórico no será sino una frustración más.

Colombia necesita que todas las fuerzas que participan en el debate público, sin importar a qué ideología pertenecen, entiendan que todos estamos en el mismo bote y que deben existir unas reglas mínimas de decencia para garantizar que las discusiones le aporten al país. En lugar de la gritería, nuestros líderes deberían estar pensando en la manera de buscar los escenarios de encuentro donde todos podamos exponer las diferencias con argumentos y desde los cuales sea posible construir una sociedad sólida y en paz. No unánime, rica en disensos, pero capaz de crecer hacia objetivos comunes.

 

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