El tapaboca

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Por Axel Germán Navas*

Con ocasión de la pandemia se popularizó una prenda que hasta hace poco tiempo sólo utilizaban los profesionales de la salud, quienes lo usaban por lapsos muy precisos y para gestiones muy especiales: el tapaboca. No obstante, ahora tenemos que llevarlo todos, a pesar de que hay trogloditas, monstruos antediluvianos, cabezas de chorlito, badulaques y cavernícolas con poder, como Trump o Bolsonaro, que se resisten a ponérselo, a pesar de que con su majadero ejemplo llevan a la muerte a miles de personas.

Y es que con eso de la moda, lo que comienza a utilizarse por necesidad, a la larga termina siendo un factor más para considerarse “in”. Por ello, en algún tiempo nada de raro tendría, si el Covid 19 no se va, que en las pasarelas empiecen a exhibirse las colecciones invierno verano de tapabocas; o que los diseñadores famosos, como a los bikinis, les quiten una o todas las piticas inventándose mecanismos muy originales, cuasi mágicos, para que no se caigan a pesar de lo que los demás quieren; o que los grandes productores de maquila impongan en ellos su impronta, con cocodrilitos, caballitos y demás animales elegantes, pero en todo caso jamás con pangolincitos, pues hasta en los estereotipos existen las clases sociales y “fuchi” esos animalejos no son de raza. Así somos los humanos, superficiales y banales hasta decir no más. En todo caso, y para no ser tan aguafiestas, hay que aceptar que el uso de este adminículo le ha puesto una pizca de picante, de intriga, de imaginación a la observación de nuestros congéneres, donde los ojos son los grandes protagonistas. Es así como con sólo poder ver la mitad superior de la cara, esas pupilas que se alcanzan a percibir nos hacen soñar y diseñar lo que quisiéramos que hubiera debajo del tapabocas, donde cada uno forja lo que estima sería el mejor complemento, deseando y no deseando a la vez comprobar lo acertado de la predicción, en aras de admirar lo que para cada uno es bello, o, por el contrario, para sufrir una decepción más.

No obstante, hay que aceptar que aún no se ha acabado de inventar y que si se quiere que realmente sea aséptico, debería impedir que de los labios de sus portadores saliera tanta basura de la que hablan. Así mismo hay que decir que se trata de una prenda de suerte, y que como los que primero la usaron fueron los médicos, muy elegantemente se le ha denominado tapaboca, pues si su origen hubiera sido en otra profesión menos pulida, seguramente sería conocido como el tapatrompa, tapahocico o tapajeta.

Finalmente, a pesar de su ubicación, siempre arriba y altiva, hay que recordarle que la familia no puede negarse y que por eso de tapar es pariente de otra prenda, más anciana eso sí, como es el taparrabos, al que está unido por un sinuoso camino.

*Exmagistrado auxiliar del Consejo Superior de la Judicatura

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