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A propósito del editorial del 1 de febrero, titulado “Cita Petro-Trump: no es hora de provocaciones”. No han sido frecuentes en la historia, si las ha habido, las invitaciones de un presidente de Estados Unidos a un presidente de Colombia, particularmente dadas las recientes tensiones personales entre ambos. El mutuo bombardeo verbal puede haber influido en sanciones descalificatorias para Colombia, según algunas voces. Así, por ejemplo, la descertificación ante la empecinada lucha emprendida por esta administración contra el narcotráfico, precaria de acuerdo con el gobierno norteamericano, injusta y sin fundamento según lo ve el de Colombia. Y todo ello, aliñado con castigos a la persona del presidente Petro, a su familia y entorno. Sin que Colombia haya sido un país de espíritu preponderantemente nacionalista ni que toda su gente esté con Petro, a muy buena parte de la opinión nacional no le han resultado justas ni amistosas las medidas contra nuestro país, ni tampoco algunos de los dardos contra la persona del jefe del Estado, por cuanto él representa.
Una visión del presidente Petro, que quizás le haga más justicia que la descalificación que tantos intentan a diario, es que podría considerársele un notable estadista, aunque no siempre esta condición iguale su eficiencia como gobernante. La brecha es grande entre los dos conceptos, pues rara vez le resulta fácil unirlos. Pero en la política exterior, por ejemplo, el balance puede serle favorable, aunque el resultado final haya de ser tardío, como ocurre en estas materias. Así, por ejemplo, es acierto suyo haber restablecido prontamente relaciones diplomáticas con Venezuela, dada la inmensa connotación para nosotros de esa nación vecina. También, el rechazo al indigno tratamiento de criminales dado a nuestros compatriotas inmigrantes, dispensado por el gobierno norteamericano al pretender deportarlos esposados. Igualmente, el rompimiento de relaciones diplomáticas con Israel, ante los bárbaros actos contra una población inerme en la zona de Gaza, que no cesan aún, so pretexto de combatir —pero con notable desproporción— a un grupo responsable, sin duda, de vituperables actos terroristas. Respetables, asimismo, las razones expuestas en foros mundiales sobre las energías fósiles contaminantes y el peligro que representan para la especie humana. También su crítica al veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, su preferencia por la solución pacífica de las controversias frente a la amenaza y el uso de la fuerza; no son posiciones originales, pero lo alinean con una larga tradición de nuestra política exterior que privilegia el respeto por la soberanía de los Estados, la no intervención en sus asuntos internos, el respeto por los derechos humanos, los tratados internacionales, el derecho de asilo y las normas del DIH. Quizás su aún tímida aproximación al multilateralismo sea una nota nueva y promisoria.
De todas formas, esta inesperada invitación norteamericana a dialogar en plena Casa Blanca es extraordinaria y parece haber superado exabruptos de visas y de listas negras. Resulta ciertamente algo desconcertante la exhibición por Washington de la jugosa zanahoria, cuando la contundencia del áspero garrote ha sido tan dura y reciente. Ojalá nuestro presidente sepa distinguir, con mesura personal y dignidad nacional, las enormes diferencias.
Jorge Gaviria Liévano
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