Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
¿Qué lo motivó a estudiar física? Suelo responder con recuerdos de Carl Sagan, Stephen Hawking, unos padres comprensivos y visitas al Planetario de Bogotá. Pero durante la reciente presentación de mi libro Historia del Universo Invisible recordé otra experiencia, la de un regalo que encaminó mi vocación y me llevó, más de treinta años después, a encontrar a un maestro cuya identidad desconocía.
En la Navidad de 1991, cuando tenía nueve años, recibí una caja azul que bien podía considerarse un kit de magia. En su interior había un contenedor transparente con limadura de hierro y una brújula que bailaba al compás de dos imanes cilíndricos pintados de rojo y azul. Había cables y piezas para construir un timbre, placas de cobre y zinc para armar una batería y el rotor para ensamblar un motor eléctrico que se montaba sobre unos soportes metálicos de color jabón Rey. Esa tonalidad delataba su origen. Mi papá se había detenido unas semanas antes frente a un vecino que sobre una mesa pintaba piezas de ese color con un compresor, afuera de su casa a unos metros de la nuestra, en el barrio Santa Matilde.
La caja decía “Mehanotehnika” en letras grandes. En un costado se leía Izola, Jugoslavija. Esa última palabra la conocía bien. Estaba escrita en una página del álbum del Mundial de fútbol de Italia 1990, aquella en la que figuraban los jugadores que habían derrotado a la selección colombiana con un cañonazo de Davor Jozić. Tal vez por eso, con el paso de los años, en la amalgama de mis recuerdos de infancia, el vecino se convirtió en un profesor yugoslavo, un héroe que, escapando de la guerra que desmembraba su país, se dedicó a construir kits de física para niños en nuestra esquina de Sudamérica. Con esa identidad lo busqué sin éxito durante casi toda mi vida profesional, hasta que hace poco, cuando hice pública esa experiencia en el podcast “No hay banderas en Marte”, lo encontré de la forma más inesperada.
“Lo del compresor, creo que también se lo imaginó, porque esas piezas las pintamos con un atomizador de esos para echar insecticida”, me dijo a través de una videollamada a la que se conectaron también su esposa desde Bogotá y sus dos hijas desde Norteamérica. “Cuando yo comencé a hacer esos kits, no tenía un solo peso y los tenía que armar con lo que encontraba”. El acento de don Álvaro Abril Barón no es yugoslavo, sino de Socha, Boyacá, donde nació hace 72 años. Ahora pensionado tras una vida dedicada al magisterio, sonrió con sus ojos vivos detrás de unas gruesas gafas cuando reconté la fantasía que ensamblé alrededor de los imanes y cables que fueron determinantes para mi carrera, y para la de muchos otros.
Una de sus hijas escuchó el podcast y me envió una foto del “Pequeño Electrotécnico”, nombre con el que don Álvaro comercializó después el juego que reprodujo a partir de un modelo proveniente de la ciudad de Izola (Eslovenia) y cuyos orígenes se remontan a 1959. “Yo dictaba clases de física para niños los sábados y ahí les presentaba el kit”. Así lo recuerdan también Sara y Alejandra, sus hijas y asistentes en las demostraciones, cuya infancia entre tornos y bobinas sin duda inspiró sus propias carreras. Pero su influencia fue más allá de su familia. Doña Luz Marina Guevara, su esposa, recuerda alegremente el día en que Camilo Carrillo Montoya, colombiano, doctor en física e investigador del CERN, se encontró con su antiguo vecino de las viviendas del magisterio y le agradeció por haber sido el mejor profesor de física que jamás había tenido.
Don Álvaro dejó de fabricar el kit hace mucho, pero no deja de enseñar. Lo hace ahora a través de Bisvita, el laboratorio de reciclaje que construyó en una hectárea y media de terreno que lleva más de una década restaurando. En medio del jardín y del bosque que hizo crecer en un pastizal agotado por la ganadería, ofrece talleres sobre sostenibilidad a estudiantes y visitantes. Cuando le pregunto si volvería a fabricar el kit, me habla de algunas piezas que todavía conserva en su archivo de tecnología. Espero que algún día podamos examinarlas juntos y descubrir cómo llegó a Colombia aquel juego yugoslavo que, en manos de un maestro boyacense, hizo florecer vocaciones científicas donde otros solo veían un baldío.
👩🔬📄 ¿Quieres conocer las últimas noticias sobre ciencia? Te invitamos a verlas en El Espectador. 🧪🧬
-
Lalo(70277)•Hace 3 horasQué bonito relato.