El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

¿Cómo estamos?

Cartas de los lectores

08 de septiembre de 2026 - 12:00 a. m.

El editorial del 30 de agosto, titulado “Lectores y lectoras, ¿están bien?”, podría cambiar su pregunta. Suele ser de uso cultural sesgar la pregunta que pretende conocer el estado de ánimo en que se encuentra un próximo o, en este caso, los lectores de EE. El sesgo “¿están bien?” traería consigo el temor de que quien pregunta le tema a la respuesta: “Estoy (estamos) mal”. Sin razón por la cual añade ese calificativo para curarse en salud.

PUBLICIDAD

No habrían sido suficientes las ocasiones en que El Espectador y su director hayan sido ponderados positivamente por el talante secular democrático que se transpira en sus páginas. De modo que esta pregunta esencialmente humanista trasciende los hábitos del simple servicio al cliente o la atención hacia el cliente para ascender al del placer del cliente.

Contabilizados como meros códigos y vigilados mediante un robot que suele romper las buenas maneras del periódico, podría ocurrir que algunos lectores estuviéramos necesitando leer esta pregunta por parte del periódico. Porque, sobre todo quienes pagamos la lectura, hemos visto la importancia de que el periódico que desde niños nos enseñaron a respetar sin rodeos siga cultivando sus altas virtudes en las nuevas generaciones.

Por supuesto que quien esto escribe se refiere solo a sus propias percepciones y, en absoluto, aspira a que ellas reflejen el estado de ánimo general, pero sí podrían ayudar a construir un rompecabezas que, una vez que se publiquen los resultados del sondeo, nos dé algunas señales sobre el estado de ánimo de los lectores de EE.

No caben dudas de que superar dos terremotos de alta gradación en menos de 72 horas, el uno político y el otro geofísico, nos ha producido importantes lesiones. Sin duda, estos fenómenos nos han sometido a muchos a pruebas de envergadura nunca antes enfrentadas, comenzando por tener que frotarnos los ojos una y otra vez ante el espectáculo ilegítimo e ilegal de la posesión de Abelardo presidente.

Nos habría resultado difícil aceptar que, después de toda una vida trabajando para desfacer los dañinos entuertos religiosos que sembraron padres y maestros cristianos en el alma nacional, ahora nos enfrentemos a que, contra la ley y las costumbres, el nuevo presidente haya decidido arrodillarnos ante sus creencias personales. Y, por supuesto, que, en seguida, sorprendidas sus escasas habilidades administrativas para resolver los daños del terremoto más fuerte que hayamos vivido en décadas, las dudas e incertidumbres se han multiplicado.

No solamente porque el Poder Ejecutivo ha llamado sin pena alguna su gestión a la simplista producción de “milagros”. Y no solo porque, en lugar de acopiar con urgencia recursos estratégicos, físicos y humanos, se haya dedicado a repartir regalos entre las víctimas infantiles, acompañados de votos virginales. Sino también porque, arrogándose la dudosa virtud de la omnipresencia, ha confundido mantenerse en aviones yendo de aquí para allá con la toma de las decisiones adecuadas para resolver con urgencia los inmensos problemas de nuestros connacionales del occidente del país.

Yo, por mi parte, me siento mal.

Bernardo Congote

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.