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Soy beneficiario de Colfuturo y estoy en total desacuerdo con el editorial del 28 de diciembre, titulado “Colfuturo y la agresividad del presidente”.
Los créditos–beca no son un acto de buena voluntad del sector privado y el gobierno: son un negocio. Me gustaría empezar diciendo que recibí con asombro el correo del 23 de diciembre. Los correos de Colfuturo en la bandeja de entrada son escasos y, si no es para avisar de las fechas límite de actualización de datos para los giros, son para recordarte que debes responder por los tiempos pactados. Como si no fuera lo suficientemente difícil enfrentarse a una nueva cultura, a la escasez de vivienda, al dinero limitado y a nuevas dinámicas de aprendizaje.
Vengo de una familia de estrato 2 y, para cumplir con los lineamientos, mi mamá y mi hermana tuvieron que servir como codeudoras. Más allá de sentirme parte de un sueño educativo, lo que sentía era cómo se apretaba el grillete de un banco que buscaba, como fuera, recuperar “en cualquier escenario” el dinero para la educación de los y las jóvenes colombianas. Junté ahorros, trabajé en call centers, como ingeniero, hice el famoso work and travel, y aun así me faltaba dinero. Tuve que pedir al Icetex que me tendiera su mano “misericordiosa” para juntar peso a peso y tener luz verde de Colfuturo para empezar mis estudios. Nada es garantía para la fundación.
Hay muchas cosas que revisar. Por ejemplo, adquirir el nivel de inglés que se pide en las universidades (B2 o C1) es una carrera de largo aliento que no se aprende en un colegio público. Lo digo con total propiedad porque estudié en un colegio público. Además, tienes que pagar cerca de un millón trescientos mil pesos para certificar tu nivel de inglés y, si es bajo, como en los “raspa y gana”, simplemente “sigue intentando”. No es odio de clase, pero en una sociedad como la colombiana, el sector privado está mucho más cerca de acceder al programa.
“¿Y por qué, si es tan agresivo el crédito, lo tomaste?”. ¿Qué otra opción hay en Colombia? Me rehusaba a seguir trabajando en un call center, a vivir del mal pago como ingeniero ambiental, a participar en las convocatorias públicas de empleo y nunca ser seleccionado. Es demasiado frustrante. Pero a eso nos enfrentábamos: a apostarlo todo y lanzar la moneda al aire, porque no había más que esperar un golpe de suerte.
Petro exagera siempre en su discurso, pero yo voté por un proyecto así, por un gobierno que vea el problema y actúe. Me gustaría que se diera un paso más allá y se pensara en un programa que premie a los jóvenes colombianos que le apostamos a la educación: una beca que dé libertad, no restricciones. Después de todo, como dice Malala Yousafzai: “Un niño, un profesor, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”.
Daniel Jiménez
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