El efecto Mancuso

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Mancuso comenzó a hablar ante Justicia y Paz, un escenario previsto por todos y temido por los ultras de la derecha que han empezado a fastidiarse radicalmente, demostrando el talante visceral del odio contra todos y contra todo, calumniando y gimiendo, babeando furia, azotando portazos, aturdiendo entre salas virtuales y entrevistas. No pueden hablar ahora con naturalidad como lo hacían antes, disimulando diplomacias estratégicas y discursos políticamente correctos. El tiempo los está acorralando en la última sombra del resguardo y ladran contra los destellos y los sonidos que parecen mencionar sus nombres, aunque sean solo sonidos de la noche entre sus sueños. Tienen pavor. Lo demostró recientemente el presidente eterno de Fedegán, José Félix Lafaurie, publicando una fotografía de alias “Uriel” en la que sugería una similitud física con el investigador Ariel Ávila, insinuando la misma identidad. Una bajeza sin antecedentes entre los métodos conocidos de un partido que ha usado todos los recursos del odio para despejar el humo del escándalo sobre sus pasados y sus nombres. Todos los contextos los ponen nerviosos: los paros sucesivos contra el desastre político, la resonancia internacional de la minga, la ignominia monumental de un ministro de Defensa insostenible, los gastos inverosímiles en helicópteros de lujo y esquemas de publicidad, la incompetencia del presidente que les resultó imposible de ocultar y las confesiones del jefe paramilitar que tanto adoraron en los tiempos de victoria y vitorearon en el Congreso en una pública justificación de su legado.

Aunque sigan ostentando el poder, no pueden evitar los efectos del tiempo y las consecuencias de sus viejas alianzas. La magistrada Cecilia Olivella, quien atendió las primeras grandes revelaciones de Salvatore Mancuso, fue amenazada junto a su familia, y los magistrados de la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Barranquilla han empezado a denunciar persecuciones y hostigamientos. La atmósfera nacional está plagándose de pestilencia y tintes dictatoriales que demostraron, también, en la moción de censura contra Carlos Holmes Trujillo que tumbaron impunemente, en una burla y una afrenta a la Constitución y a las reglas mínimas del ejercicio democrático que saben que ha empezado a desaparecer con sus prácticas. Pero nada importa, dirán, cuando su jefe metafísico, Álvaro Uribe Vélez, ha empezado a caer bajo revelaciones y fallos judiciales que insultan su nombre. Pareciera que la estrategia definitiva fuera tomarse el poder con los últimos alientos de la tradición y negarse a entregarlo. Se puede ver en sus prácticas exasperadas y en sus ojos, en sus injurias y en sus fobias agigantadas, en sus matices desaparecidos y en su ruindad. Ahora son ellos, sin bozal y sin máscaras, intentando sostener ese pasado unificador de narrativas con victorias inventadas y fábulas de moral católica que pudieron difundir con incienso desde sus despachos salpicados de sangre. No deja de ser una ironía oscura que el jefe supremo del paramilitarismo sea el mismo que los pone ahora a temblar, un final que podría entenderse entre la lógica de los partidos que se niegan a aceptar la constitucionalidad y la función legal de los poderes y acuden a la anarquía de los suburbios para todos los fines. La ley del bajo mundo actúa ahora.

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