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Sin hacer ninguna mención al giro ultraderechista que recorre toda América ni al hecho de asumir el Gobierno sin una trayectoria política previa, el optimismo del editorial del 8 de agosto, titulado “Las prioridades del nuevo presidente”, es palpable. Lamento decir que convendría un sano escepticismo, pues Abelardo de la Espriella no es un mandatario confiable en sus políticas de seguridad, condicionadas por su amado verbo “destripar”. Su promesa de “ser el presidente de todos los colombianos” no es creíble porque sus primeros actos de gobierno dicen lo contrario; verbigracia, la eliminación del impuesto al patrimonio es un anuncio que solo favorece a los más ricos. Lo mismo sucederá con la descentralización; lo más seguro es que favorezca a Medellín, Cali y Barranquilla por los intereses creados que tiene ADLE en esos sitios.
La crisis de la salud, la soberanía energética y la corrupción que desea enfrentar se agudizarán con el favorecimiento a las EPS, la explotación indiscriminada de la naturaleza y el incremento del robo estatal: eso que no nos quepa la menor duda. Desde sus primeros días en el mandato, comenzó atentando contra la libertad de cultos y la noción de Estado laico que existen en la Constitución del 91 “para proteger a todas las creencias, incluida la no creencia, mediante la garantía de que los servidores públicos no tengan preferencias” por la creencia en un Dios en particular. Igualmente, él no incluye ni incluirá en su concepción de familia a las diversas, protegidas por la Corte Constitucional con la intención de que quepamos todos.
Por todo lo anterior y su visión conservadora frente a la desigualdad y la pobreza que avanzaron durante el mandato de izquierda, no se podría afirmar con certeza, como lo hace esta casa editorial, que ADLE vaya a gobernar para todos los colombianos; al contrario, está reafirmando que el país está partido por la mitad y que necesita ser “rescatado” de lo que representó Gustavo Petro, lo cual es un rumbo errado, “y la crispación con la que ha sido recibido solo crecerá”.
En suma, los primeros días de la presidencia abelardista indican que no gobernará ni siquiera para la mitad, sino para la minoría privilegiada, poniendo a la mayoría necesitada contra la pared endeble; él debe entender que fue elegido por un margen estrecho de menos del 1 % de los votos sobre Iván Cepeda. “Eso significa que buena parte del país no lo mira con ilusión, sino con temor o sospecha, y que le beneficiaría recordar que la política es el arte de construir puentes y no de crear enemigos” (El País de España). Sería un error para él seguir las estrategias de confrontación que Trump y Milei aplican en sus países. Como ADLE promete más de lo mismo, el futuro es sombrío: ¡ojalá me equivoque!
Dairo Elías González Quiroz
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