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La primera encíclica del papa León XVI llama a poner la humanidad en el centro del desarrollo de la Inteligencia Artificial. El texto pide ética y debe interpelar a quienes compiten por esa tecnología. En enero de este año, cuando la tecnológica Anthropic advirtió que el uso de su Inteligencia Artificial en la operación para sacar a Nicolás Maduro de Venezuela violaba los principios de la compañía, la respuesta del presidente Donald Trump fue fulminante: los tildó de empresarios de “izquierda radical” y rompió lazos con ellos. El vacío duró poco. Sam Altman, CEO de OpenAI –compañía tras ChatGPT–, no tardó en tocar las puertas del Pentágono ofreciendo una alternativa con menos reparos éticos y filtros de seguridad.
Altman acaba de salir ganador ante una demanda que le puso Elon Musk por traicionar la misión fundacional de OpenAI al descuidar la seguridad de la tecnología y convertir la que era una organización sin ánimo de lucro en una empresa. Ahora tiene luz verde para lanzar una oferta pública en bolsa valorada en casi un billón de dólares. En esta carrera frenética, alentada por el propio gobierno estadounidense, la seguridad se ha convertido en un estorbo a la hora de maximizar ganancias. Como bien advirtió el ganador Pulitzer, Ronan Farrow, en una reciente entrevista con El Espectador, en Silicon Valley se venden escenarios apocalípticos y una exagerada amenaza de dominación china para conseguir inversionistas que garanticen que esta tecnología quede en las “manos correctas” –en Estados Unidos, claro–. Mientras tanto, convivimos ya con la pérdida masiva de empleos, la delegación del pensamiento y el diálogo a la máquina, los deepfakes, la manipulación electoral e incluso chatbots que han incitado directamente a cometer asesinatos.
Farrow, quien ha reportado sobre el poder de Sam Altman y Elon Musk, alerta sobre un fenómeno inédito: un poder supragubernamental de los magnates de la tecnología que somete a la política formal y disuelve el viejo contrato social. A diferencia de los filántropos del pasado que asumían cierta retribución hacia la comunidad, la oligarquía digital de hoy no rinde cuentas ante nadie. En un texto histórico –donde la Iglesia incluso realiza un ejercicio de contrición al pedir perdón por los siglos que tardó en condenar la esclavitud–, el Pontífice recuerda que la humanidad “no debe ser sustituida ni superada”. El papa pone el dedo en la llaga al denunciar cómo la presión de ideologías tecnocráticas e intereses muy poderosos pretenden reducir a la persona a un mero recurso explotable o a su simple capacidad de producción.
La IA puede simular la inteligencia, pero carece de conciencia moral, empatía, espiritualidad y capacidad de amar. Su razonamiento, nos recuerda el pontífice, no es neutral: responde a los intereses de sus dueños. Mientras los magnates le apuestan a no poner límites a su capacidad económica y tecnológica y a hacerle el quite a la responsabilidad social, el papa hace un llamado a las regulaciones y la ética. El progreso no puede consistir en hacer avanzar la técnica a costa de hacer retroceder el corazón. La tecnología debe ser un instrumento para la dignidad humana.
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