¿Y si hacemos un esfuerzo por enriquecer el debate?

Las redes sociales han venido contaminando el debate público colombiano. Vemos con preocupación cómo columnistas, caricaturistas y demás líderes de opinión han abandonado paulatinamente los debates de altura en favor de la gritería inane y el insulto. El resultado es un tribalismo que fomenta la polarización tanto como el aplauso fácil y que cierra cualquier posibilidad de diálogo. Es momento de reflexionar al respecto.

Los efectos de los algoritmos que están en el corazón de las redes sociales ya están muy bien estudiados. Facebook, Twitter, Google y similares se especializan en mostrar contenido que nos guste y nos lleve a interactuar con él. Las emociones fuertes son claves para generar esos efectos: el odio, la burla, el insulto... Por eso lo que más funciona en esos espacios son las groserías rimbombantes que se dedican al “enemigo”, que se identifica como cualquier persona que no piense como el emisor del mensaje. Se trata de una droga: entre más insultos se profieran, más respuestas se obtienen de la audiencia que lo celebra y, por ende, se fomenta la emisión de más mensajes incendiarios. Es la lógica del matón de barrio; cada opinador cultiva su barra brava que le consiente el ego y le aumenta el número de “seguidores”.

En este proceso se sacrifican la mesura y la reflexión. Las posiciones complejas, que conceden aspectos a la contraparte, se asfixian entre ese ruido. Incluso la provocación, tan útil en los debates, es reemplazada por la banal ofensa. Eso es lo que pide el algoritmo para que quien opina se crea relevante en estos tiempos.

Esa dinámica, que en un principio estaba reservada para las redes, ha invadido todos los otros espacios de discusión. Incluso aquí, en El Espectador, publicamos columnas y caricaturas que favorecen el insulto y los enfoques irresponsables sobre un verdadero aporte al debate. Eso atrae clics, pero traiciona la promesa que el periodismo de opinión le hace a su audiencia: que los marcos interpretativos de la realidad que se proponen son útiles para la construcción de una sociedad con mejores discusiones; con diálogos sustanciales.

¿De qué sirve, por ejemplo, seguir comparando al presidente Iván Duque con un cerdo en columnas y caricaturas? ¿Cuál es la crítica aguda que se está haciendo? ¿Dónde está el aporte a la sociedad? Se trata de la insolencia solo por la insolencia, como si la valentía dependiera del tamaño del insulto que se dedica al mandatario. Aplauden las barras bravas, mientras el resto del estadio se queda en silencio. De ahí no parte ninguna conversación productiva, la anula de entrada más bien.

En la historia de la libertad de expresión el insulto ha sido una herramienta de subversión de los regímenes opresivos: allí donde el pudor es una ley que se hace cumplir a la fuerza, la ofensa es rebeldía. Pero que haya la posibilidad de insultar —que en estas páginas defendemos y seguiremos protegiendo como un derecho— también genera la responsabilidad de encontrarle justificación a ese dispositivo retórico. Cuando la respuesta al porqué del insulto es un simple “porque sí”, queda en evidencia que la única consideración es entregarse a la dinámica del algoritmo. Los aplausos son fáciles de conseguir, pero en el proceso le negamos a Colombia la oportunidad de acceder a debates útiles. ¿En verdad eso es todo lo que tenemos para ofrecer? Si el periodismo de opinión se vuelca a las lógicas de debate en las redes sociales, mañana dejará de ser necesario. Es hora de subir la altura del debate, pues este sí es muy necesario hoy y siempre.

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2019-10-13T00:00:43-05:00

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