Celebro la presentación del naidí que nos ofrece Leidy Barbosa Ramírez en su artículo “¿Para qué sirve el naidí, el exótico fruto con muchos beneficios, y dónde se consigue?” (El Espectador, 6 de septiembre de 2026). Por empezar, que el titular del artículo presente este maravilloso fruto con el nombre con que ha debido reconocerse en Colombia, representa un avance notable. El naidí es un fruto nativo de las costas y de la región amazónica de Colombia, en donde participa como un ingrediente importante en la dieta regional. Llamarlo açaí en Colombia es una manifestación más de la poca atención que presta el país a estas regiones. Equivalente a llamar palta al aguacate o pejivalle al chontaduro.
En la costa del Pacífico, en donde yo vivo, el naidí es tan importante que con frecuencia uno escucha a alguien decir “yo doy de lo que me pidan, pero nunca doy naidí”. En Guapi, en el departamento del Cauca, el carnaval se llama la Fiesta del Naidí.
Importantes como pueden ser estas consideraciones, más delicado, y con mucho mayor impacto para las comunidades del Pacifico, es el asunto de la comercialización del producto. Como explica la periodista Barbosa, el naidí en nuestra costa tiene dos temporadas. Las cosechas son generalmente grandes pero, dada la gran altura de las palmas, no es fácil cosechar la fruta. A esto se agrega la corta vida de la fruta una vez cosechada. Y, por supuesto, el altísimo costo del transporte a los mercados. Resultando en la pérdida de una gran cantidad de la cosecha, que queda abandonada a las aves y los insectos. Se repite así, una vez más, la historia de los campesinos de Colombia: productores en un país con un potencial agrícola inmenso, pero víctimas de un sistema que los obliga a recurrir a cultivos ilegales para sobrevivir.
Sirva esta oportunidad para recordar que, además del fruto, de las palmas jóvenes de naidí se obtienen los palmitos, producto muy apreciado por la gastronomía internacional. Parece contradictorio hablar de conservación y de matar palmas jóvenes para extraer el palmito. Pero, como explica la periodista, el naidí crece en extensas asociaciones de plantas y prácticamente todas las semillas que caen en el suelo germinan y se desarrollan. Eliminar plantas jóvenes para evitar el sobrepoblamiento es una necesidad más que una práctica destructiva. La historia no termina aquí, sin embargo: durante unas pocas décadas operó en Guapi una planta enlatadora de palmitos. Debió cerrar sus puertas cuando el gobierno colombiano desconoció que en el Ecuador empezaba a explotarse este producto y simplemente ignoró las difíciles condiciones en que trabajaba el empresario aventurero que trató de desarrollar la única empresa del territorio, permitiendo así que fracasara su iniciativa.
Ojalá llegue pronto el día en que logremos entender que el naidí, como también el cacao, la vainilla y muchos otros productos nativos de Colombia, pueden traernos la riqueza que nos trajo el café. Sin tener que pagar por ello con la belleza y la salud de nuestros territorios.
Ricardo Gómez Fontana, Guapi, Cauca
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