Ladrones de bicicletas

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El miércoles pasado, 9 de septiembre, fui al centro de Medellín. Poco después de las 11 a.m. subía por Las Palmas de regreso a mi casa. Las Palmas es una avenida que trepa por la montaña hacia el oriente, hacia Rionegro, y tiene dos calzadas de subida y dos de bajada. Los ciclistas aficionados de Medellín, entre ellos mi hijo, suelen “hacer Palmas” (así se dice), desde San Diego hasta el alto, al principio de la mañana o al final de la tarde. Es un entrenamiento corto y bueno: se pasa de 1.500 m de altitud a casi 2.600 m en poco más de 15 kilómetros, con una pendiente media de 7 %, y algunas partes mucho más exigentes. Cuando subo por ahí miro siempre a los ciclistas, a la derecha, por si veo a mi hijo trepando con su vieja Bottecchia del año 89, una cicla más vieja que él, pero que nunca ha querido cambiar por dos motivos: “por cariño y para que no me la roben”. Esto último, sí, porque en Las Palmas roban muchas bicicletas.

En una curva a la izquierda de la subida, vi venir de repente por la izquierda (en contravía y a toda velocidad) a un ciclista. Pantalones azules, camiseta blanca, bajando por los carriles de subida, pensé, grité, ¿este está loco o qué? Pocos metros después, a la derecha, iba corriendo otro muchacho, casi un niño, y lo cazaban una moto y otros hombres corriendo. Al fin lo alcanzaron, lo tumbaron, lo inmovilizaron, y ya no vi nada más. Debe haberse robado algo, pensé, y seguí hasta la casa. No pensé más en esto. Después de almuerzo, horas después, me pregunta mi esposa: “¿Has hablado hoy con tu hijo?” Le digo: “No, ¿por qué?”. “Es que hubo un accidente con un ciclista en Las Palmas”. El corazón se aprieta cuando pasa algo así. Llamé a mi hijo. Había “hecho Palmas” muy temprano, estaba bien. Pero luego agregó: “Al parecer el ciclista muerto iba en sentido contrario por Las Palmas porque acababa de robarse una bicicleta”. Ahí mi mente empieza a rebobinar.

Ahora, en cuestión de minutos, casi todas las cosas están en la red. Ahí estaba la foto: un muchacho de pantalones azules y camiseta blanca, bocabajo contra el asfalto, un largo hilo de sangre desde la cabeza, un carro detenido con el parabrisas hecho trizas, la bicicleta a un lado, sin una rueda, torcida. Era el que casi atropello, el que bajaba como un loco en sentido contrario. ¿Y el otro, el de a pie? Seguramente era el que iba con él. Eran ladrones bisoños, se ve. No sé nada de ninguno de los dos, pero está la pandemia, están los gritos diarios de la gente en las afueras del edificio donde vivo: “¡Por favor, ayúdennos con algo, una libra de arroz!”. Entonces, por la tarde, entré a Filmin y volví a ver una de las mejores películas de todos los tiempos, Ladri di biciclette (Ladrones de bicicletas), de Vittorio De Sica, con guion de Cesare Zavattini, en la segunda posguerra italiana, cuando la gente tiene hambre, como después de una peste. Sentí una tristeza honda y oscura, estuve desvelado y me salió esa noche un poema, o algo así, que les quiero copiar. Se llama “Biografías” y tiene un epígrafe de E. Lee Masters: “Suponte que un muchacho roba una manzana”.

¿Recuerdas al muchacho del poema / de Edgar Lee Masters, que roba una manzana en una tienda, / lo pillan en el acto y lo llaman ladrón, / el tendero y el juez, el cura y el cartero, / y hasta el padre, ladrón, /todo el mundo diciéndole ladrón, / todo el mundo ladrando / la palabra ladrón, ladrón, ladrón, /y por su fama no le dan trabajo, / no puede ganarse el pan / y tiene que robarlo, / y acaba convirtiéndose en lo que los demás dicen que es, en lo que quieren que sea? / Pues así mismo alguien puede ser quien será, / volverse lo que hoy es, / porque una vez de niño se sentó / ante la vieja máquina de escribir de su padre / e introdujo una hoja en el rodillo / y escribió estas palabras: / jasiewiokk erojikepic coq2lokjdooo, / y se las celebraron tanto, / que el juez, el cura, el padre, las hermanas, / dijeron escritor, escritor, escritor. / No le quedó más remedio. / Y aquí estoy.

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