Publicidad

Sobre el editorial ‘Presidente, el ELN se burla de usted y del país’

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Cartas de los lectores
11 de mayo de 2026 - 08:24 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Editorial: Presidente, el ELN se burla de usted y del país

La tragedia nacional que hoy vivimos no puede analizarse únicamente desde la óptica simplista de si el ELN “se burla” o no del Gobierno. El problema es mucho más profundo y doloroso: Colombia lleva décadas construyendo políticas de paz que, en numerosos episodios de nuestra historia reciente, han terminado fortaleciendo a las estructuras armadas ilegales en lugar de debilitarlas.

Hoy el país presencia, con legítima preocupación, cómo regiones enteras continúan atrapadas por la violencia, el miedo y la incertidumbre. El Catatumbo es quizás el símbolo más dramático de ese fracaso. Allí el presidente ha acudido en repetidas ocasiones —cinco o más veces— prometiendo transformaciones estructurales que, hasta ahora, no logran traducirse en mejoras reales de seguridad ni en recuperación efectiva del control territorial por parte del Estado.

Más grave aún, el país observó cómo en una de esas visitas el propio presidente desautorizó públicamente a uno de sus hombres más cercanos, Gustavo Bolívar, en un episodio que transmitió improvisación, fractura interna y ausencia de una dirección coherente frente a la crisis.

Mientras tanto, el deterioro del orden público avanza. Y frente a ello surge una pregunta inevitable: ¿a quién beneficia realmente este estado permanente de tensión, incertidumbre y caos? Muchos colombianos empiezan legítimamente a sospechar que el principal beneficiario político de esta situación podría terminar siendo el propio Gustavo Petro, quien ante una gestión administrativa profundamente cuestionada parecería necesitar tiempo adicional, escenarios de excepción o condiciones de inestabilidad que le permitan intentar dejar, por vías indirectas, la huella política que la eficacia gubernamental no le ha permitido consolidar.

Lo verdaderamente preocupante es que el país ya comienza a mirar con temor el horizonte electoral que inicia el próximo 31 de mayo. Y digo “eventual” proceso electoral porque, si el actual deterioro del orden público continúa escalando, Colombia podría enfrentar un escenario de incertidumbre institucional jamás imaginado en tiempos recientes.

La paz jamás puede convertirse en un instrumento para legitimar el fortalecimiento de quienes históricamente han desangrado a la Nación. Un Estado serio negocia desde la autoridad, no desde la debilidad; desde el control territorial, no desde la cesión progresiva del mismo; desde la protección de los ciudadanos, no desde discursos que terminan siendo desmentidos diariamente por la realidad de las regiones.

Omar Antonio Cuéllar Sus

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.