Por: Columnista invitado EE

Liderar la educación está en nuestras manos

Por: Catalina Ángel Pardo*

 

Se diría que desde 1991, año en el que se proclamó el Estado Social de Derecho en Colombia, todos, sin excepción, otorgaron a la educación un papel determinante para el futuro del país. 

Todos los sectores se comprometieron a construir para la educación un estatuto social categórico. Las tareas eran grandes: definir los fines de la educación, ampliar la asignación presupuestal, crear planes nacionales, regionales y locales, avanzar en la profesionalización docente, modernizar los sistemas de información, hacer realidad la autonomía institucional, crear sistemas de evaluación y seguimiento, etc.

Tres años después de promulgada la Nueva Constitución, en 1994, nació la Ley General de Educación, sin duda, un hecho sin precedentes en la historia del país. Con sus luces y sombras, la Ley 115 recogió las aspiraciones de quienes tomaron las banderas de defensa de la educación.

La efervescencia social no cesó con su promulgación. "Era un momento mágico para Colombia", así lo dijo el Maestro Llinás en 1993 cuando presentaba el informe de la Misión de Sabios. El desafío trazado desde entonces fue trabajar juntos para que lo firmado no quedara como letra muerta. Cito de nuevo a Llinás: "El futuro de Colombia va a estar profunda y directamente relacionado con la capacidad que los colombianos tengamos de organizar la educación".

El momento advirtió que no iba a llegar un mesías de la educación a cambiar las cosas por nosotros. También dejó claro que, nadie, ningún ser humano, alcanzaría esta empresa por sí solo. Para transformar la educación teníamos que cambiar la forma de hacer las cosas: es en ese momento cuando el liderazgo entra en escena.

A comienzos del siglo XXI ya sabíamos que el liderazgo no se trataba de seguir ciegamente “al líder”, a quien más supiera, a la figura pública más visible o a quien más fuerte hablara. Nos dimos cuenta de que ser líder no era lo mismo que mandar; incluso, supimos que el jefe no siempre es el líder. Además del carisma y de la capacidad de contagiar, afirmamos que un líder "no se las sabe todas", que tiene que trabajar en equipo, que debe creer en lo que su equipo sabe y generar las condiciones para que cada vez sepa más y pueda tomar decisiones frente a cualquier reto.

Han pasado 25 años y, aunque hemos alcanzado metas, el panorama educativo no es el que esperábamos. ¿Dónde quedaron los liderazgos y su impulso transformador? Si bien en la lista de actores de la educación situamos hoy a los “tomadores de decisiones”, coincidimos con las apuestas contemporáneas de liderazgo, en las que todos tomamos decisiones. Pero claro, no todas las decisiones tienen el mismo efecto.

Los tomadores de decisiones, generalmente, ocupan los cargos más altos en la escala de responsabilidad y deciden sobre asuntos que pueden afectar radicalmente el curso de la educación. Pero, ¿ser tomador de decisiones es lo mismo que ser un líder? La respuesta es no. Sin embargo, un cargo de esta categoría otorga a quien lo ocupa condiciones ideales para liderar transformaciones.

Autores como Weinstein, J. y Fullan, M. coinciden en tres aspectos clave para ejercer el liderazgo transformador: 1) Crear una visión compartida sobre lo que se quiere hacer. Más que convencer a otros, se trata de articular intereses y hacer renuncias (incluso quien ocupa el cargo más alto, debe estar dispuesto a renunciar), 2). Facultar a otros para tomar decisiones. Más allá de la delegación y la confianza; se trata de otorgar poder y, 3). Hacer que las cosas pasen; es decir, gestionar, hacer alianzas y crear relaciones sólidas que sostengan las trasformaciones.

Pero cuando el liderazgo es una palabra vacía termina en una pantomima de la participación que hace eco a la frase “Ustedes participan y yo decido”. Asuntos como la destinación presupuestal o el curso de los proyectos educativos nacionales son terrenos vedados para la emergencia de liderazgos. Allí siguen reinando los jefes.

Cuando quienes deciden toman “buenas o malas decisiones”, no se juegan su cargo, ni siquiera su prestigio profesional. Sin embargo, sí se juegan el destino de miles de personas. El liderazgo educativo se hace visible cuando existen las condiciones para que cada ser humano conquiste los territorios (reales y fantásticos) en los que quiere habitar, realice plenamente sus apuestas de vida y se haga dueño de su destino

No podremos caminar por las autopistas de la información, ni podremos ser competitivos, si no lideramos con determinación las decisiones medulares de la educación, si no invertimos en investigación, en formación docente y en el desarrollo científico del país. Necesitamos el liderazgo responsable y articulado de todos los niveles, el esfuerzo reflexivo de la academia, la innovación pedagógica de los maestros, el compromiso de los empresarios, el diálogo social de las Secretarías y el MEN, la visión comprometida de los directivos y la fuerza del sentido común de las familias. El destino de la educación y del país sigue en nuestras manos.

*Asesora en la Fundación Empresarios por la Educación,

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Liderar la educación está en nuestras manos

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