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Cuando un “debate presidencial” no debate

Cartas de los lectores

01 de abril de 2026 - 12:05 a. m.
Debate presidencial organizado por El Espectador con los aspirantes Paloma Valencia quien participó de manera virtual, Claudia López, Roy Barreras y Gilberto Murillo
Foto: El Espectador - Gustavo Torrijos
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Soy profesor de debate. Por eso, cuando un medio anuncia un “debate presidencial”, no oigo solo una invitación periodística: oigo una promesa democrática. La promesa de que los candidatos pondrán a prueba sus ideas frente a posiciones rivales. Por eso vale la pena detenerse en el reciente evento promovido por El Espectador como debate presidencial sobre cómo construir una Colombia más equitativa. Mi objeción no es meramente terminológica: si un formato no permite contraste real de posturas, no estamos ante un debate, sino ante un foro. Y esa diferencia afecta la calidad de la deliberación pública.

El propio evento reveló esa ambigüedad. Fue publicitado como “debate presidencial”, pero su nombre interno era otro: “Foro. Construir una Colombia más equitativa”. Esa vacilación importa porque, en el lenguaje político y pedagógico, foro y debate no son equivalentes. Ambos pueden servir a la vida democrática, pero cumplen funciones distintas. El foro está orientado al intercambio abierto de ideas y a la exposición de perspectivas. El debate, en cambio, exige confrontación estructurada: tesis contrapuestas, defensa argumentada, réplica y refutación. En un foro se presentan puntos de vista; en un debate se los somete a examen. El foro informa. El debate, además, obliga a justificar.

Esa diferencia importa especialmente en una campaña presidencial. La democracia necesita ver cómo los candidatos responden cuando sus ideas son cuestionadas. Un ciudadano no decide únicamente por afinidad o simpatía, sino también por la capacidad de un aspirante para sostener sus propuestas ante objeciones, mostrar su coherencia y distinguirse de sus competidores. Eso es lo que el formato de debate debería ofrecer.

Sin embargo, la estructura del evento no lo permitió. La primera parte consistió en preguntas temáticas sobre desigualdad. Son asuntos pertinentes. Pero la dinámica fue la de respuestas individuales de dos minutos sobre qué haría cada candidato. Ese formato sirve para conocer prioridades, no para debatir, y favorece el monólogo en lugar del contraste.

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El segundo momento fue más revelador. Hacia el final se introdujo una ronda de preguntas de “sí o no” sobre temas puntuales. Allí aparecieron diferencias reales, pero sin espacio para justificarlas. Y sin justificación no hay deliberación.

El “sí o no” puede ser útil para fijar postura, pero no debe confundirse con un debate. Saber quién responde sí y quién responde no es apenas el inicio. Lo sustantivo viene después: por qué, con qué criterios y frente a qué objeciones. Cuando el formato omite ese momento, el público recibe etiquetas, no argumentos.

Un foro de candidatos sobre equidad puede ser valioso. Pero si se publicita como debate, el medio asume una responsabilidad adicional: ofrecer condiciones mínimas de confrontación argumentativa. De lo contrario, rebaja los estándares de lo que el público entiende por debate democrático.

Si El Espectador quiere liderar debates presidenciales, bienvenido. Pero esa ambición exige coherencia entre rótulo y estructura. Porque una democracia que confunde el foro con el debate termina confundiendo también la exposición con la deliberación. Y esa confusión, en época electoral, siempre la paga el ciudadano.

Juan David Vargas-Gutiérrez

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

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