Un festival indispensable

En época de vacas flacas, la historia ha demostrado que lo primero que se recorta es el presupuesto para la cultura. Como si en la música no se encontraran las historias que ayudan a un país a sanar sus heridas más profundas.

El Cartagena Festival Internacional de Música de Cartagena es uno de los proyectos indispensables para la integración social a través del arte. / Joaquín Sarmiento

Terminó el décimo Festival de Música de Cartagena y su éxito es una muestra de que apostarle a la música como herramienta para la construcción de proyectos de vida es una inversión necesaria, especialmente en un país que se alista para un eventual posconflicto.

El Festival no deja de ser un proyecto valiente y soñador. Desde su inicio, hace diez años, la apuesta por utilizar Cartagena como un espacio para la música más culta nacional e internacional, y justo en época de vacaciones, cuando los ruidos de las fiestas y las peleas son permanentes, suena a ingenuidad. Pero si algo nos ha demostrado el equipo liderado por Julia y Víctor Salvi es que en este país no sólo hay campo para ese tipo de manifestaciones culturales, sino que es una excelente herramienta de integración social. Contrario a las críticas que lo tildan de elitista, el Festival y sus proyectos aliados han demostrado que la música es de todos.

En ese sentido, la apuesta del Festival no deja de ser revolucionaria. En un año, cuando los políticos de Cartagena le declararon una guerra terca y racista a la champeta, Julia Salvi, directora del evento, declara que “ha sido muy importante mostrarles a los jóvenes que cuando estudian arpa tradicional su futuro no está en los bares, o que el baile de la champeta no es una invitación a la prostitución o al trabajo ilícito, sino una expresión cultural”. Exacto.

Abandonar los prejuicios clasistas e infundados sobre la música es el primer paso para empezar a ver su inconmesurable poder integrador. Los proyectos con jóvenes en Cartagena, y los que se han adelantado en Medellín y Bogotá, son prueba viviente de que hay otras alternativas para la pobreza y la violencia. No exageramos al decir que el país mejora cuando este tipo de iniciativas, bien pensadas e impecablemente ejecutadas, se vuelven comunes. Esperar cada año este evento se convierte, entonces, en razón suficiente para que muchas personas elijan la música antes que la delincuencia.

Por eso El Espectador ha apoyado el evento desde su primera edición. El aumento progresivo en el número de músicos colombianos presentes en el Festival nos llena de orgullo y de esperanza de que en el país se están haciendo las cosas bien.

No deja de ser preocupante, entonces, que justo se cumplan diez años del Festival cuando entramos a un año de serios problemas económicos. En época de vacas flacas, la historia ha demostrado que lo primero que se recorta es el presupuesto para la cultura. Eso, dentro de la miope visión del Estado, que identifica menor utilidad en las humanidades y las expresiones artísticas, es una fórmula para que estas iniciativas importantes se opaquen. Como si en la música no se encontraran las historias que ayudan a un país a sanar sus heridas más profundas.

Salvi dijo que el Festival ha logrado sobrevivir gracias a la confianza del Estado y de la iniciativa privada. Ojalá en este año que arranca esa fe no se evapore. No hay motivos para que algo así suceda. Al contrario, si en efecto 2016 es el año de la paz, qué mejor forma de recibir una nueva Colombia que con un excelente festival de música y con una generación de jóvenes que ven en el arte un proyecto de vida. Eso es invertir en el futuro.

 

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