Hoy, desde las 5:00 a.m. hasta las 7:30 p.m., los bogotanos, salvo contadas excepciones, no podrán movilizarse en sus carros. El ya tradicional Día sin Carro, objeto de mucho debate entre los ciudadanos, no deja de ser una excelente idea para tomarle el pulso al transporte público bogotano, y es una magnífica oportunidad para recordar qué tanto se ha avanzado y, sobre todo, cuánto falta para cambiar el paradigma de la movilidad en Bogotá.
“Queremos que esta sea la fiesta del transporte público en Bogotá”, dijo el secretario de Movilidad de Bogotá, Juan Pablo Bocarejo. Según proyecciones de la administración, se espera que con la medida al menos 1’500.000 vehículos dejen de circular en la ciudad, mientras que se busca que entre 2’500.000 y 3’000.000 de ciclistas se vuelquen a las calles para impulsar sistemas de transporte alternativos. Ojalá se logre.
Esas cifras son, al mismo tiempo, el mejor diagnóstico del problema de la movilidad en la capital: la cantidad de vehículos en circulación es suficiente para colapsar cualquier vía pública. Tiene razón el alcalde distrital, Enrique Peñalosa, al recordarle a la ciudadanía que de nada servirán todas las medidas que la nueva administración tiene planeadas para mejorar la movilidad si los bogotanos siguen prefiriendo el vehículo particular al transporte público o la bicicleta.
“Vamos a hacer una serie de grandes vías de entrada y salida de la ciudad, pero no soñemos que esto va a arreglar el problema de los embotellamientos. La única verdadera solución es que los ciudadanos que tienen carro utilicen el transporte masivo”, dijo el mandatario.
No hay duda de que el proyecto de la Bogotá del futuro lejano e inmediato tiene que enfocarse en contar con un transporte público digno y de calidad que seduzca a los ciudadanos. Porque ahí radica el problema actual: pese a los evidentes avances, aún falta mucho para que los medios de transporte público sean una alternativa válida a la comodidad del vehículo particular. Veamos.
Como lo han dicho en repetidas ocasiones los ciclistas, los 440 km de ciclorruta se quedaron cortos para que la bicicleta sea una alternativa segura para ir a todos los puntos de la ciudad. Hay que apoyar las iniciativas de la Alcaldía que busquen expandirla.
En el tema de los buses, sigue vigente lo que Sergio París, exgerente de Transmilenio, le dijo a El Espectador empezando 2016: “La implementación del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP) va en un 83%. Falta completar la flota, tanto de buses azules como de articulados de Transmilenio, y desintegrar la flota del transporte convencional”. Cuando funcionan, los buses del SITP y Transmilenio son suficiente incentivo, por su agilidad y buen servicio, para abandonar los vehículos. Pero en el estado actual del sistema, las horas pico siguen siendo una pesadilla y la inseguridad de tener transporte convencional aún rodando genera justa desconfianza.
Ojalá sea cierto el compromiso de la Alcaldía con sacar a licitación la primer línea del metro a más tardar en diciembre de este año. Ya es hora de iniciar este proyecto.
Los bogotanos que salgan hoy a usar el transporte público se encontrarán con un sistema cambiado, con mucho potencial, pero también con muchas deudas. Algo es claro: Bogotá se la tiene que jugar, de una vez por todas, por un modelo de ciudad y empezar a ejecutar las obras para alcanzarlo. Este es un llamado al Concejo, los empresarios y los ciudadanos a que no se vuelva a repetir el obstruccionismo terco que truncó muchas de las buenas ideas de la pasada administración. Si esa sigue siendo la norma, los días sin carro estarán condenados a ser un recordatorio de por qué es preferible andar en vehículos particulares. Y con eso perdemos todos.
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