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Desde hace 20 años soy suscriptor de El Espectador y nunca había leído una columna tan pobre como la de Tomás Molina. ¿Qué podría pensar Sócrates de Iván Cepeda, que tiene un título en filosofía, pero evita el debate? A Iván no le gusta la discusión filosófica siendo filósofo, cuando la podría aprovechar para aclarar conceptos, detectar contradicciones, mejorar sus argumentos y explorar puntos de vista opuestos. Rehuirla es lo contrario al espíritu mismo de la filosofía.
Molina parece haber caído en la confusión de “tener un título” y el “ser” realmente lo que el título acredita. Por ejemplo, el presidente dice ser economista, pero en esta misma edición del periódico Salomón Kalmanovitz dice que Colombia crece poco y se endeuda mucho. Y dos hojas antes, El Espectador advierte que cada vez hay mayor percepción de riesgo económico en el país según el Observatorio fiscal. ¿Será que sí es economista?
Desde una perspectiva kantiana, a Iván le falta consistencia moral, ya que, si condena violaciones de los derechos humanos en un caso, debería hacerlo en otros similares, sin depender de quién sea el responsable. La ética pierde credibilidad cuando depende de afinidades ideológicas.
Por lo anterior, puede que Iván tenga un papel que diga que es “filósofo”, pero no lo es. La filosofía no se demuestra con credenciales, sino con la disposición a examinar las propias ideas y someterlas al debate nacional.
Un sueño para Colombia sería tener un presidente filósofo como Marco Aurelio, el rey filósofo que buscaba gobernarse a sí mismo para poder gobernar bien.
Camilo Domínguez
Iván: del filósofo al estadista
Es cierto: todo filósofo que se respete parece llevar una vida extraña. Habita en preguntas que a nadie le interesan, vive ensimismado, mirando hacia adentro, y tiene la rara cualidad de hablar solo sobre asuntos que muchos consideran ininteligibles. Desde la Antigüedad, esta figura ha estado rodeada de cierta excentricidad. Tales de Mileto, por ejemplo, descubrió la filosofía mirando hacia el cielo; todo le resultaba extraño y, por estar tan absorto en lo alto, se decía que caía en los pozos de Mileto, provocando la risa de los transeúntes.
Sócrates, por su parte, enseñaba caminando por las calles y plazas de Atenas, conversando con sus discípulos —que se le parecían bastante— sobre cuestiones aparentemente inútiles para la vida práctica. Y del más célebre cínico, Diógenes de Sinope, se cuenta que vivía en un tonel, con apenas una capa, un bastón y una bolsa de pan como posesiones. En una ocasión, mientras tomaba el sol, fue visitado por Alejandro Magno, quien le ofreció concederle cualquier deseo. Diógenes, sin inmutarse, respondió: “Sí, que te apartes y no me tapes el sol”.
No deja de ser curioso que, pese a esta tradición de marginalidad, algunos filósofos hayan asumido roles de poder. En la antigua Roma, varios fueron hombres de Estado. Marco Aurelio promovió la filosofía y la cultura griega, mientras Cicerón formuló ideas fundamentales del humanismo. Más tarde, Séneca afirmaría que “el ser humano es algo sagrado para el ser humano”, una idea que siglos después resonaría en consignas contemporáneas sobre la dignidad de la vida.
Fuera de estas excepciones, los filósofos suelen mostrarse desinteresados por la acumulación de riqueza. Se conforman, a lo sumo, con tener lo suficiente para comprar libros y sostener largas tertulias acompañadas de café. Pero esta aparente pobreza encierra otra forma de riqueza. Karl Marx distinguía entre riqueza abstracta y riqueza concreta: la primera ligada a la acumulación material, la segunda a la capacidad de relacionarse plenamente con el mundo. Así, alguien verdaderamente rico no es quien posee objetos, sino quien está a la altura de ellos.
Un cuadro, por ejemplo, puede ser para algunos un símbolo de estatus, mientras que para otros — es un goce estético contemplarlo. Lo mismo ocurre con la naturaleza: hay finqueros que poseen bellas tierras en medio del palmar frente al mar, pero no aprecian la belleza del entorno, y hay quien, sin poseer nada, se deja transformar por la contemplación. En palabras de Johann Wolfgang Von Goethe, se trata de alcanzar una “alta existencia”, donde la relación con el mundo es más profunda que la simple propiedad.
En este sentido, la filosofía ofrece herramientas simbólicas para reinterpretar la vida cotidiana. Nos permite comprender que aquello que considerábamos un problema quizá no lo es, o lo es de una manera distinta a la que habíamos imaginado. Esa capacidad de replantear la realidad no es menor, sobre todo en contextos complejos como el nuestro.
Por eso no deja de ser sugerente pensar en un filósofo como estadista. Iván encarna, en cierta medida, esa posibilidad. Lo conocí en el movimiento estudiantil, cuando ambos éramos adolescentes, y luego coincidimos como colegas en la universidad. Hablábamos de “cosas inútiles” —materialismo dialéctico, historia, sociedad— mientras los estudiantes fingían entendernos. Sin embargo, en esas discusiones se gestaba una forma distinta de pensar el país.
Iván no solo es filósofo; es también un hombre político desde temprano. Su formación en filosofía política y psicoanálisis social le permite abordar los problemas nacionales desde una perspectiva poco convencional. En él veo a un pensador riguroso al exponer ideas, pero también a alguien con imaginación suficiente para comprender la complejidad del país sin reducirla a fórmulas simplistas.
Tal vez ahí radica su singularidad: en la posibilidad de tender un puente entre la reflexión profunda y la acción pública. Porque, aunque parezca extraño, quizá el país necesita más de esos “inútiles” que se atreven a pensar distinto para poder transformar la sociedad.
Alonso Ramírez Campo
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