El establecimiento, presente

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Colombia es un país insufrible. Para soportarlo, lo mejor es hacer como el avestruz, crear una burbuja, tratar de no salir de ella y rogar que nadie lo saque a la fuerza. ¡Sálvese quien pueda!, frase que se originó en los naufragios de la antigüedad, es la que mejor nos representa. No sorprende entonces que los colombianos seamos egoístas, apáticos e indolentes. La generación que hoy gobierna creció y se formó en un país inviable, plagado de violencia, narcotráfico, corrupción y guerra. Me pregunto si la costra generada por sobrevivir ese momento nos convirtió en seres insensibles, capaces de sobrepasar cualquier obstáculo, sin importar a quién debamos derribar.

Para los colombianos estas últimas semanas han sido extremadamente dolorosas. Luego de medio año de encierro, salimos más divididos y pobres, retrocedimos años social y económicamente, y con el descontento, evidente de antes del aislamiento, exacerbado. Superado el miedo a la pandemia, volvimos al Gobierno que no tiene ni tuvo capacidad alguna para gobernar, y por lo tanto no le queda sino recurrir a la fuerza para tratar de mantener el orden y el control.

Hace unos años tuve la fortuna de tener una buena conversación con el expresidente Belisario Betancur. Imposible no recordarla en estos momentos. Relató cómo había sido gobernar en la difícil coyuntura que le tocó, y manifestó con altura y desilusión que, al final de su administración, ya sin capital político, quien gobernó fue el establecimiento. Sin embargo, la plática sucedió en un momento muy esperanzador; él estaba feliz porque se había logrado lo que durante su administración no se pudo y siempre quiso: firmar la paz.

Lastimosamente, hoy, como en ese entonces, no cabe duda de que quien nos gobierna es el establecimiento, el que siempre ha estado, el que se fortalece cuando el vacío de poder se hace evidente. Un subpresidente desconectado e incapaz, con un jefe emproblemado y por lo tanto alejado, con un Gobierno tomado por las facciones más radicales de su partido, compuesto por seres despreciables que para aferrarse al poder, a falta de gobernabilidad, pactan con aquellas temibles fuerzas.

Sólo así se puede explicar su cinismo al afirmar que no acatarán la sentencia de la Corte Suprema que busca proteger a los ciudadanos de la fuerza desmedida de quienes nos deben proteger, para evitar que se repitan dolorosos incidentes como el asesinato de Dilan Cruz. Que justifiquen la muerte a manos de miembros de la Policía de Javier Ordóñez, un ciudadano común cuyo delito fue incumplir la cuarentena, así como las decenas de muertes que siguieron por salir a protestar en contra de ese abuso. Y para completar el horror, que manifiesten que el asesinato de Juliana Giraldo no es responsabilidad del Gobierno actual sino del anterior, porque el acabar la guerra minó el ánimo de las Fuerzas Militares.

Para que sobreviva el establecimiento es necesario tener enemigos, y ese es justamente el negocio con el Gobierno: mantener la guerra, cueste lo que cueste. Tanto asesinados como asesinos son víctimas de esta realidad. Este no es el caso de unas ovejas descarriadas, este es un problema institucional que está acabando con la esperanza que, junto con el expresidente Betancur, sentimos muchos hace cuatro años. Triste aceptarlo, pero me alegra saber que al menos él alcanzó a morir esperanzado.

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