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El Espectador publicó una nota que invita a reflexionar sobre la pertinencia de los medios, la profesionalización de las metodologías de comunicación y la prudencia de los representantes del Estado (El impredecible Banco de la República promete hablar mucho menos, 5/3/2020).
Hay demasiado ruido en las comunicaciones. Evocando la onomatopeya interpretada por Björk en It’s Oh So Quiet, esta columna elogia el silencio y la tranquilidad; polisémico, también hace referencia a cierto vulgarismo anglo que califica a la viralidad tecnológica y protagonismo contagiado.
Aunque es sinónimo del neologismo “posverdad”, definido como “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública” (RAE), la mayoría de habitantes de Colombia, y del mundo, desconocen ese término o prefieren usar aquel coloquialismo que significa “conversación trivial”, “engaño”, “insensatez” y “persona detestable” (Merriam-Webster).
Ese término nos cobija a todos, de una u otra manera; estamos rodeados de infundios, pues somos actores intelectuales o materiales, y víctimas de ese género de “noticia falsa, generalmente tendenciosa”. Rogando porque asumamos responsabilidad en el manejo de nuestros cotilleos electrónicos y presenciales, hago énfasis en la mediocridad de las “comunicaciones profesionales”, emitidas por las instituciones y los medios.
Mientras la prensa y el periodismo de investigación parecen estar en vía de extinción, los noticieros colombianos se dan el lujo de derrochar tres horas en cada transmisión, conducidos por actores frustrados o modelos de entretenimiento que presentan contenidos vacuos o sin contexto, abusando del histrionismo o procurando parecer intelectuales, mientras confunden información con opinión.
Intentando imitar a los precarios enfoques de CNN o Fox —sugiero conozcan el caso de la película Bombshell—, también dejaron huérfano el análisis. Es tal el hastío del manejo de los medios que Klopp, entrenador del Liverpool, objetó a un periodista británico a quien advirtió de no preguntar sobre temas tan delicados, como el Coronavirus, a famosos e “influencers” (DW, 4/3/2020).
Aunque preguntar a los “expertos” tampoco es garantía. Basta observar las desordenadas y descordinadas comunicaciones de nuestras instituciones gubernamentales; no vale la pena profundizar en la execrable demostración de populismo de Vicky Dávila y Hassan Nassar, jefe de comunicaciones del presidente de la República.
De hecho, preocupa más el caso de los órganos tecnócratas como el DANE, que capitaliza la falta de educación en interpretación estadística, y aquellos aparentemente independientes, como el Banco de la República, donde cada miembro de la Junta aprovecha su cuarto de hora para entreabrir la puerta giratoria a una eventual campaña política o promoción hacia el sector privado, divulgando opiniones sin equilibrio mediático, incluso inconsistentes con las minutas que publican antes o después.
Además de dejar locos a los agentes del mercado, que ostentan “educación privilegiada”, acentúan la brecha con la mayoría de la población analfabeta financiera (Colombia’s Unpredictable Central Bank Vows to Talk Much Less, 5/3/2020); note que esta referencia la tomo de Bloomberg, un moderno “Ciudadano Kane”.
Germán Vargas G.
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