Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
En respuesta al editorial del 8 de junio de 2026, titulado “La crisis en Cúcuta silencia a un periodista”.
En Cúcuta, como en otras ciudades del país, las élites políticas no toleran la crítica ni el escrutinio sobre sus andanzas. La diferencia es que aquí, cuando un funcionario, un periodista o un veedor denuncia hechos de corrupción, lo más probable es que lo silencien o lo maten.
Las denuncias que venía haciendo Cristian Herrera antes de su asesinato relataban los vínculos entre narcos y funcionarios de entidades públicas. Lo venía señalando desde hacía meses en sus redes sociales, pero el país solo se percató de ello cuando empezó a revisar sus publicaciones la tarde en que lo mataron.
El periodismo que ejercía Cristian Herrera es escaso y fundamental para preservar los pocos espacios democráticos que persisten en el país. Se trata de un periodismo que cubre el conflicto armado, la violencia de los grupos ilegales y los hechos de corrupción que afectan la vida pública local. Por eso, su trabajo termina revelando, en muchos casos, los vínculos entre poderes regionales, economías ilegales y estructuras violentas. Lo paradójico es que estas noticias no suelen ser atractivas para los grandes medios de comunicación, a menos que ocurra un evento espectacular que atraiga la atención del país. Por eso, este tipo de periodistas, tan necesarios, son, al mismo tiempo, tan escasos.
Y digo que es fundamental para la democracia porque en las regiones de Colombia suele primar el autoritarismo de las élites políticas y sus aliados violentos. En las regiones, los organismos de control se los reparten entre las distintas casas electorales y, por eso, las investigaciones no suelen dar mayores resultados. La oposición política es prácticamente inexistente y, cuando aparece, las diferencias se solucionan transando o eliminando al contradictor. De esta manera se limita la cantidad de información que llega a nivel nacional sobre asuntos claves de la región. Lo que pasa aquí se queda aquí, a las buenas o a las malas.
El asesinato de Cristian Herrera también constituye una amenaza directa al resto de periodistas que se atreven a mencionar los nombres de políticos metidos en problemas legales. Es difícil que en Cúcuta alguien vuelva a hablar de corrupción que involucre a sectores del poder local y sus aliados criminales. Nadie querrá someterse y someter a sus familias a la zozobra de las amenazas e intimidaciones.
Es probable que el sicario que mató a Cristian Herrera sea capturado en los próximos meses. Hay una comisión especial de la Fiscalía de Derechos Humanos liderando esta investigación. Pero la parte más compleja de ese trabajo es revelar quién dio la orden. Allí, el rol de la prensa es esencial para hacer seguimiento a ese entramado criminal.
Entre sus reconocimientos, Cristian Herrera había ganado el premio “Orlando Sierra al coraje de un periodista”. Y, precisamente, Orlando Sierra fue un periodista asesinado por las élites políticas de Manizales que no soportaron su crítica. Ferney Tapasco, el político que dio la orden, fue condenado por ese crimen trece años después. El mejor homenaje póstumo para Cristian Herrera es honrar su memoria con verdad y justicia pronta.
Nota. Al cierre de esta columna se conoció la captura del presunto sicario que le disparó a Cristian Herrera.